Venezuela y el intento de tutela: ¿cómo revertirlo?

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Leopoldo Puchi

Estamos ante un plan de sometimiento impulsado por Estados Unidos que no cuenta con el consentimiento del país. Cuatro semanas después de la incursión militar estadounidense, la ofensiva dista de haberse cerrado. La presión militar y los mecanismos de control económico sobre Venezuela siguen activos: presencia naval frente a las costas, nuevas medidas de subordinación económica y la amenaza de un nuevo ataque en territorio venezolano.

Lo que está ocurriendo no puede describirse como una simple controversia jurídica o comercial, como un diferendo mercantil, una disputa de demarcación fronteriza o la interpretación de un tratado.

Se trata de un conflicto en sentido estricto: fuerzas militares de un Estado han utilizado la fuerza armada contra otro para imponer su voluntad. Estados Unidos ha recurrido a las armas para quebrar la capacidad de decisión soberana de Venezuela, dentro de una estrategia de seguridad que va más allá de la disuasión y busca ejercer un control estratégico sobre el hemisferio, con especial énfasis en el Caribe.

En paralelo, la administración de Donald Trump comienza a enfrentar una reacción internacional cada vez más amplia, dirigida no solo a contener, sino a revertir decisiones de carácter abiertamente coercitivo. No es casual que, en el Foro de Davos, el primer ministro de Canadá advirtiera que “cuando una potencia confunde liderazgo con imposición, lo que está en juego no es la política de un país, sino la soberanía de todos”.

En ese escenario, Venezuela aparece como uno de los casos en los que la actuación estadounidense ha ido más lejos, al combinar acciones militares y medidas económicas destinadas a vaciar de contenido la soberanía del Estado venezolano y a empujarlo, de facto, hacia una condición de tutela.

Plan de sometimiento

La soberanía se vacía cuando decisiones centrales sobre el uso y el destino de las divisas petroleras quedan en manos del Departamento de Estado, y no de las autoridades nacionales; cuando un actor externo decide con qué países se puede comerciar. En ese marco, Estados Unidos actúa como un fiduciario, asumiendo la función que se atribuye a un adulto en la administración de los fondos de un menor.

Se vacía también cuando se encarcela al jefe de Estado y cuando la armada de otro país decide qué buques pueden entrar o salir de sus propias aguas. De esta manera el Estado pierde atributos esenciales de soberanía y comienza a funcionar como una entidad administrada desde el exterior.

Estamos ante un plan de sometimiento impulsado por Estados Unidos que no cuenta con el consentimiento del país. Washington ha avanzado en varios de sus objetivos para reinsertar a Venezuela en su dispositivo geopolítico, pero ese proceso no es irreversible. Ahora bien, para enfrentarlo no basta con invocar, de manera abstracta, la defensa de la soberanía. Es necesario sostener la denuncia explícita de la agresión reciente y expresar el desacuerdo ante cada imposición concreta.

La respuesta

(Xinhua/Marcos Salgado)

Frente a una situación de esta magnitud, la respuesta no es evadirla ni minimizarla, sino asumirla con plena conciencia de la realidad. Reconocer su alcance, sin autoengaños, es una condición previa para cualquier acción eficaz. Solo desde ese entendimiento puede elaborarse una estrategia, identificar fortalezas y límites, construir alianzas reales, movilizar voluntades internas y externas y activar otros instrumentos, entre ellos, el derecho internacional.

Revertir un proceso de amputación de soberanía es, ante todo, una tarea política, que requiere también fortaleza militar. Exige conciencia de la situación, reconocimiento del conflicto y perseverancia. La experiencia histórica muestra que los Estados que han logrado recuperar espacios de soberanía cercenados, como ocurrió en Panamá, lo hicieron combinando la construcción de capacidades internas, la movilización popular sostenida y una disputa permanente con la potencia que busca imponerse.

Nada de esto es posible si la situación se olvida, se normaliza o se celebran las decisiones impuestas por el asedio. La negación es una forma de derrota. Recuperar soberanía implica mantener viva la memoria del despojo, no ocultarlo. Requiere sostener una presión popular y política constante, para impedir que todo transcurra como si no estuviera pasando nada.

* Politólogo y analista político venezolano. Cofundador del Movimiento al Socialismo, fue ministro de Trabajo