El lago Ontario es más antiguo que Estados Unidos y Canadá

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Pedro Brieger

El 27 de agosto de 2026 Donald Trump firmó una orden ejecutiva para que el gobierno cambie el histórico nombre de un lago (Lake Ontario por Lake America) en los documentos y mapas oficiales de Estados Unidos.  Con Trump nunca se sabe si es parte de una estrategia de provocación, de una genuina creencia de que puede hacer lo que quiere en cualquier lugar o si busca distraer de los temas realmente importantes.  En dos meses hay elecciones de medio término y la guerra contra Irán continúa a pesar de sus reiteradas promesas de finalizarla en un santiamén. 

 Era previsible que Canadá rechazara el cambio de nombre del lago.  Sin vueltas el primer ministro Mark Carney sostuvo que seguirá siendo Lake Ontario.  Es verdad que Trump puede cambiar de manera unilateral la denominación oficial estadounidense; sin embargo, no puede obligar a Canadá a adoptar el nuevo nombre.  El lago es compartido entre el Estado de Nueva York y la provincia de Ontario, pero ninguno de los dos países puede atribuirse la propiedad del lago y de su historia.

Ontario es un nombre generado por los pueblos indígenas que suele traducirse como “el lago es hermoso”.  Obviamente el nombre precede en mucho a la independencia de Estados Unidos en 1776 o a la creación de Canadá en 1867.  Esto quiere decir que no es un nombre “canadiense” que Estados Unidos intenta cambiar.  Es un nombre indígena que ambos países heredaron, de la misma manera que adoptaron el nombre indígena Niágara para el río y las famosas cataratas.  

El enfrentamiento entre los dos países se produce después de que Trump anunciara nuevos aranceles a productos canadienses y sus reiteradas amenazas de convertir a Canadá en su Estado 51, “compitiendo” con Venezuela y Groenlandia.  

Fiel a su estilo, Trump un día proclama “Nosotros no necesitamos a Canadá, ellos nos necesitan a nosotros” y al día siguiente puede decir “nuestro país necesita desesperadamente aluminio, no lo tenemos y la mayoría lo recibimos de Canadá”.  No es solo aluminio, también reciben productos derivados del petróleo, gas natural y potasa.  Tal vez lo más importante en el vínculo comercial es que los agricultores estadounidenses dependen de la potasa canadiense ya que Canadá produce aproximadamente un tercio de toda la potasa del planeta.  

Las bravuconadas de Trump alentaron el nacionalismo canadiense.  A partir de marzo de 2025, después de que Trump impusiera aranceles a sus productos, varias provincias ordenaron retirar de las góndolas vinos, cervezas y whisky, entre otros productos de consumo masivo estadounidenses. El alcohol se convirtió en uno de los símbolos más visibles del enfrentamiento con Trump y las exportaciones de bebidas alcohólicas a Canadá cayeron más del 70 por ciento.  Cada ataque de Trump refuerza el lema “Buy Canadian” (compre canadiense).  Pero el producto estadounidense que más se dejó de “consumir” fue quizás Estados Unidos mismo: muchas personas simplemente dejaron de cruzar la extensa frontera para cargar nafta, comer o ir a un evento deportivo.Para EEUU es el lago América. Para Canadá, el lago Ontario. Google Maps ...

Fuera de América del Norte puede parecer que los dos países tienen características muy similares, aunque a nadie se le escapa que Estados Unidos ha invadido y ocupado medio mundo.  La expresión popular “I´m Canadian” (soy canadiense) busca reforzar con orgullo una identidad que se construye en contraposición a la estadounidense.  La frase funciona como una manera de decir “no soy estadounidense”.

El famoso documental Bowling for Columbine de Michael Moore estrenado en 2002 visibilizó las enormes diferencias entre las dos sociedades.  Hay que recordar que apareció pocos años después de la masacre que cometieron dos alumnos de la Columbine High School, cuando el debate sobre las armas y los tiroteos escolares era tema central en Estados Unidos.  Y lo sigue siendo. 

En 2013 la importante revista canadiense Maclean´s publicó el artículo “99 razones por las que es mejor ser canadiense”.  Las 99 razones se convirtieron en una especie de decálogo identitario frente a la intencionada hegemonía universal estadounidense. El artículo sostiene que los canadienses viven más, son más felices, tienen mejores resultados educativos, más vacaciones, mayor movilidad social, reciben mejor a los inmigrantes, mejor transporte público, menores costos sanitarios, menor desigualdad, trabajan menos horas y son más tolerantes con las diversidades sexuales.  Una larga lista que enorguellece a cualquiera que viva en Ottawa, Quebec, Toronto o Vancouver.  

Si bien el aparato cultural estadounidense logró imponer el “american way of life” como un ideal a conseguir, esto no quiere decir que todo el mundo se sienta identificado con la forma de vivir de los estadounidenses.  Canadá, que comparte fronteras, idioma, e incluso acervo cultural, demuestra –mal que les pese- que no todos aspiran a vivir como ellos.

Trump está intentando apropiarse simbólicamente de algo que precede a los dos países. Está claro que no le importan las tradiciones y culturas de los pueblos originarios ni lo que piensen en Canadá. Pero sabe que una política nacionalista puede ayudarlo a ganar la elección de noviembre.

Sociólogo y periodista argentino