La implosión de Occidente

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Jorge Elbaum

El Foro Económico Mundial, conocido por la localidad suiza donde se realiza, aglutinó a empresarios y referentes políticos, mayoritariamente del Occidente atlantista. Durante una semana se evidenciaron los conflictos internos de un bloque que hasta hace pocos años articulaba, de forma simbiótica, al capitalismo financiero, las grandes corporaciones globales y sus serviles gestores políticos.

Probablemente, para el bien de la humanidad, ese bloque se encuentra atravesado por una profunda crisis, con evidencias claras de resquebrajamiento sistémico. La causa estructural de dicho proceso no es Donald Trump. El mandatario estadounidense es apenas el síntoma de un proceso estructural.

Los seis temas que atravesaron el cónclave, organizado por los magnates que condicionan las decisiones geoeconómicas desde hace más de medio siglo, fueron el desbarajuste geoeconómico generado por las políticas comerciales de Washington, el conflicto en Europa Oriental, la violación brutal de la soberanía de la República Bolivariana, la disputa por Groenlandia, las amenazas a Irán y la denominada –en forma estrafalaria– Junta de la Paz. En esas seis dimensiones se exhibe el carácter cariocinético de una crisis ligada, por un lado, a la victoria militar rusa contra la OTAN y, por el otro, a la emergencia de Beijing como potencia económica global.

Schwab y sus acólitos nunca repararon en aquella angustia de Mann. Solo se propusieron superar el fastidio que les producían las intervenciones del Estado de Bienestar, que habían generado una intolerable caída de sus tasas de ganancia desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Davos logró constituirse en el supremo Think Tank  transnacional de Occidente, encargado de promover la globalización financiera; garantizar la desregulación de las

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Klaus Schwab, este año

economías; viabilizar los endeudamientos soberanos; promover la precarización laboral; multiplicar las Guaridas Fiscales y desterritorializar las empresas industriales.

 

Todas esas acciones se acordaron para recuperar la tasa de ganancia perdida durante los treinta gloriosos, período de pleno empleo, intervención estatal y ampliación del consumo de masas. Ya en 1971, entre los 450 invitados iniciales, se hicieron presentes algunos de los CEOs de las empresas transnacionales con presencia en Latinoamérica y el Caribe, quienes recomendaron articular el Plan Cóndor con los postulados neoliberales.

De esa manera, el programa de Davos logró imponerse a través del golpismo criminal de Augusto Pinochet en 1973, el paradigma genocida de José Alfredo Martínez de Hoz en 1976, la trama antisindical de Margaret Thatcher en 1979, y la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), conocida como Guerra de las Galaxias, de Ronald Reagan en los 80. En la década del 90 desapareció la Unión Soviética y, con ella, lo que Hobsbawm denominó el corto Siglo XX. Apenas cuatro décadas después, empezamos a observar cómo se produce el paulatino desmantelamiento de la alianza liderada por Washington.

El derrotero de Davos, encauzado por la codicia de los inversores que buscaban maximizar la explotación laboral, derivó —gracias a la previsión y adaptabilidad chinas— en un paradojal deterioro de las capacidades relativas de Occidente para gestionar la productividad y la competitividad. Conllevó, además, una dinámica permanente de inestabilidad, generando crisis económicas recurrentes, transfiriendo riqueza desde los trabajadores hacia los empresarios y aumentando en forma vertiginosa la desigualdad social.

Estados Unidos asumió el programa de Davos, y sus operadores de la Escuela de Chicago lo exportaron al resto del mundo. Lo legitimaron en el Consenso de Washington y luego lo engalanaron con el lema hipócrita de un Orden Internacional Basado en Reglas (OBR, por su sigla en inglés). Lo que nunca se atrevieron a admitir es que eran, justamente, “sus reglas”: las que beneficiaron a sus corporaciones, las que habilitaron la avaricia de sus fondos de inversión, y las que sometieron al Sur Global a una nueva forma de neocolonialismo, sustentado en las exigencias del Fondo Monetario Internacional.

El modelo que se propuso en Davos entró en crisis en 2008 y el sistema implosionó porque Estados Unidos se desindustrializó y vivió el último medio siglo a costa del resto del mundo: fue incrementando su deuda hasta llegar al actual 120 por ciento respecto de su PBI. Este quebranto fue “financiado” por la emisión de dólares sin respaldo alguno. En este marco, Trump asume hoy que este sistema ya no les permite controlar el devenir geopolítico porque la utilización de la divisa estadounidense va perdiendo fuerza en el comercio internacional. Es hora de demoler el sistema, suplantando el OBR por «un mundo basado en mis reglas“, plagiando a Luis XIV en versión planetaria.

Dicha aseveración supone, en última instancia, un desaforado intervencionismo estatal doméstico y global, una regulación comercial transaccional expansiva y una inestabilidad sistémica que arrasan con el llamado libre mercado, todo lo cual reverencia el grotesco mandatario argentino, emparentado fisonómicamente con Benny Hill.

El brutalismo trumpista es el intento desesperado por superar el malestar que produce el debilitamiento relativo de ese Occidente que se pretendía autosuficiente: la estructuración multipolar le impide apelar a invasiones y Moscú le hizo notar a la OTAN que corre peligro ante la posibilidad de guerras abiertas.

Esa es la razón por la que ha efectuado siete bombardeos puntuales y aleccionadores y han secuestrado a Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores, sin alcanzar el tan mentado cambio de régimen. Trump ha asesinado a 200 personas —sumando las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe y los crímenes del 3 de enero en Venezuela— para apropiarse de los recursos de un país soberano, intentar asfixiar a China, en términos energéticos, y disimular su crisis económica doméstica.

El proyecto trumpista conjetura que el belicismo logrará eludir su vulnerabilidad doméstica, expuesta por sus cacerías del ICE, la inflación y la especulación financiera ligada a la Inteligencia Artificial. El noviembre próximo se llevará a cabo la elección de medio término en la que se renovarán todos los legisladores de la Cámara de Representantes y 35 cargos del Senado.

La última vez que el partido de un presidente en ejercicio ganó en una elección de medio término fue en 2002, luego del atentado terrorista contra las Torres Gemelas. En 1965, Bob Dylan escribió una canción que se titula “Tráelo todo de vuelta a casa”. En uno de sus versos dice. “Roba un poco y te meterán en la cárcel / Roba mucho y te convertirán en rey”.

*Sociólogo, doctor en Ciencias Económicas, analista senior del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)