Jorge Elbaum
En la compilación realizada por Geoffrey Parker titulada Historia de la Guerra se conceptualizan las prácticas militares desarrolladas durante los conflictos bélicos y las formulaciones asumidas para finalizar, suspender o posponer las hostilidades: las capitulaciones (rendición incondicional), los armisticios (o tregua), la suspensión de la contienda (cese de hostilidades sin detención documentada) y los tratados de paz.
La disputa regional que tiene a Estados Unidos, Israel y la República Islámica de Irán como protagonistas beligerantes muestra a dos de esos actores en búsqueda de un acuerdo para suspender los combates, y al tercero, Tel Aviv, intentando extender el conflicto el máximo tiempo posible. Para cada uno de los tres participantes principales de la contienda, las concepciones sobre la victoria militar varían según tres dimensiones centrales: los objetivos planteados antes del inicio del conflicto, el veredicto de los generadores de ideas y las conclusiones de la opinión pública.
Estos tres anclajes explican el actual formato de guerra híbrida que se observa en el Cercano Oriente: bombardeos eslabonados con ataques cognitivos; propaganda coloreada con Inteligencia Artificial al servicio de la glorificación de reales o supuestos logros militares; viralización del daño causado a los enemigos y omisión del número de víctimas propias; exhibición de fortalezas misilísticas y ocultamiento del daño acumulado; velorios clandestinos para ocultar bajas al enemigo; acompañados de bravuconadas bélicas difundidas en memes, redes y medios de comunicación.
Como otras veces en la historia, Estados Unidos combate lejos de sus fronteras. Sus muertos regresan en cajones arropados con banderas de barras y estrellas, sin tener que afrontar las pérdidas de población civil. Sin embargo, los cajones bajando de las bodegas de los aviones remiten a imágenes ligadas a Vietnam, Irak y Afganistán, que la sociedad estadunidense no quiere siquiera rememorar.
Antes de su segunda elección, Donald Trump prometió terminar con la adicción a batallas lejanas para dedicarse a la denominada asequibilidad doméstica. El emblema MAGA incluía la implementación de un corsé aislacionista orientado a mejorar el nivel de vida de los estadounidenses, castigados tanto por las políticas neoliberales que llevaron a su desindustrialización en los años 90, como por la crisis económica de 2008, que sepultó la certidumbre en las garantías de la desregulación estatal, la reducción de los impuestos para los ricos y el reino de la especulación financiera.
El magnate devenido en presidente intenta suplir dichas contrariedades con amenazas, desmentidas y contrasentidos. En los últimos días dio un ultimátum para la apertura del estrecho de Ormuz, por el impacto que genera en los votantes de las elecciones estadounidenses de medio término.
Desde el inicio del presente capítulo bélico, Trump solo pudo celebrar que los Archivos Epstein pasaran a un segundo plano. Sin embargo, no logró frenar el malestar por el cierre parcial del gobierno, en relación con el Departamento de Seguridad Nacional, que generó suspensiones de vuelos.
Más allá de estas dificultades domésticas, serán los dilemas externos los que obligarán a Trump a tomar decisiones problemáticas, dado el laberinto en el que se ha instalado, sobre todo en relación con sus históricos socios.
(a) Israel quiere seguir atacando para llevar a cabo su programa de «tierra arrasada»;
(b) los oficiales del Pentágono y las grandes corporaciones le piden una tregua para circunscribir la volatilidad de las acciones y los bonos;
(c) sus socios de la península arábiga exigen recuperar la confianza en la comprometida seguridad juramentada por Washington desde la Guerra del Golfo. Los países de la península arábiga (Yemen, Omán, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar, Baréin, Kuwait y Arabia Saudita), empiezan a dudar acerca de qué escudo les provee mayor cobertura y seguridad.
(d) La presión de estas mismas monarquías, que temen quedar expuestas a un Irán herido y desafiante, sugiere a Trump dos alternativas: alcanzar un plan de paz autenticado y duradero o, en su defecto, el fin del sistema
teocrático persa viabilizado mediante el mismo ataque propuesto por Israel.
Una tregua, aseguran, habilitaría un capítulo ulterior de la presente guerra, escenario que los encontraría aún más débiles. Los EAU insisten en que Teherán está cometiendo “terrorismo económico” y los saudíes exigen que el Pentágono despliegue tropas terrestres en Irán.
Irán, por su parte, se considera victorioso si sobrevive su sistema político y garantiza la continuidad de su soberanía. Esas dos condiciones habilitarían a Mojtaba Jamenei, el nuevo líder supremo iraní, a celebrar un triunfo militar. Los objetivos estratégicos de Teherán nunca han sido derrotar a Israel y a Estados Unidos en términos bélicos. El propósito —planificado probablemente desde hace dos décadas— supone poner en evidencia que el costo de un enfrentamiento es, en términos geoeconómicos, muy elevado tanto para los socios regionales de Estados Unidos como para el mercado global de hidrocarburos y fertilizantes.
La doctrina estratégica de Irán tiene como potencial la disponibilidad para enfrentarse a fuerzas armadas más poderosas, afrontando la contingencia de soportar un gran número de bajas propias, compensando esa inferioridad a través del desarrollo de capacidades militares asimétricas, dispuestas en forma escalonada y con mandos fácilmente reemplazables. El otro componente de la estrategia iraní es llevar la guerra lejos de su frontera, mediante grupos proxis, integrantes de lo que se conoce como el Eje de la Resistencia.
Hamas en Gaza ha sido arrasado por Tel Aviv; Hezbolá, en el Líbano, intenta sobrevivir mientras el gobierno de Beirut expulsa al embajador iraní; los hutíes en Yemen permanecen ajenos a esta etapa del conflicto después de haber llegado a un acuerdo con Riad; los socios chiitas de Irak intentan contener a los kurdos que ya se perfilan como los nuevos contendientes domésticos de Teherán, impulsados por Israel y Estados Unidos.
Para la perspectiva de Bibi Netanyahu, el casus belli está fundamentado por una razón existencial. Los ayatolás niegan la existencia del Estado de Israel, al que caracterizan como un «enclave colonial sionista». Dicho argumento le permite a gran parte de la sociedad israelí blindarse contra un potencial segundo Holocausto. El genocidio de la Segunda Guerra Mundial sigue configurando el sentido común del Estado nacido en 1948.
El atentado terrorista del 7 de octubre de 2023, ejecutado por Hamás y por la Yihad Islámica, con apoyo de Teherán, actualizó dicho trauma, permitiéndole al premier israelí sortear el derrumbe de su popularidad por las acusaciones de corrupción contra su persona.
Los tres contendientes se enfrentan por causas diferentes y sus respectivas percepciones acerca de las derrotas o victorias serán el resultado de sus particulares visiones estratégicas. Cualquiera sea su resultado y su visión, el mundo ya no será el mismo.
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)