Los siete ‘socialistas’ que se sentarán en el Congreso estadounidense
Agitan la izquierda y desafían al 'establishment' demócrata
Marginal hace apenas una década, DSA contará con cinco nuevos escaños —revalida otros dos—en la nueva Cámara de Representantes y se consolida como foco de presión a la izquierda del Partido Demócrata. Queda por ver si podrá romper su techo electoral y condicionar la carrera electoral de 2028.
La mayúscula derrota que las urnas infligieron este martes a Donald Trump fue también la victoria de los Socialistas Democráticos de América (DSA), la corriente progresista en auge dentro del Partido Demócrata. La organización ha colocado a siete candidatos en la Cámara reivindicando un Estado del bienestar que en Estados Unidos sigue siendo una aspiración y criticando la política exterior de Washington, en particular la ayuda militar a Israel. Su irrupción agita el debate interno de un partido que, pese al triunfo, aún no ha definido estrategia ni candidatos para recuperar la Casa Blanca en 2028.

Figuras como Alexandria Ocasio-Cortez, el veterano senador Bernie Sanders o, más recientemente, el mediático alcalde neoyorquino Zohran Mamdani han dado voz y rostro a los sectores que empujan al Partido Demócrata hacia la izquierda. Trump los tacha de comunistas, pero se parecen más a la socialdemocracia o el socioliberalismo europeo. En el país del capitalismo sin red, sus tesis suenan a revolución. Los resultados dejan dos preguntas sobre la mesa: ¿son la izquierda radical que dibuja Trump? ¿Pueden ser competitivos en 2028?
DSA no es un partido político. Es una organización de afiliados, con secciones locales muy autónomas, que respalda a candidatos que concurren bajo las siglas demócratas. El sistema político estadounidense, de distritos uninominales donde gana quien obtiene más votos, cualquier tercera fuerza está condenada a la irrelevancia o a dividir el voto de su campo. Las primarias —en las que son los votantes, y no la dirección, quienes eligen a los candidatos— convierten además las siglas demócratas en una etiqueta disputable desde dentro, algo impensable en los partidos europeos. Fundar un partido propio es un debate recurrente, pero la práctica de la última década ha sido otra: ocupar la casa ajena.
Es un catálogo más cercano a la socialdemocracia europea que a la extrema izquierda con la que la identifica buena parte de la prensa estadounidense.
Lo que en Madrid o en Berlín sería un programa de centroizquierda funciona en Estados Unidos como una enmienda a la totalidad. A ello se suman posiciones más polarizantes para la sociedad estadounidense como la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), el fin de la ayuda militar a Israel y la renuncia a donaciones de empresas y de grupos de presión proisraelíes.
No obstante, la batalla decisiva no fue la de la noche del martes. Se libró entre junio y agosto, cuando DSA convirtió su crecimiento en votos dentro del Partido Demócrata. Los nuevos liderazgos «socialistas» desbancaron en primarias a varios candidatos del establisment. La pugna es también generacional. Estados Unidos tiende a la gerontocracia: Joe Biden abandonó la carrera de 2024 a los 81 años, cercado por las dudas sobre su capacidad, y el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, tiene 75. En ese contexto, el rechazo a los cargos de edad avanzada trasciende la ideología y explica parte de estos triunfos.

El caso más significativo es Míchigan. Abdul El-Sayed ganó allí la candidatura al Senado por unos 15.000 votos frente a la congresista Haley Stevens, pese a un gasto en su contra de más de 60 millones de dólares, en su mayoría de grupos proisraelíes encabezados por el AIPAC. El martes derrotó al republicano Mike Rogers y se convertirá en el primer senador musulmán del país. El-Sayed no es miembro de DSA ni obtuvo su respaldo formal —se define, de hecho, como «capitalista»—, pero hizo campaña con la sanidad universal y el fin de la ayuda militar a Israel como banderas. Síntoma de que la agenda de DSA arrastra ya a las filas demócratas más allá de sus siglas.
El éxito socialista se apoya en la misma materia que ha hundido a los republicanos: el bolsillo. Vivienda, salarios, sanidad y cuidado infantil han vertebrado las campañas, desde la de Mamdani en Nueva York hasta la de Janeese Lewis George. Esta concejala y militante de DSA ganó en junio con holgura las primarias para la alcaldía de Washington DC, con el apoyo de la mayoría de los sindicatos locales y un discurso centrado en la asequibilidad y en plantar cara a Trump.
¿El techo territorial?
La principal limitación es geográfica. Un estudio de agosto de la Brookings Institution identificó 282 candidatos respaldados por alguna sección de DSA; solo 29 tenían el aval nacional. El matiz importa: el respaldo local no equivale a militancia, y algunos ni siquiera comparten el ideario socialista. Ciento once se presentaban en California o Nueva York; feudos demócratas. De los 64 que aspiraban al Congreso, apenas 19 habían ganado sus primarias a mediados de agosto, y solo diez lo habían logrado en distritos con menos de diez puntos de ventaja demócrata. En las circunscripciones genuinamente disputadas, DSA presentó cinco aspirantes y solo uno ganó la nominación.

Los datos apuntan a un techo, al menos por ahora: sus triunfos se nutren sobre todo de votantes jóvenes, blancos y con estudios universitarios, no del electorado obrero que la retórica socialista reivindica. Ese electorado votó a Trump por 56 a 42 en 2024 y, aunque se ha distanciado de él, sigue confiando más en los republicanos para gestionar la economía.
Los siete escaños conquistados el martes confirman el patrón: todos pertenecen a distritos donde la candidatura demócrata equivale, en la práctica, al cargo. En los distritos disputados, las primarias demócratas eligieron a moderados. El contrapunto es Florida. Allí Angie Nixon, afiliada a DSA aunque sin el respaldo formal de la organización nacional, perdió por un margen estrecho frente a la senadora republicana Ashley Moody, en un estado que Trump ganó con holgura en 2024. Es la principal señal de que el discurso socialista puede competir en terreno hostil, y llegó en forma de derrota.
Además, paradójicamente, la arrolladora victoria demócrata los ha hecho menos determinantes. La mayoría absoluta está en 218 escaños y NBC proyecta 258 para los demócratas: aunque los siete socialistas votaran en bloque contra su propio partido, a este le sobrarían más de treinta votos. Su influencia será agenda y presión interna, no aritmética parlamentaria.
Hay señales de institucionalización —una alcaldía en la mayor ciudad del país, otra probable en Washington y un bloque en el Congreso que más que triplica al anterior—, pero no de un giro socialista general. Ni su creciente peso mediático ni su destreza en redes parecen bastar para asaltar la candidatura presidencial. Los nombres que suenan para 2028 —Gavin Newsom, Pete Buttigieg, Kamala Harris o Josh Shapiro— salen del centro del partido. La representante neoyorkina Alexandra Ocasio-Cortez, la «socialista» mejor situada en los sondeos, tira del voto joven pero aún no ha aclarado si optará a la Casa Blanca.