Estados Unidos e Israel contra Irán

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Pedro Brieger

Cada vez que comienza una guerra surge de inmediato la pregunta por su desenlace, aun cuando el conflicto recién empieza.  Los ataques aéreos combinados de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán por ahora no han puesto de rodillas a las autoridades de Teherán a pesar del asesinato del Líder Supremo y de otras figuras importantes.   

Todo el mundo especula sobre escenarios.  No es que no haya que pensar cómo pueden desarrollarse los acontecimientos, pero hay tantos factores en juego y tantas posibilidades, que se hace imposible pronosticar.  Conviene tratar de analizar qué hay al momento de escribir estas líneas sabiendo que puede haber cambios bruscos en cualquier instante.

Biniamín Netaniahu y Donald Trump quieren aparecer como los salvadores del pueblo iraní.  Al mejor estilo de los antiguos colonizadores se autoproclaman liberadores y dicen saber lo que es lo mejor para la población local.  Netaniahu hasta se dio el gusto de grabar otra vez un discurso en farsi exhortando al pueblo a salir a las calles, afirmando que estaban creando las condiciones para “derrocar al régimen de terror”.  Su mesianismo es tal que difundió su mensaje sin importarle que en Irán estaban sacando de los escombros de una escuela los cuerpos de decenas de niñas alcanzadas por las bombas.

Los límites del poder militar

La historia demuestra que una potencia militar puede bombardear masivamente un país, destruir ciudades y bases militares o matar a los principales dirigentes, pero esto no lleva necesariamente al derrumbe de un régimen político.

El caso más reciente en la región fue Irak en 2003.  A pesar de los intensos bombardeos contra la estructura política y militar del país, Saddam Hussein se mantuvo en pie.  Fue la invasión terrestre la que provocó su caída y entonces el país quedó ocupado y controlado por Estados Unidos.

La guerra ahora continúa porque los bombardeos no logran el efecto que buscan:  el colapso del régimen.  Por eso cuesta creer que la República Islámica desaparezca sin un levantamiento interno y  

solo con los bombardeos, por más intensos y prolongados que sean.

Intereses y escenarios políticos

Mohammad Reza Pahlavi

Antes de 1979 el Sha Mohammad Reza Pahlavi era un aliado político-militar de Estados Unidos e Israel para combatir el nacionalismo árabe liderado por Nasser desde 1952, al que se sumó Irak tras la caída de la monarquía en 1958.  En 1979 Estados Unidos perdió al aliado que le permitía controlar gran parte de los recursos petroleros, fruto del golpe contra el nacionalista Mohammad Mossadeg en 1953.

Si los intereses de la Casa Blanca son económicos y estratégicos, para Israel (además) la República Islámica de Irán representa una amenaza existencial porque no reconoce la legitimidad de origen del Estado judío.  Los une un objetivo: derrocar al gobierno y destruir la revolución islámica, aunque pueda haber diferencias sobre una posible fase posterior, ya que Estados Unidos tiene intereses petroleros globales que no tiene Israel.

En Irán hoy no parece existir una oposición capaz de hacerse cargo del poder ante una eventual caída del gobierno.  A diferencia de la invasión a Irak en 2003, cuando existían algunas reconocidas figuras y organizaciones iraquíes en el exilio, no las hay en el caso de Irán.  Trump ya deslizó que Reza Pahlavi, hijo del difunto Sha Mohammad Reza Pahlavi, no tiene la capacidad de hacerse cargo dado que no vive en el país desde los 16 años y tampoco tiene una base social que lo apoye.   En cambio, existen diversos grupos étnicos en diferentes regiones que podrían jugar un papel desestabilizador.  Especialmente los kurdos. 

Éstos tienen una larga historia de organización en Irán, Irak y Turquía, aunque con agendas diferentes y a veces contrapuestas.  Pero sus intereses son regionales y muy específicos, y no contemplan tomar el poder en Teherán.  También está la posibilidad que el país entre en caos y se transforme en lo que suelen denominar “Estado fallido”.  Esto es, divisiones territoriales, enfrentamientos armados descontrolados y la desaparición de un gobierno central.

La dimensión histórica

En Estados Unidos e Israel creen que los iraníes los van a recibir con los brazos abiertos y que no tienen memoria.  Actúan como si nadie en Irán supiera que el golpe de 1953 contra Mohammad Mossadegh fue para apoderarse del petróleo.  Actúan como si nadie supiera de la alianza político-militar que Israel tenía con el Sha, y que el Mossad colaboró con la Savak (policía secreta) que encarceló, torturó y mató a miles de personas. 

Actúan como si nadie supiera que la Casa Blanca apoyó a Saddam Hussein en la invasión de 1980 que llevó a una guerra prolongada de ocho años y provocó cientos de miles de muertes.  Actúan como si las recurrentes incursiones aéreas israelíes y el asesinato de funcionarios y científicos nunca hubieran ocurrido.

Persépolis, Irán: Ahura MazdaSin embargo, lo que caracteriza a los iraníes es que tienen memoria histórica.  Se vanaglorian de su civilización milenaria, cuyo mayor símbolo es Persépolis, capital ceremonial del Imperio aqueménida, fundada por Ciro el Grande y construida por Darío I hace más de 2 500 años.

Desde la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética, en los despachos de la Casa Blanca y en los principales centros de estudios, convirtieron al islam en el nuevo enemigo siguiendo la lógica del “choque de civilizaciones” elaborado por el académico Samuel Huntington.  Por esta razón, en Irán, esta guerra también es vista como una “guerra existencial”, según lo manifestó el vicecanciller Esmail Baghaei.

En otras palabras, Estados Unidos e Israel pueden llegar a convertir esta guerra en una guerra civilizatoria anti musulmana.

Por eso es difícil mensurar qué implicancias tendrá el asesinato de Ali Jamenei.  Si bien había sido presidente entre 1981 y 1989, su rol era mucho más que el de “líder supremo” de la particular estructura política del país.  Según la interpretación del islam propia del shiísmo, él era una autoridad teológica jerárquica para todos los musulmanes shiítas, dentro y fuera de Irán.  En este contexto, su asesinato puede tener repercusiones en otros países, como Pakistán, India o Indonesia.

Tal vez estemos entrando en el mundo que Huntington imaginó.

*Sociólogo y periodista argentino