Silvia Ribeiro
Las trasnacionales de transgénicos prometieron mayores rendimientos y menor uso de agrotóxicos. También cultivos con más nutrientes como el “arroz dorado” con vitamina A y otros supuestos beneficios. Nada se cumplió. (“Cosecha amarga: 30 años de promesas incumplidas”, https://tinyurl.com/35b2unt6).
Cuatro empresas controlan los cultivos transgénicos sembrados a nivel mundial: Bayer (dueña de Monsanto), Corteva (fusión de DuPont-Pioneer y Dow), Syngenta (propiedad de Sinochem Holding) y BASF. Juntas controlan también la mitad del mercado mundial de semillas comerciales y dos tercios del de agrotóxicos. (https://grain.org/e/7288).
La propaganda de esas empresas, a través de asociaciones con las que pretenden ocultarse (como Chilebio, Argenbio, Agrobio México), quiere dar la imagen de que los transgénicos están en todo el mundo.
La realidad, según sus propios datos, es que el área sembrada globalmente con transgénicos no llega a 13 por ciento de la tierra arable del planeta, y sólo 10 países siembran 98 por ciento de ésta. Apenas tres países ocupan 80 por ciento del área sembrada: Estados Unidos, Argentina y Brasil. Les siguen Canadá, India, Paraguay, China, Sudáfrica, Paquistán y Bolivia. (https://tinyurl.com/2s6h3ez4).
Estados Unidos fue el primero en sembrar soya transgénica tolerante al glifosato, seguido por Argentina en 1996. Actualmente hay 32 países que aprueban la siembra comercial de uno o más cultivos transgénicos, pero sólo una decena de países tienen áreas significativas. En contraste, más de 150 países no permiten su siembra y 38 países tienen restricciones o prohibición de siembra de uno o más cultivos transgénicos, entre ellos México, Ecuador, Perú, Belice y Venezuela.
Cuatro cultivos ocupan casi la totalidad del área sembrada y todos son commodities (mercancías de comercio internacional): soya, maíz, algodón y canola. Decían que los transgénicos iban a aliviar el hambre en el mundo, pero no se destinaron a la alimentación humana sino a la industria. La mayoría va para forraje de animales en confinamiento y cerca de un tercio a combustibles y otros usos industriales.
En resumen: cuatro trasnacionales controlan todos los cultivos transgénicos, sólo 10 países tienen 98 por ciento del área sembrada, cuatro cultivos ocupan 99.4 por ciento de esa área (soya, maíz, algodón y canola) y sólo hay dos tipos de transgénicos, más de 90 por ciento tolerantes a agrotóxicos y el resto “insecticidas” con la toxina Bt, que en muchos casos tienen “genes apilados” para ser también tolerantes a agrotóxicos.
¿Se usaron menos agrotóxicos? No, al contrario, aumentaron exponencialmente. Al ser manipulados para ser tolerantes al glifosato, aumentó más de 20 veces el uso de ese herbicida, clasificado por la OMS como cancerígeno. Generaron así decenas de “supermalezas”: hierbas invasoras que se hicieron resistentes al glifosato. Para combatirlas se aumentaron las concentraciones y dosis aplicadas y pusieron a la venta transgénicos con genes apilados tolerantes a varios agroquímicos como glufosinato y dicamba, 2,4-d, cada vez más peligrosos (https://tinyurl.com/38r94xup).
¿Mayores rendimientos? Tampoco. Estudios de largo plazo muestran que rinden igual o menos que los cultivos híbridos. Un estudio de la Unión de Científicos Preocupados de Estados Unidos mostró que, en 13 años de siembra, los cultivos transgénicos sólo aumentaron el rendimiento 0.2 por ciento anual, mientras el manejo agronómico de cultivos convencionales y agroecológicos lo aumentó más de 10 por ciento en ese periodo. (https://tinyurl.com/bd69y37). Los cultivos de maíz Bt parecían rendir más, pero fueron paulatinamente sacados del mercado porque las orugas se hicieron resistentes, lo cual también motivó el uso de más agrotóxicos. Estudios posteriores confirmaron las mismas tendencias (https://tinyurl.com/4ev29kts).
Todos los transgénicos están patentados y las semillas son hasta 30 por ciento más caras. (https://tinyurl.com/2tyth7kh). Las empresas han hecho un negocio adicional con miles de juicios contra agricultores por “uso” de genes patentados cuando sus campos se contaminaron por polinización cruzada.
Los transgénicos han sido un desastre para la salud, la alimentación y el ambiente, pero un jugoso negocio para las trasnacionales. En muchos países se han emprendido batallas con amplio apoyo popular para no permitir su siembra ni su consumo. En cualquier parte del mundo, si se pregunta, la vasta mayoría de las personas contestan que prefieren no comer transgénicos.
Para continuar el negocio y engañar a productores y consumidores, la trampa de las trasnacionales ahora es cambiar el nombre de los cultivos manipulados genéticamente, llamándolos “edición genética”, con lo cual han conseguido evadir las leyes de bioseguridad y etiquetado en varios países y también van por ello en México (https://tinyurl.com/3mmcm4ap). La resistencia sigue y no lo permitiremos.