El espejismo de Lula
Pedro Brieger
La avalancha de votos que recibió el partido familiar del clan Bolsonaro sacudió el panorama de la política brasileña. Diez años atrás Jair Bolsonaro era un diputado marginal dentro del Congreso que saltó a la fama durante el impeachment que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff.
De allí en más su ascenso fue meteórico: llegó a la presidencia, su familia es central en la política del país, uno de sus hijos (Flavio) tiene grandes posibilidades de ser presidente con su Partido Liberal (PL) y el conjunto de partidos de derecha y extrema derecha logró amplia mayoría parlamentaria.
Elección presidencial:
Bolsonaro 47,03 % (56.104.503 votos)
Lula 45,16 % (53.879.538 votos)
Diferencia 1,87 % ( 2.224.965 votos)
Bolsonaro triunfó en 15 Estados – Lula en 12
Se eligieron 20 gobernadores en primera vuelta, 11 de derecha (5 del PL), 6 del llamado “centro” y 3 del PT. Siete irán a segunda vuelta, en apenas dos de ellas habrá candidatos del PT.
En Diputados el conjunto de la derecha tiene 292 representantes (PL 121), la izquierda 124 (PT 70) y el centro 97. En el Senado la derecha tiene 50 senadores (PL 19), la izquierda 17 (PT 6) y el centro 14.
En esta elección el Partido Liberal del clan Bolsonaro se convirtió en la principal fuerza parlamentaria.
Es indudable que Lula desde 2002 se consolidó como la figura central de la política brasileña con una trascendencia internacional sin precedentes. Casi un cuarto de siglo, donde todo parece girar alrededor de su figura. Sin embargo, es una ilusión óptica o exceso de optimismo pensar que la mayoría de la población se identifica con Lula y el PT. Aunque su partido haya triunfado en 5 elecciones presidenciales siempre fue una fuerza minoritaria porque hay un tema estructural que excede lo coyuntural.
Desde la independencia de Brasil en 1822 (recién en 1889 cayó la monarquía) hasta el primer triunfo de Lula en 2002 el país tuvo apenas tres períodos de gobiernos que se pueden definir como “nacionalistas-desarrollistas-reformistas-progresistas-democráticos” en el más amplio sentido de las definiciones. Si bien Getulio Vargas gobernó varias veces, sólo su mandato de 1951-1954 puede entrar en la citada , y terminó suicidándose cuando iban a destituirlo.

También gobernó Juscelino Kubitschek (1956–1961), sucedido por Joao Goulart, que estuvo menos de tres años (1961-1964) porque fue derrocado por un golpe de Estado. En total, y en medio de muchas turbulencias, poco más de once años en todo el siglo XX.
Esto quiere decir que, hasta 2002, las diferentes variantes de las derechas tuvieron la hegemonía política, judicial, militar, comunicacional y cultural. En el pasado, cuando percibían que podían perder el poder, apelaban a su brazo armado, un brazo tan largo y poderoso que sostuvo una dictadura militar durante 21 años (1964-1985) y que Jair Bolsonaro reivindica. A falta de brazo armado apelan al brazo judicial.
En 2002 Lula venció en segunda vuelta a José Serra por una gran diferencia: 61,3 % frente a 38,7 %. Sin embargo, y aquí conviene detenerse porque, a pesar de triunfar en 26 de los 27 Estados (incluye al Distrito Federal de Brasilia), sólo ganó tres gobernaciones. De 2002 a 2026 el PT nunca tuvo más de cinco gobernadores. Por otra parte, en ambas Cámaras su representación en 2002 era un escaso 17 %, y hasta ahora nunca superó el 20 %.
A esto habría que agregar que en la elección de alcaldes de 2004 –dos años después de ganar la presidencial- perdió las ciudades de Sao Paulo y Porto Alegre, que eran su gran apuesta de cambio. El PT nunca recuperó Porto Alegre y solo recuperó Sao Paulo entre 2013 y 2017 con Fernando Haddad que no logró ser reelegido. Quiere decir que, mirado históricamente, Lula y el PT son un paréntesis en la historia del Brasil, extenso en el siglo XXI, pero paréntesis al fin.
Muchas veces se ha planteado, y es absolutamente cierto, que ganar la presidencia no significa
tener el poder. Las pruebas están a la vista: Dilma Rousseff fue reelegida el 26 de octubre de 2014 y menos de dos años después fue destituida por el Senado donde el PT contaba con solo 13 de 81 senadores. Dicho esto, es verdad que Lula hizo reformas importantes, resistidas y combatidas por todos los poderes; especialmente el comunicacional, apoyado por el crecimiento de un nuevo poder: el evangélico.
Aunque la decisión de votar por tal o cual candidato tiene múltiples variantes no parece casual que, en el estado de Roraima, que tiene 175 evangélicos para cada 100 católicos, Flavio Bolsonaro consiguiera el 71 % de los votos. Por el contrario, la mayor victoria de Lula ocurrió en, Piauí, el Estado donde hay 26 evangélicos por cada 100 católicos.
En el campo del PT se especulaba (ansiaba) una victoria en primera vuelta, a todas luces una ilusión. En 2022 Lula obtuvo el 48,4 % en la primera vuelta, unos 57.259.504 votos. Después de estos cuatro años de gobierno no solo no incrementó el número, sino que perdió casi 3,4 millones. Seguramente una combinación de lo coyuntural y lo estructural porque son indivisibles. 
¿Podría haber cambiado Lula lo estructural? La pregunta hipotética puede tener una respuesta acorde. En 2002 Lula obtuvo un 61 por ciento de los votos en la segunda vuelta y el PT gobernaba Porto Alegre y Sao Paulo. Lula tenía el poder político como para convocar a una Asamblea Constituyente y acumular más poder parlamentario para, entonces sí, impulsar reformas estructurales que le permitieran refundar el país sobre la base de un proyecto social para las grandes mayorías.
Prefirió pactar y negociar con los partidos de centro y de derecha para tener “gobernabilidad”. Como la fábula de la rana y el escorpión, lo hundieron en el camino.
Ahora, quien está preparado para llevar adelante reformas constitucionales e imponer su proyecto es Flavio Bolsonaro. La historia enseña que las extremas derechas no vacilan. Están dispuestas a todo. Y Lula lo sabe mejor que nadie.
*Sociólogo y periodista argentino
