La escalada militar en Medio Oriente abre un escenario de pronóstico reservado
Carlos Fazio
Sumida en la niebla de la guerra –y en el marco de lo que podría describirse como la tregua armada más violenta de los últimos tiempos– , la nueva fase del conflicto bélico desatado por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero pasado, entró en un rango cualitativamente diferente al que existía antes del 1 de junio.
La respuesta de Teherán el domingo 7, vía la llamada Operación Nasr, marcó un cambio estratégico en el panorama geopolítico de Medio Oriente al redefinir, de facto, las reglas sobre los distintos escenarios bélicos así como la doctrina de la disuasión y el equilibrio regional.
Al parecer, Irán tenía las cartas ganadoras. Sin embargo, todo indica que EU evaluó los riesgos, y la escalada de EU los dos últimos días, con una nueva oleada de ataques contra múltiples objetivos iraníes, ratifica que Trump solo sabe negociar con bombas, lo que hace ahora más volátil e impredecible el final de la conflagración.
La noche del 7 de junio, por primera vez Irán atacó directamente a Israel sin que una acción israelí previa contra territorio o activos iraníes lo precediera. Y lo que comenzó como una operación defensiva en respuesta al ataque no provocado del régimen expansionista israelí contra Dahiya, el corazón palpitante del movimiento de resistencia de Hezbolá en un suburbio de Beirut, se transformó en algo mucho más trascendental que una simple escaramuza militar.
La Operación Nasr –una continuación de la Operación Verdadera Promesa 4– no fue simplemente una acción de represalia iraní, sino la presentación pública de una nueva doctrina regional impulsada por el “Frente Unido de Resistencia”.
El mensaje político-militar dirigido por Teherán a sus enemigos fue claro y contundente: bajo esta doctrina las viejas reglas ya no tienen vigencia. Durante años, los analistas occidentales han caracterizado la doctrina de disuasión iraní como fundamentalmente reactiva: Israel y EU atacaban primero, Irán y sus aliados absorbían los golpes, los movimientos de resistencia respondían dentro de los límites calculados por Washington y Tel Aviv, y los países de la vieja Europa, la ONU y la izquierda políticamente correcta observaban el peligroso espectáculo a buen recaudo y desde una distancia segura, indiferentes y sin asumir consecuencias directas.
Esa caracterización describía un patrón de comportamiento sin atender a las condiciones que lo sostenían ni a las que podrían modificarlo. Lo que los acontecimientos del domingo pusieron de manifiesto fue que Teherán modificó los términos de su propio cálculo estratégico, y en las últimas horas Washington respondió al reto subiendo la apuesta.
La dinámica de los hechos
Los datos de la realidad son incontrastables: desde el alto al fuego del 8 de abril, el régimen de Benjamín Netanyahu había venido incrementando el avance de sus tropas de ocupación en el sur de Líbano, combinándolo con bombardeos a su capital, Beirut, vulnerando uno de los principales puntos de acuerdo impulsados por Teherán en sus negociaciones con Washington en Islamabad, Pakistán.
Mientras, el Comando Central (CentCom) del Pentágono realizaba esporádicas provocaciones y ataques limitados contra objetivos militares y de la infraestructura crítica de la nación persa, combinados con operaciones de guerra híbrida y psicológica dirigidas a fracturar el respaldo de la población iraní a las medidas adoptadas por el gobierno en su guerra existencial en la defensa de la soberanía nacional, su cultura milenaria y la sobrevivencia misma del país con sus fronteras actuales.
El 1º de junio, con la luz verde de Donald Trump, Netanyahu y su ministro de Defensa, Israel Katz, ordenaron bombardear el suburbio sur de Beirut, Dahiva, en un golpe destinado a decapitar al Movimiento de Resistencia Islámica del Líbano (Hezbolá) y destrozar la moral de la población. Irán había venido advirtiendo que Beirut y Dahiva representaban líneas rojas inequívocas.
Y poco después, la respuesta de Irán no llegó en un comunicado de prensa sino en una orden de combate: si Dahiva ardía, el norte de Palestina ocupada también se incendiaría y el fuego podría alcanzar a los habitantes de los asentamientos del norte de Israel. Ipso facto, las frágiles negociaciones entre Teherán y Washington con la mediación pakistaní quedaron suspendidas, y en cuestión de horas, en otra puesta en escena, Trump llamó “chingadamente loco” a Netanyahu como coartada clásica para detener el bombardeo de la capital libanesa y encubrir una humillante retirada táctica.
Pero Netanyahu “desobedeció” a Trump y bombardeó Dahiva. Horas después, la represalia de Irán a través de la Operación Nasr impactó con misiles balísticos avanzados (Kheibar Shekan, Ghadr F y Emad) varios objetivos sensibles de Israel en los territorios palestinos ocupados. Entre ellos, las bases militares aéreas de Nevatim, Tel Nof y de Ramat David, un centro estratégico situado en el norte de Palestina que alberga múltiples escuadrones de cazas F-15 y F-16, utilizados por las fuerzas israelíes para lanzar sus agresiones aéreas contra Beirut. Según el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), “la operación fue una advertencia y una señal de alerta”.
Pero lo que siguió fue una serie de ataques recíprocos que incluyeron, entre sus blancos, complejos petroquímicos iraníes e israelíes (infraestructura por infraestructura) y objetivos militares.
El lunes 8, por la mañana, desde la Casa Blanca, el siempre ególatra, narcisista y disfuncional Trump señalaba, con sus típicos zigzagueos propagandísticos mediáticos, que había vuelto a llamar a Netanyahu para refrenarlo. “Le dije a Bibi que más le vale tener cuidado con lo que hace, porque podría quedarse solo frente a Irán muy pronto”, expresó cínicamente el magnate, mientras el CentCom, desde su sede militar en Tampa, afinaba las próximas acciones para escalar el conflicto. Un día antes, había declarado al Financial Times que el primer ministro de Israel “no tendrá más remedio” que aceptar un acuerdo con Irán. Y enfatizó: “Yo tomo las decisiones. Yo tomo todas las decisiones. Netanyahu no toma las decisiones”.
Líbano, los territorios palestinos ocupados y el estrecho de Ormuz
En forma paralela, el mismo domingo 7 de junio, en una represalia calibrada a los ataques del CentCom contra las instalaciones de radar y mando iraníes en Goruk y la isla de Qeshm, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de la nación persa lanzó un ataque selectivo contra una base militar de Estados Unidos en Kuwait, desde la que se habían lanzado las agresiones y objetivos hostiles terrestres en otros cuatro países aliados de Washington en el golfo Pérsico. Rápida, contundente, esa respuesta significó un reajuste operativo fundamental de la doctrina de asimetría cualitativa iraní, que ampliaba el grado y el alcance geográfico de sus acciones de retaliación.
El mensaje fue inequívoco: los puertos, la infraestructura energética, las rutas marítimas y los corredores financieros de las petrodictaduras del golfo, aliadas de Estados Unidos e Israel, son ahora variables en la represalia iraní. Ya no podrán disfrutar de las garantías de seguridad estadunidense; Irán las obliga a asumir una disyuntiva cruda e implacable: verdadera neutralidad o vulnerabilidad compartida. No hay tercera opción ni término medio.
Pero la expansión geográfica de la doctrina de disuasión iraní tiene otra dimensión derivada de los hechos desencadenados a comienzos de junio. El Eje de la Resistencia (Irán, Hezbolá, Hamás, Ansarolá en Yemen, las milicias iraquíes), a menudo descartado por los analistas occidentales como una coalición informal de conveniencia, una mera floritura retórica más que una realidad militar, determinó en la coyuntura que el tiempo de las advertencias graduales había terminado. Y la respuesta misilística de Irán del domingo y este lunes, dejó obsoleto ese argumento y estableció las nuevas reglas del enfrentamiento.
La primera y más profunda consecuencia de la Operación Nasr es el establecimiento práctico y operativo de la primera condición de Irán para poner fin a la guerra impuesta por la maquinaria bélica estadunidense-israelí: la unidad indivisible del Frente de Resistencia. La operación decisiva contra los territorios ocupados marcó un cambio radical que refrendó la decisión iraní de pasar de las notas diplomáticas, la retórica de los discursos altisonantes, las negociaciones inútiles y las respuestas siempre contenidas y limitadas, a la realidad.
Demostró que estaba decidida a dejar atrás las respuestas simbólicas, por debajo del umbral de la guerra, para entrar en una nueva fase bélica emergente. Es decir, a transitar por el “riesgoso” camino de la guerra, como mencionó el analista geopolítico Alastair Crooke.
Al atacar objetivos militares israelíes en lo profundo de los territorios palestinos ocupados, Irán desbarató el cálculo de los asesores de Trump y Netanyahu de que un ataque aéreo contra Dahiya o un asesinato selectivo de dirigentes de Hezbolá, provocaría una condena tibia y superficial, lo que permitiría que la guerra se mantuviera latente sin que estallara. Como señaló un análisis de Hispantv, al optar por retomar la guerra activa como opción operativa, Teherán eligió el máximo nivel de tolerancia al riesgo. En las relaciones internacionales, el riesgo máximo es una guerra a gran escala. Irán consideró ese riesgo y no vaciló. Al hacerlo, despojó al enemigo de toda influencia que pudiera existir por debajo de ese umbral.
Por otra parte, y más allá del colaboracionismo del presidente del Líbano con las tropas de ocupación israelíes, el apoyo de Irán al país de los cedros tampoco fue un gesto simbólico para ratificar un compromiso transaccional, sino la ratificación de una alianza militar funcional y existencial con todos los miembros de la resistencia. Si la agresión sionista continúa en Gaza y Líbano, fue el mensaje, la expansión del teatro de operaciones de Irán activará nuevas opciones, incluido el control yemení del estrecho de Bab ElMandeb que, como el de Ormuz, es otro de los puntos estratégicos más críticos del mundo. Así, un ataque a Beirut puede ahora desencadenar un bloqueo en el mar Rojo.
El inicial repliegue teatral de Trump, el lunes 8, fue en parte prueba de que las nuevas reglas establecidas por Irán y Hezbolá marcaban nuevos parámetros a la confrontación.
Al aceptar el alto al fuego temporal del 8 de abril pasado, Irán había dejado claro que cualquier acuerdo debía incluir también el cese total de hostilidades en Líbano. Entonces dijo y repitió que el alto el fuego era indivisible. Una tregua armada tiene sentido cuando todas las partes la respetan al pie de la letra. De lo contrario, se reduce a poco más que un interludio táctico, un respiro para que el agresor se reagrupe mientras continúa persiguiendo sus objetivos por otros medios hostiles.
Fue lo que hicieron Trump y Netanyahu. Creyeron que podían redefinir de manera unilateral la geografía del alto el fuego, estableciendo zonas donde la agresión seguía siendo permisible. Trataron de fragmentar la unidad de los frentes de resistencia y cometieron un error. Teherán dejó claro a Washington y Tel Aviv que no existe una paz posible que excluya a Hezbolá o a Ansarolá en Yemen.
La ecuación no podía ser más clara: las limitaciones geográficas ya no protegerían al enemigo, conformado por EU, su proxy en Medio Oriente, Israel, y a las estados petroleros árabes vasallos de la región. El mar Rojo, el Mediterráneo y el golfo Pérsico son ahora facetas de un mismo frente de guerra. Mientras tanto, Irán no dejaría de responder las provocaciones y la guerra híbrida, psicológica y de baja intensidad de Estados Unidos, sin escalar el conflicto hacia una conflagración total pero sin eludir el riesgo de que esta estallara.
A su vez, en el marco de su escalada disuasoria frente al bloqueo naval estadunidense en el estrecho de Ormuz, Teherán había advertido a Washington que cualquier intento de interceptar o atacar buques iraníes o de interferir en la administración de esa vía marítima se enfrentaría a represalias cada vez más duras. No era una simple amenaza. El 3 de junio, cuando EU disparó un misil Hellfire contra un petrolero iraní cerca del estrecho de Ormuz, en respuesta, un buque de propiedad estadunidense (o parcialmente estadunidense), el Panaya, fue alcanzado por misiles iraníes.
El martes 9, tras la confusa caída de un helicóptero de ataque AH-64 Apache, adscrito a la Fuerza de Tarea 59 de la Quinta Flota de Estados Unidos, en las inmediaciones del estrecho de Ormuz, frente a las costas de Omán, el presidente Trump, en una entrevista con The Wall Street Journal calificó “sin importancia” lo ocurrido y dijo que “no era para tanto”, subrayando que los tripulantes se habían salvado.
Sin embargo, horas después, durante una reunión informativa en la Casa Blanca, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, y el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Dan Caine, le hicieron cambiar de opinión, según reportó el mismo diario. Y un día despés, en una entrevista con Fox News, Trump dijo que estaba evaluando atacar centrales eléctricas y puentes iraníes porque, según él, las autoridades de Teherán estaban “dilatando” las negociaciones para alcanzar un acuerdo. Ya entonces, medios de Teherán habían informado que la madrugada de ese día Irán había derribado un dron estadunidense MQ-9 al sur de la provincia de Bushchr, aumentando los costes de la guerra de Trump contra la nación persa.
La resiliencia y adaptación de Hezbolá
Otro elemento que se desprende de la Operación Nasr, fue que Estados Unidos e Israel descubrieron que Hezbolá, a pesar de los duros y sucesivos golpes infligidos a su liderazgo y estructura militar en los meses precedentes, no había sido destruida y que está lejos de ser derrotada. Al contrario, asimilando rápidamente el impacto, demostró ser resistente al colapso o la eliminación, así como una gran flexibilidad organizativa que le permitieron superar la crisis y continuar la lucha con gran eficacia.
A partir de una serie de cambios estructurales, el nuevo liderazgo colectivo y flexible de Hezbolá, bajo el liderazgo de su secretario general, el experimentado jeque Naim Qaseem, y con una base social leal dispuesta a ser sacrificios y una extensa red de influencias y poderosos aliados con peso político significativo al interior del Líbano, demostró una adaptación dinámica así como una gran resiliencia estratégica, resurgiendo, merced a una descentralización militar operativa, con una fuerza más formidable que antes y con un nuevo arsenal de pequeños drones de fibra óptica teledirigidos, invisibles para el radar, inmunes a las interferencias electrónicas y cargados de explosivos, que están diezmando diariamente a las tropas de ocupación israelíes y sus blindados.
Los días previos, el alto mando militar israelí había admitido que por ahora no tienen solución para los drones de Hezbolá, y según medios como Al Mayadeen, 286 tanques Merkava han quedado reducidos a acero carbonizado. Mientras crecen las bajas y los heridos en sus filas, el régimen de Israel quedó atrapado en una picadora de carne de su propia creación. A su vez, en un país como Líbano, donde el ejército estatal es incapaz o no está dispuesto a enfrentar la ocupación del agresor –y donde el propio presidente, el general Joseph Khalil Aoun, colabora con el enemigo–, la resistencia armada de Hezbolá es legítima según el derecho internacional; su legitimidad no se deriva de un decreto extranjero, sino del simple e innegable hecho de la presencia de tropas y tanques de ocupación israelíes en territorio libanés y de los bombardeos indiscriminados de la aviación sionista.
Prensa israelí reconoce lo difícil de someter a Irán y a Hezbolá
En ese contexto, medios israelíes debatieron este miércoles sobre el “fracaso estratégico” de Israel en su confrontación con Irán. Los análisis destacaron que el nuevo escenario está dado especialmente por la gran resistencia y perseverancia demostradas por Irán y Hezbolá.
Un artículo del periódico Israel Hayom afirmó que la situación estratégica de Israel se ha deteriorado drásticamente y advirtió que la nueva realidad le dificulta a Israel enfrentar la “amenaza iraní “en el futuro. El diario atribuyó la principal razón del fracaso “a la arrogancia y suposiciones erróneas dentro del aparato de seguridad israelí”. Añadió que las campañas (militares) fueron “un fiasco total y no lograron disuadir a Irán ni cambiar el equilibrio de poder”. Por el contrario, las acciones militares solo consiguieron agravar la situación estratégica de la entidad sionista.
También señaló la disposición de Teherán a arriesgarse a una confrontación directa para imponer nuevas reglas del juego en la región. Estas pautas incluyen impedir ataques a Beirut, en contraste con una compleja realidad que plantea mayores desafíos para Tel Aviv, dada su dependencia de Estados Unidos.
Por su parte, el periódico Maariv opinó que la intransigencia de los iraníes y de Hezbolá demostró que las fuerzas de ocupación se enfrentan a “enemigos impredecibles (…) Es difícil someterlos pues poseen una gran resistencia”. “Esta situación podría llevar a Israel a una guerra de desgaste prolongada e interminable”, reconoció el medio.
A su vez, el diario israelí Haaretz, citando a un oficial del ejército israelí, afirmó que Irán ha forzado gradualmente la unificación de los campos de batalla, y que esa estrategia coordinada por Teherán “podría perjudicar de forma severa la libertad de acción de Israel”. El diario informó sobre ciertas advertencias dentro del ejército de que “la continuación de la política actual podría erosionar la capacidad disuasoria israelí”. Citando a una fuente de seguridad de alto rango, Haaretz añadió que los iraníes “están logrando crear una nueva ecuación… cualquier acción en el Líbano se considerará parte de una sola batalla”.
Según el analista israelí Natanel Shlomoitz, una de las principales lecciones aprendidas por Donald Trump tras el reciente intercambio de ataques entre Irán e Israel, es que alcanzar un acuerdo con la República Islámica requeriría frenar las acciones de Tel Aviv en el Líbano. Shlomoitz señaló que esos enfrentamientos, aunque breves, ilustraron para Trump la seriedad con la que Irán aborda la cuestión libanesa, y subrayó que cuando Irán presenta un extenso listado de demandas en la mesa de negociación, Trump suele asumir que “todo es susceptible de transacción”, en una estrategia que recuerda las tácticas especulativas aplicadas por él en los mercados inmobiliarios neoyorquinos.
Sin embargo, el breve episodio bélico, catalogado como una “guerra de 24 horas”, habría demostrado a Trump un punto crucial: el Líbano no puede ser tratado como una simple ficha comercial en las discusiones estratégicas.
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Por segunda noche consecutiva, las fuerzas del Comando Central de Estados Unidos dirigieron una serie de ataques con municiones de precisión contra sistemas de vigilancia, comunicaciones e instalaciones de defensa aérea en territorio iraní. En particular, el destructor USS Michael Murphy había lanzando varias andanadas de misiles de crucero Tomahawk. como parte de la respuesta a lo que Washington calificó como “agresión injustificada y continua” de Teherán.
Tras el ataque, Trump aseguró durante una conversación con el periodista Trey Yingst, de Fox News, que Estados Unidos lanzó 49 misiles Tomahawk y realizó bombardeos con aviones de combate contra objetivos críticos del enemigo.
Por su parte, el Cuerpo de Guardianes y el Ejército de Irán respondieron a esas agresiones y lanzaron ataques contra 21 objetivos de EU en la región, incluidos los hangares de los cazas F-35 en Jordania y objetivos de la Quinta Flota del Pentágono en Baréin. Según la oficina de relaciones públicas del Ejército iraní, tras la violación del alto el fuego y la agresión del ejército de Estados Unidos contra zonas del sur del país, Irán atacó con diversos drones cargados de explosivos las antenas de comunicación y las instalaciones de radar del sistema Patriot de la Quinta Flota.
A su vez, la madrugada de este jueves, en medio de la escalada, el Cuartel General Central Khatam al Anbiya (el máximo órgano operativo del mando militar del Ejército persa) informó que, debido a la inseguridad en la región, el estrecho de Ormuz permanecerá cerrado “a todo tipo de embarcaciones, incluyendo petroleros y buques mercantes”. Además, los militares iraníes advirtieron que ningún buque debe zarpar de su fondeadero en el golfo Pérsico o el golfo de Omán, señalando que “la aproximación al estrecho de Ormuz se considerará un acto de colaboración con el enemigo”.
(*) Escritor, periodista y académico uruguayo residente en México. Doctor Honoris Causa de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo. Autor de diversos libros y publicaciones. Miembro de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad (Capítulo México)
