El ayatolá de Trump
Jorge Elbaum
La ofensiva de Donald Trump tiene como objetivos últimos el disciplinamiento del Sur Global, el ahogamiento de la República Popular China y el reordenamiento del tablero mundial para beneficiar los intereses geoeconómicos estadounidenses. El designio de Benjamín Netanyahu es imponer la hegemonía regional, apelando a la limpieza étnica de palestinos y el exterminio de los grupos proxis.
Como contrapartida, Irán busca el triple propósito de defender su soberanía nacional, garantizar la continuidad del carácter islámico de su configuración institucional y continuar su intento de liderar el mundo musulmán.
El último capítulo de esta confrontación se inició el sábado 28 de febrero, en pleno transcurso del Ramadan, la celebración que tiene una duración de un mes. Durante ese periodo se rememora, según la tradición islámica, la etapa en que el Corán le fue revelado a Mahoma. La fecha no es un tema trivial: durante esa etapa los musulmanes tienen la obligación de ayunar durante las horas del día y deben concentrarse en actividades de reflexión espiritual.
Todas las guerras están atravesadas por dimensiones que no son precisamente bélicas. En este caso, el magnate devenido en mandatario está acuciado de brindar una victoria militar al núcleo duro de sus votantes, para reposicionar a los republicanos en las elecciones de medio término, en noviembre de 2026, muy golpeados por la caída de imagen del presidente, el caso Epstein y el aumento de la desocupación, que alcanza los 4,5 puntos porcentuales.
Por su parte, el acusado por la Corte Penal Internacional de crímenes de lesa humanidad y genocidio intuye que solo su actual colega estadounidense es capaz de embarcarse en una guerra regional, de carácter imprevisible.
Según el analista internacional Robert Pape, autor de «Poder aéreo y coerción bélica», los bombardeos misilísticos solo garantizan destrucción, pero carecen de poder coercitivo para cambiar sistemas institucionales. Seguramente, el conocimiento de esa hipótesis ha llevado a los analistas militares de Washington a buscar alternativas de triunfalismo simbólico, quebrando la argamasa espiritual de la República Islámica. Cuando Trump se autoerige en decisor del próximo líder supremo –en el marco de una supuesta negociación– está debilitando la esfera de legitimidad religiosa.
Con la propuesta de Gran Elector se busca reeditar el modelo impuesto en Venezuela, sin comprender las profundas contrastes entre la conformación del proyecto bolivariano y el lugar que ocupa Teherán a nivel regional. En Caracas se dio una continuidad institucional y Delcy Rodríguez –quien ocupaba el primer lugar en la línea sucesoria– asumió el poder, exigiendo desde el primer momento la liberación de Nicolás Maduro y de la asambleísta Cilia Flores.
La República Bolivariana, además, nunca fue considerada, por sus vecinos latinoamericanos, como una amenaza militar. Sus instituciones han permanecido incólumes y la base social del chavismo se ha mantenido unida, consolidada en términos territoriales y profundamente identificada con su gobierno.
Esa situación difiere del entorno regional persa, que tiene fronteras con países sometidos a la voluntad de Washington. Además, su cohesión interna es más endeble: las diferencias etnoreligiosas con los baluchíes sunitas, en el sureste del país, y con los kurdos en el norte son ancestrales, pero ahora están siendo potenciadas por la «ayuda externa» de Washington y Tel Aviv. Por su parte, las orientaciones de género promovidas por la teocracia también han contribuido a resentir el tejido social. En ese marco –más allá de la contabilización de misiles, drones y bombardeos de todo tipo– la sola sobrevivencia de la República Islámica, supone una victoria para Teherán.
Los dos escenarios que preocupan a la entente Trump-Netanyahu son (a) el empantanamiento militar del conflicto y (b) la continuidad del cierre del estrecho de Ormuz. De ahí que la ofensiva de Washington se concentre en la armada persa y la de Tel Aviv en los grupos asociados con la Guardia Revolucionaria, sobre todo Hezbolá. Una de las fortalezas de Teherán radica en poder darle continuidad a la guerra energética, presionando para generar una crisis económica a nivel global y obligando a Washington a una negociación menos asimétrica.
Esta última situación, a su vez, puede terminar siendo —a mediano o largo plazo— contraproducente también para Teherán, que es un exportador de petróleo y que necesita el ingreso de divisas para su economía doméstica. En la última semana, el barril de crudo Brent, referencia energética global, alcanzó los 91 dólares, un aumento de más del 20 por ciento respecto a mediados de febrero.
La República Popular China es uno de los primeros destinos de los barriles persas. El 13 por ciento de todo el petróleo comprado por Beijing proviene de Irán. Y aquí aparece la gran externalidad no deseada por la OTAN. En la actualidad, Xi Jinping cuenta con reservas por 1400 millones de barriles de petróleo, el 30 por ciento de todas sus importaciones realizadas en 2025. El proveedor sustituto natural es su vecino, Vladimir Putin, que ya provee casi una quinta parte de todo lo importado por el País del Centro.
Paralelamente, la OTAN ve esfumarse las existencias de aparatología bélica que Washington comprometió a la Unión Europea en su conflicto contra la Federación. Esa es una de las razones de China y Rusia para permanecer al margen. La segunda está relacionada con la proliferación nuclear: ningún socio del club atómico —son nueve en la actualidad— acepta ampliar la membresía.
Además, los funcionarios chinos recelan de la impronta islámica de Teherán, dada la situación del millón de musulmanes de la etnia uigur, ubicada en la región autónoma de Xinjiang, resistentes al laicismo defendido por el Partido Comunista. En 2021, Teherán y Beijing firmaron un pacto de cooperación estratégica por 25 años, por un monto de 400 mil millones de dólares. Dicho convenio incluía la explotación de las tierras raras y de minerales críticos, pero no se efectivizó por la inquietud de que la influencia de China comprometería su soberanía e independencia.
En Irán existe una exigua minoría uigur, que repudia el posicionamiento de Beijing respecto al credo islámico. En ese marco, una de las máximas autoridades académicas del Instituto de Investigación Chino-Árabe de la Universidad de NingxiaNiu Xinchun consideró que «Irán está atrapado entre su oposición a los Estados Unidos y su necesidad de llegar a un acuerdo con Washington: atrapado entre sus raíces conservadoras teológicas y la necesidad de reformas económicas».
Por su parte, importantes asesores del gobierno chino, como Hu Xijin, sugieren –además de condenar y repudiar explícitamente los ataques de Washington y Tel Aviv–– que la teocracia iraní es parcialmente responsable de la actual situación. Mientras tanto, la Federación Rusa se inscribe, de forma paradójica, como un beneficiario indirecto del conflicto: menos armas para Ucrania, más ventas de petróleo, menos competidores nucleares y mayor integración con China. Dicen que Putin sonríe.
*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)