Egopolítica: Trump pone su nombre en edificios, monedas, barcos, aviones
Marruecos bautiza una autopista con su nombre
Álvaro Verzi Rangel
El deseo insaciable del magnate-presidente de Estados Unidos Donald Trump de ponerle su nombre a todo ha sido evidente desde hace mucho tiempo. y como presidente, ha llevado ese impulso al extremo, nombrando cosas en su honor de maneras que, al parecer, ningún otro presidente siquiera soñó en hacerlo. El republicano propuso desbloquear fondos para un túnel fundamental para Nueva York a cambio de imponer su apellido a una estación de tren y un aeropuerto.
En lo que lleva de su segundo mandato presidencial ha mostrado una peculiar inclinación a bautizar grandes infraestructuras con su nombre, en ocasiones para cabreo de los jueces. El apellido del republicano puede leerse ya en la entrada del Instituto de la Paz de EEUU o los carteles del aeropuerto de Palm Beach. Y la idea es que luzca también en el casco de los 25 nuevos buques que quiere incorporar la US Navy, la armada estadounidense. Pero la obra mayor que en breve incluirá su nombre es una mega autopista marroquí que recorre el Sáhara Occidental./i.s3.glbimg.com/v1/AUTH_da025474c0c44edd99332dddb09cabe8/internal_photos/bs/2026/p/H/x5DU5KRxeTmUCMrNts8w/113494020-a-general-view-shows-the-kennedy-center-in-washington-dc-on-january-10-2026-the-washington.jpg)
Pero incluso para sus propios estándares, este afán ha dado un giro desesperado, y aparentemente poco prudente desde el punto de vista político. Trump intentó -a través del líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer- que el Congreso cambiara el nombre del Aeropuerto Internacional Dulles, cerca de Washington, y de la estación Penn de Nueva York para que llevaran su nombre, como condición para liberar miles de millones de dólares en fondos congelados destinados a un importante proyecto de infraestructura en Nueva York. Schumer, demócrata de Nueva York, la rechazó.
Trump ya ha puesto su nombre (legalmente o no) a un sinfín de cosas: desde el Centro Kennedy, hasta el Instituto de la Paz de EE.UU., una clase de buques de guerra y cuentas de ahorro para niños. Incluso lanzó una plataforma de medicamentos llamada “TrumpRx”, el mismo día que habló de sus planes de poner su nombre en los principales centros de transporte de Washington y Nueva York.
Lo último ha sido el anuncio de que va a ordenar construir dos buques de guerra que llevará su nombre y formarán parte de la llamada «flota dorada». Serán acorazados 100 veces más poderosos que los actuales. Así trata de revitalizar la industria naval estadounidense. El anuncio lo hizo, junto al secretario de Guerra, Pete Hegseth, y secretario de Estado, Marco Rubio, en su residencia privada de Mar-a-Lago. Es una muestra más de cómo Trump no sabe que una cuestión son sus propiedades y otra su función pública.
Ha hecho de su identidad un elemento central de su administración, nombrando edificios y programas gubernamentales con su nombre, al igual que hizo con su imperio empresarial y sus productos de campaña. Más que megalomanía, es casi un autoculto a la personalidad.
Sin vergüenza ni decoro, Trump le puso su nombre el Centro Kennedy de Washington y de in mediato, numerosos artistas se negaron a actuar en él. Más de una decena de artistas cancelan sus shows en en antiguo Centro Kennedy después de que le añadieran el nombre de Trump. Si bien hay cosas que llevan el nombre de presidentes, no existe precedente para nombrar cosas en honor a un presidente en funciones. The New York Times analizó los datos, confirmando que otros presidentes casi siempre esperan hasta dejar el cargo.
El caso es que el nombre se acordó por ley en enero de 1964. El presidente John F. Kennedy había sido asesinado apenas dos meses antes. Cualquier modificación debe ser aprobada por el Congreso.
A Trump le encanta ver su nombre por doquier. En el único sitio donde lamenta que aparezca es en los archivos de quien fuera su amigo, Jeffrey Epstein. El convicto por tráfico sexual le persigue después de muerto. Trump siempre optará por negarlo todo como buen narcisista.
En noviembre pasado, el Departamento de Recursos Naturales presentó el Pase para Parques Nacionales «America the Beautiful» de 2026, que presenta una imagen de George Washington y Trump uno al lado del otro para conmemorar el 250 aniversario de la nación. Mientras tanto, la administración ha comenzado a procesar solicitudes de padres con hijos nacidos entre 2025 y 2028 para recibir 1000 dólares del Departamento del Tesoro que se depositarán en «cuentas Trump». El gobierno también ha lanzado la «Tarjeta Dorada Trump», de un millón de dólares, que facilita la obtención de permisos para vivir y trabajar en Estados Unidos por parte de extranjeros.
El Departamento del Tesoro también planea una moneda de un dólar con la efigie de Trump para el 250.º aniversario de Estados Unidos. El siguiente paso podría ser asociar el nombre de Trump con el nuevo estadio de los Washington Commanders.
Trump en el Sahara
La última semana, el reino de Marruecos bautizó una autopista costera de 655 millas (1.055 quilómetros) como la «Autopista Donald J. Trump» en agradecimiento directo al presidente estadounidense por reconocer formalmente la soberanía marroquí sobre el territorio en disputa del Sáhara Occidental, reivindicado por los saharauis. El mandatario estadounidense agradeció al rey Mohamed VI el homenaje y expresó su deseo de recorrer pronto la vía.
El gesto de Marruecos de bautizar la autopista, con una inversión de mil millones de dólares, con el nombre de Trump responde a la decisión que tomó éste en diciembre de 2020, durante su primer mandato (2017-2021), de reconocer como territorio marroquí el Sáhara Occidental, reivindicado por el Frente Polisario de la saharauis.

Esta medida subraya la campaña diplomática que Rabat mantiene para consolidar el control internacional sobre el territorio, con la carretera que conecta la ciudad de Tiznit en Marruecos con la ciudad de Dajla, a cientos de kilómetros dentro del Sáhara Occidental. La disputa ha polarizado durante mucho tiempo a la Unión Africana , dividiendo profundamente a los Estados miembros entre los aliados de Marruecos y los partidarios de la República Saharaui independentista.
La decisión de Trump —negociada junto con los Acuerdos de Abraham en 2020, que también supusieron la normalización de las relaciones de Marruecos con Israel— representó un cambio histórico respecto a décadas de política exterior estadounidense establecida. Washington había mantenido previamente una postura neutral sobre el Sáhara Occidental .
Para los estándares que el propio Trump ha establecido, su intento de renombrar esta estación de tren y este aeropuerto está en otro nivel. La diferencia clave aquí es que el presidente ha intentado poner su nombre a estas cosas no mediante acción ejecutiva, sino a través de presión, negociándolo como un favor político. Hay buenas razones para pensar que está eligiendo ese camino. Sus intentos anteriores de poner su nombre en edificios, como el Centro Kennedy, son posiblemente ilegales y podrían revertirse fácilmente, especialmente cuando deje el cargo. Sería realmente sorprendente que el próximo presidente demócrata no quite el nombre de Trump del Centro Kennedy.
Todos saben que a Trump le gustaba imprimir su sello en sus posesiones. La Trump World, en la Primera Avenida, entre las calles 47 y 48 en Manhattan, es su edificio más emblemático. En la entrada venden muñecos, llaveros, gorras, camisetas.. del universo Trump. En el primer mandato ya insinuó que no era mala idea que su efigie figurara en el Monte Rushmore. Pero en su segundo mandato cuando su ego está desbocado: para su mayor gloria, renombrando el Centro Kennedy; sin olvidar que está reformando la Casa Blanca para añadir un megasalón de baile.
Los analistas señalan que se trata de un culto a la personalidad enfermizo. Trump interpreta que como presidente puede hacer y deshacer sin tener que rendir cuentas. Como ha dicho su jefa de gabinete, Susie Wiles, a Vanity Fair: «Tiene la personalidad de un alcohólico. Actúa con la convicción de que no hay nada que no pueda hacer. Nada». Luego dijo que se habían sacado de contexto sus declaraciones. En realidad, Trump tiene una personalidad narcisista: su ego es mayúsculo, se considera superior al resto y digno de admiración. A la vez profesa una envidia enfermiza a cualquiera que pueda hacerle sombra.
Según el catedrático Vicente Caballo Manrique de la española Universidad de Granada, Trump «cumple todos los criterios diagnósticos del Trastorno Narcisista de la Personalidad (TNP), una enfermedad mental que se caracteriza por una tendencia extrema a apreciarse a sí mismo, considerarse distinto y sentirse merecedor de un trato especial». En un artículo publicado en la revista Behavioral Psychology, el catedrático apunta que «el narcisista no es simplemente bueno, es el mejor. No es grande, es el más grande. No es honesto, es el más honesto. No es humilde, es el más humilde».
También se observa su trastorno en el uso desmedido de conceptos grandilocuentes como «impresionante», «fantástico» o «asombroso». Se cree especial y único. Exige además una admiración excesiva y está preocupado por su popularidad. A ello se une la envidia por los logros de los demás y a la vez la creencia de que todos los otros en realidad quieren ser Trump.
*Sociólogo y analista internacional, Codirector del Observatorio en Comunicación y Democracia y analista seniordel Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)