La última guerra del viejo orden global

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Jorge Elbaum

El pasado 28 de febrero, en una operación conjunta con Israel, inició una guerra contra la República Islámica, al margen de la legalidad internacional y sin consultar siquiera al Congreso de su país, tal como exige la normativa constitucional que su presidente debiera respetar.

Los bombardeos contra Irán se convirtieron en el último capítulo de una ofensiva desatada por Washington para recuperar, mediante la fuerza militar, la iniciativa geopolítica perdida en el terreno del liderazgo global, la productividad industrial, la competitividad económica y el liderazgo político occidental. La guerra en curso entre Estados Unidos, Israel e Irán, que comenzó con ataques aéreos el 28 de febrero de 2026, ha evolucionado más allá de un simple conflicto regional. Representa un punto de inflexión crítico con múltiples escenarios de confrontación y profundas consecuencias geopolíticas que se extienden desde el golfo Pérsico hasta África y Asia.

La nueva doctrina de seguridad de los Estados Unidos, conocida como Donroe, ubica a Washington como un actor imperial desembozado y hostil hacia lo que denominan el Hemisferio Occidental, es decir, hacia la totalidad del continente americano, incluyendo Groenlandia. Dicha retracción continental fue planteada por la administración de Donald Trump con el objeto de impedir el incremento de la cooperación entre Latinoamérica y el Caribe y la República Popular China.

De forma convergente, pretendió garantizarse los recursos estratégicos de la región en su provecho, sobre todo hidrocarburos, Tierras Raras y Minerales Críticos. El secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, la asambleísta Cilia Flores, prologó la ofensiva imperial de quien busca disciplinar al resto del mundo a golpes de sanciones, aranceles, operaciones bélicas quirúrgicas y bombarderos masivos.

El conflicto en el territorio que una vez fue Persia se ha convertido en una guerra asimétrica entre dos de las fuerzas armadas más poderosas del planeta y un país que busca defender su soberanía y su sistema de gobierno. En el caso de Estados Unidos, el propósito se orienta al doble cometido de ahogar a China –comprador de petróleo de Teherán– y al mismo tiempo, controlar las fuentes prioritarias de abastecimiento energético global. Ambos propósitos fueron claves para los ataques contra Caracas y la República Islámica.

Sin embargo, los aspectos geopolíticos se entremezclan, en el caso de Washington, con acontecimientos domésticos que vienen debilitando el gobierno trumpista de cara a las elecciones de medio término de noviembre de 2026: (a) los archivos Epstein, (b) la negativa de la Suprema Corte de aceptar los aranceles dispuestos por una Orden Ejecutiva (decreto) sin aval del Congreso, (c) el proceso inflacionario que se vio ahondado con el aumento de los hidrocarburos a nivel global y (d) la oposición a las brutales políticas migratorias impulsadas por el ICE, que generaron un clima de rebeldía en diferentes Estados y Alcaldías.

Ese combo parece intervenir en las decisiones tomadas respecto a la República Islámica de Irán.

Las acciones bélicas contradictorias, llevadas a cabo contra la República Islámica, se hicieron evidentes cuando el embajador de Estados Unidos ante la ONU, Mike Waltz, explicó por qué la administración Trump levantó temporalmente las sanciones al petróleo iraní –en plena ofensiva– para «contrarrestar la estrategia iraní de inflar los precios de la energía». El mismo gobierno que bombardeó una escuela llena de niñas levantó las sanciones contra el régimen que combate, para no pagar más encarecida la gasolina.

En el caso de Tel Aviv, su casus belli se basa en un argumento existencial, aduciendo que los ayatolás niegan la existencia del Estado de Israel, al que caracterizan como un «enclave colonial sionista».

Dicho argumento le permite a Netanyahu —ante gran parte de la sociedad israelí— constituirse en el antagonista de un potencial segundo Holocausto. El trauma de la Segunda Guerra Mundial sigue configurando el sentido común israelí desde su fundación como Estado independiente en 1948. El atentado terrorista del 7 de octubre de 2023, ejecutado por Hamás y por la Yihad Islámica, con apoyo de Teherán, actualizó dicha amenaza, permitiéndole al premier israelí sortear la caída de su popularidad por las acusaciones de corrupción contra su persona.

Por su parte, Irán ha desarrollado un esquema asimétrico de confrontación basado en una «Defensa de Mosaico», consistente en el despliegue descentralizado que le ha permitido responder de forma rápida y flexible. Su estrategia se ha enfocado en atacar a Israel, las bases estadounidenses en países del Golfo, la infraestructura petrolera de las monarquías del Golfo y el cierre del Estrecho de Ormuz para los barcos ajenos a su flota de exportación. Por ese trayecto transita una parte significativa del petróleo mundial, alrededor de una quinta parte.

La combinación de estas acciones se orienta a infligir costos económicos globales, capaces de fundar una presión diplomática contra Washington y Tel Aviv. En forma paralela, también como producto de las incoherencias trumpistas, la comunidad internacional asiste a una erosión de la credibilidad de Estados Unidos, que ve devaluado su lugar como garante de seguridad. Los ataques iraníes contra infraestructura en países del Golfo (Arabia Saudita, Omán, Qatar y Emiratos Árabes Unidos) han expuesto la vulnerabilidad de estos aliados que empiezan a desconfiar, en forma progresiva, de Washington.

Escenarios que se abren

Los escenarios que se abren a partir del rechazo a la propuesta de quince puntos ofrecida por Washington parecen ser tres:

1. Victoria inexistente: Trump instituye una tregua, proclamando un éxito militar ilusorio. A continuación, baja el precio internacional de los hidrocarburos y el mandatario se atribuye ese segundo triunfo. Continúan los bombardeos contra Hezbolá e Israel ocupa la parte sur del Líbano.

2. Tierra arrasada: Aumento de la escala bélica con foco en el estrecho de Ormuz. Destrucción de su economía y de su infraestructura. Ampliación de la «defensa en mosaico» de las fuerzas armadas persas. Programa nuclear y misilístico iraní debilitado. Invisibilización del genocidio en Gaza y continuidad del apartheid en Cisjordania.

3. Tregua táctica sin plan de paz. Apertura del estrecho de Ormuz supervisado conjuntamente por Estados Unidos, las monarquías de la península arábiga e Irán. Los tres escenarios, en la medida en que no se suscriba un plan de paz, podrán ser el prólogo del próximo evento bélico.

Más allá de estos escenarios de índole militar, las contradicciones entre Estados Unidos e Israel impiden prever un rápido desenlace a la crisis en la región. Desde una perspectiva geopolítica, las consecuencias parecen ser más previsibles: los conflictos generados por la prepotencia trumpista dejarán un resabio de volatilidad que modificará, de forma gradual, el tránsito de los hidrocarburos y los fertilizantes a nivel global.

La paulatina debacle del dólar como moneda central del intercambio del crudo y –sobre todo– la incapacidad de Washington para garantizar la estabilidad internacional darán lugar a otras formas de interacción cooperativa y apalancamientos regionales. Este nuevo entorno derivará, inicialmente, en un desorden global, generando expectativas de proliferación nuclear –única garantía de no ser bombardeado e invadido–.

Sin embargo, una de sus conclusiones más relevantes será la profundización del derrotero multipolar y el incremento de la confianza en Beijing, que será reconocida como un modelo capaz de tramitar los conflictos de forma menos traumática, apelando al diálogo diplomático y al Derecho Internacional.

*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)