Bad Bunny: una intervención política en el centro del relato estadounidense
Mirko C. Trudeau-CLAE
La memorable actuación del puertorriqueño Bad Bunny en el espectáculo del medio tiempo del Super Bowl no fue para nada un gesto simbólico, sino una intervención política en el centro del relato oficial estadounidense: cantó en español en el espectáculo más visto en Estados, desplazando el centro de gravedad cultural en un país que lleva años discutiendo sobre quién pertenece a él, a veces con violencia, y en qué idioma se expresa esa pertenencia.
No se trató de un gesto simbólico. Fue una intervención política en el centro mismo del relato estadounidense. Cantó en español en el escenario más visto de Estados Unidos y, al hacerlo, desplazó el centro de gravedad cultural de un país que lleva años debatiéndose, a veces con violencia, sobre quién pertenece a él y en qué lengua se expresa esa pertenencia.
Son millones y millones de de personas en Estados Unidos que viven, trabajan…pero sobre todo sueñan en español. El espectáculo no lo necesitó explicar porque Bud Bunny reveló una verdad que desde hace décadas incomoda demasiado a los gobernantes estadounidenses.
La presentación de Bad Bunny es el evento más relevante en mucho tiempo en lo que respecta a la confluencia entre cultura, espectáculo y política. Benito Antonio Martínez Ocasio no fue el primer latinoamericano ni el primer boricua en actuar durante el acontecimiento deportivo con más espectadores a nivel mundial.
Pero sí fue el primero que tomó la decisión de cantar y hablar en español, y de hacerlo justamente bajo un gobierno que ha eliminado el idioma de 40 millones de estadunidenses de todas las comunicaciones y sitios oficiales, y que desechó dos siglos y medio de pluralismo para proclamar al inglés único idioma oficial. Desde el momento en que se anunció su elección para encabezar el show del medio tiempo, Bad Bunny desafió a la cerrazón conservadora al señalar que tenían cuatro meses para aprender español.
Cuando excluyó a las 50 estados de Estados Unidos de su última gira mundial, hizo explícito que el motivo fue salvaguardar a sus fanáticos de las agresiones del “pinche ICE” (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas), lo que repitió hace dos semanas al recibir el Grammy al mejor álbum: “antes de dar gracias a Dios, quiero decir ¡Fuera ICE! No somos salvajes. No somos animales. No somos extraños. Somos humanos y somos estadounidenses”.
Al salir al escenario, dijo: “Buenas tardes, California. Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio. Y si hoy estoy aquí es porque nunca dejé de creer en mí”, unas palabras cuya fuerza sólo puede entenderse en el contexto del racismo tradicional estadounidense y de las deportaciones masivas que niegan a cientos de miles de latinoamericanos, africanos y asiáticos el derecho a buscar la realización personal.
Al despedirse, la pantalla del estadio mostró la frase “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Bad Bunny puso a Washington frente al hecho de que haberse apropiado de Puerto Rico implica introducir la resistencia a la dominación en el seno del imperio. Buena parte de su clase dirigente se niega a admitir que EEUU no existe sin los latinoamericanos. El Super Tazón es un espacio diseñado para la unanimidad, la épica , la identidad sin fisuras. Es para muchos el último ritual verdaderamente compartido de la cultura estadounidense, la final del fútbol americano, más parecido al rugby que al fútbol.
Por eso el el domingo fue un golpe muy fuerte para el trumpismo y los racistas estadounidenses. No se trata de un triunfo individual, sino la cristalización de una relación asimétrica. Durante décadas, Estados Unidos ha mirado a su «estado libre asociado» de Puerto Rico, a toda Latinoamérica y al Sur como frontera, como problema, como espacio a contener. Por eso la migración es narrada en clave de amenaza, crisis o excepcionalidad.
Bad Bunny hizo algo radicalmente distinto: la convirtió en normalidad, comenta un editorial del diario español El País. Ahí reside el verdadero contenido político del espectáculo. El idioma español no apareció como lengua de resistencia, sino de presente. No como memoria, sino como realidad viva. En un momento de criminalización del extranjero y de nostalgia por una América homogénea que nunca existió, el mensaje fue brutalmente sencillo: esta es la América que está y sigue aquí».
Al calificar el espectáculo de “terrible” y “de los peores de la historia”, el presidente Donald Trump no estaba haciendo una crítica estética, sino marcando una frontera, discutiendo la legitimidad de la actuación. Lo que le molesta no es la música, sino el mensaje implícito de que Estados Unidos ya no es (si alguna vez lo fue) monolingüe,
Trump ya había sido abucheado en noviembre por decenas de miles de personas en directo y por primera vez convenientemente humillado durante un partido de la NFL. “¡Nadie entiende lo que dice este tipo!”, aseguró en su red social. monocultural, homogéneo.
El show del Conejo Malo (Bad Bunny) mostró cómo lo latino es indispensable para el presente cultural de Estados Unidos, pero sigue siendo incómodo en su proyecto político. Se baila al ritmo del Sur, pero se legisla contra él, al igual que en los tiempos del surgimiento del soul y el jazz y la discriminación de los negros.
Cuando llevábamos más de un año de impotencia encadenada, de frustración continua, de bajar la cabeza ante la completa y sistemática humillación de este regreso del fascismo y su desfile global por nuestros ojos, la resistencia comienza a armarse y ha explotado con rabia y alegría al compás de los ritmos latinos, señala Jesús Ruiz Mantilla en El País de España.
Extraña en quien en su día aseguró que había que agarrar a las mujeres por el coño, en quien lidera la liga Maga machista global. Una vez más ha querido engañarnos, no cabe duda. Lo entendió a la primera. Otra cosa es que no le gustara nada lo que allí ocurrió durante 13 minutos, para él, eternos, añade.
El «basta» ya comenzó pasadas las navidades, desde el frío en las calles de Mineápolis, mientras miles de ciudadanos hacían frente a las SS del hielo resucitadas con las caras cubiertas de las bestias del ICE. Pero el domingo por la noche en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, durante el descanso del partido entre los Patriots y los Seahawks, el grito de rechazo se calentó… ardiente y fogosa rebelión de un puertorriqueño orgulloso llamado Benito Antonio Martínez Ocasio, consciente de que tiene en su mano un arma de construcción masiva: la música.
Los blancos estadounidenses consumen su cultura, pero se cuestiona su derecho a existir en igualdad. Bad Bunny no resolvió esa paradoja, pero la volvió imposible de ignorar. La actuación mostró un país que una parte de su clase política se niega a reconocer, que EEUU es un país atravesado y moldeado por lo latino, transformado por una generación que no pide integración, sino reconocimiento. Bad Bunny no reclamó espacio: lo ocupó.
Bud Bunny condensó en apenas un cuarto de hora el paso de una minoría que pedía permiso a la mayoría a mostrar que no lo necesita. El idioma español se convirtió en un hecho cultural imposible de ignorar, en el corazón mismo del espectáculo más esperado por los estadounidenses cada año. Pasa todo pasa… pero ya nadie puede fingir que en Estados Unidos se habla una sola lengua. Es cierto: América no estuvo representada esa noche del Super Tazón: estuvo presente y lo vio todo Estados Unidos. Y para quien ignoraba la realidad, el puertorriqueño se tomó la tarea de nombrar a cada uno de los países latinoamericanos y caribeños.