Al-Amiriya: Memoria de una masacre en Irak

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Pedro Brieger

En la madrugada del 13 de febrero de 1991 una bomba guiada por láser hizo un gran agujero en el techo del refugio antiaéreo Al Amiriya en Bagdad, la capital de Irak.  Poco después otra con precisión milimétrica entró por ese agujero y estalló.  Ninguno de los dos misiles destruyó el edificio, cuyas paredes macizas quedaron intactas por fuera.  En su interior murieron cientos de personas que se habían refugiado durante la ofensiva militar estadounidense contra Saddam Hussein que había invadido Kuwait en 1990.  

La explosión generó temperaturas extremas y un incendio instantáneo que mató a la mayoría de las personas que se encontraban en el refugio.  Hasta el día de hoy no se sabe exactamente cuántas murieron ya que podía albergar a unas 1.500 personas.  Los responsables del Departamento de Estado reconocieron unas doscientas víctimas, mientras que las autoridades iraquíes más de seiscientas.  En todo caso, una masacre.موعد مباراة إسبانيا وإيطاليا في يورو 2020 والقنوات الناقلة

Ocho años después del bombardeo, en 1999, junto a una delegación cristiana que llevaba ayuda humanitaria a Irak, pude visitar el refugio.  El lugar era cuidado, si se puede decir así, por una mujer llamada Um Ghada, que había perdido a ocho de sus hijos.  Solo sobrevivió el menor que había salido con ella a buscar algo en su casa. 

A raíz de la tragedia comenzó a recibir y acompañar a quienes querían conocer el lugar, aunque en esa época prácticamente no había visitantes extranjeros en Bagdad.  El refugio estaba iluminado más que nada por el boquete que había dejado la primera bomba al impactar y no podía ser más lúgubre. En las paredes se podían observar fotos de algunas de las víctimas que las familias habían colocado. En Irak todo el mundo conocía su historia.  La dramaturga iraquí-estadounidense Heather Raffo incluso la incluyó en su obra de teatro “Nueve partes del deseo” que cuenta la vida de nueve mujeres iraquíes.

Irak había contado con el respaldo político y estratégico de la Casa Blanca para atacar a la República Islámica d Irán en 1980.  Saddam Hussein pensó que Estados Unidos no se opondría a la ocupación de Kuwait, cuya independencia Bagdad había cuestionado al considerarlo históricamente parte de su territorio.

En agosto de 1990 ocupó el pequeño país sin dificultad para –entre otros motivos- apoderarse de sus recursos petroleros y monetarios.   Fue un error de lectura del nuevo tablero internacional que estaba diseñando el presidente George H.W. Bush luego de la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989.   El gran despliegue militar norteamericano al frente de una coalición internacional no le permitió al ejército iraquí sostener la ocupación del pequeño emirato. 

Los combates fueron muy breves y la mayoría de los soldados iraquíes huyó hacia su territorio.  En su retirada, ya derrotados, fueron bombardeados sin piedad, dejando una estela de kilómetros de vehículos destruidos y cuerpos al sol, un paisaje de devastación que los medios de comunicación bautizaron como “la carretera de la muerte”.  

Saddam Hussein tampoco pudo hacerle frente a la invasión estadounidense en el año 2003.  El refugio Al Amiriya que seguía funcionando como museo -y el 13 de febrero como un día de memoria- fue clausurado después de su derrocamiento.  Está claro que a la Casa Blanca no le hacía ninguna gracia que se recordara la masacre de civiles ocurrida allí. 

El ataque al refugio de al-Amiriya no fue un caso aislado.  En plena invasión a Irak en 2003 consultaron al general Tommy Franks -máximo responsable militar- por la muerte de civiles iraquíes en las diferentes masacres que Segundo peor atentado en Irak desde la invasión provoca al menos 127 ...cometían sus soldados o los “contratistas” (mercenarios) de empresas como Blackwater.   Su respuesta se hizo famosa: “nosotros no contamos cadáveres” (We don’t do body counts).  En otras palabras, si no se cuentan, si no se nombran, si no son “nuestros”, no existen.  

La insensibilidad para con los otros es una constante de la historia estadounidense, e Irak un caso testigo.  

En 1996, en el programa de TV “60 Minutes”, la periodista Lesley Stahl le preguntó a Madeleine Albright —entonces embajadora de EEUU ante la ONU y luego Secretaria de Estado de Bill Clinton— por las consecuencias del bloqueo a Irak.  Según estimaciones de la ONU había provocado la muerte de unos 500.000 niños.  Le preguntó sin rodeos: “¿Vale la pena este precio?   La respuesta fue de un sinceramiento pocas veces visto: “pensamos que el precio vale la pena.”

Sobre esta entrevista Noam Chomsky dijo que, si Pol Pot hubiera afirmado que la muerte de medio millón de niños era un precio aceptable para alcanzar un objetivo político, habría sido calificado de monstruo. Sin embargo, cuando una funcionaria estadounidense lo dice se la suele justificar, porque es una decisión “difícil”, aunque legítima.

En 2025 la Dirección General de Museos de Irak decidió convertir nuevamente el refugio de Al Amiriya en un museo conmemorativo.  El destino de Um Ghada es incierto, porque ya no aparece en las crónicas.  Pero el refugio sigue ahí, como símbolo.  La lección es clara: si las víctimas no cuentan, las masacres se repiten.

*Sociólogo y periodista argentino