Bolivia: ¿Qué hacer?

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Hoy, y como siempre será, los inconformes con la realidad que nos rodea nos volvemos a hacer la misma pregunta: ¿Qué hacer ante sociedades cada vez más injustas, racistas y autoritarias? ¿Qué hacer ante un mundo en el que las crueldades humanas se pavonean en medio de una repugnante impunidad pública? ¿Qué hacer ante un “orden” internacional salvaje en el que la brutalidad de la fuerza es la única ley que impera?

Es un tiempo en el que los Estados, como aves Fénix de la mitología griega, vuelven a levantarse sobre los escombros de los languidecientes mercados globales, y se lanzan, cual enfurecidos leviatanes geopolíticos, unos contra otros en guerras arancelarias, invasiones y chantajes. Pero también son esos Estados, esas “bestias magnificas” (Foucault), los que centralizan las riquezas comunes, las conquistas colectivas y los derechos de todos; por lo que hoy son imprescindibles para sobrevivir como sociedades. Y, por supuesto, para apuntalar nuevos derechos y justicias sociales emergentes de las venideras luchas colectivas.Protesta Milei-24/10/2025

La propia soberanía nacional ya no es un acuerdo de cumplimiento universal porque ya no hay legalidad internacional. El respeto y reconocimiento mundial es un producto de la fuerza estatal (económica y politica). La soberanía, que renace como bandera contra la humillación externa, en adelante será densidad infraestructural del Estado; alta cohesión social emergente del bienestar económico; un industrialismo expansivo y la capacidad de defenderse infringiendo daño al Estado agresor.

La gestión de gobierno tiene que presentar escalonadamente nuevos logros económicos favorables a las amplias mayorías sociales: mejoras salariales, acceso a la salud gratuita, a la vivienda, a créditos baratos, a educación superior, etc. Para el progresismo detenerse y creer que son suficientes los primeros beneficios alcanzados al principio de gestión, es el inicio de la derrota.

Al inicio, todo ello es posible hacerlo con un reajuste del sistema económico heredado subiendo impuestos a los ricos (inversión extranjera y oligarquías), mejorando el sistema recaudatorio, canalizando el ahorro bancario hacia las clases menesterosas, etc. Pero con el tiempo será insuficiente para mantener las expectativas aspiracionales.

Para ello, hay que pasar a un plan estratégico de reformas económicas de segunda generación que den una base productiva a las políticas redistributivas. Esto supone un productivismo industrioso para el mercado interno y mercados regionales, como también un productivismo en los servicios en los que se encuentra la mayoría de la población.

En el caso del progresismo y las izquierdas que perdieron el gobierno y buscan retomarlo, el panorama es mucho más complicado. Con seguridad su derrota fue fruto de sus propios actos, de la frustración que generaron sus timoratas medidas de reforma y, claro, de las penurias económicas que se intensificaron sobre las mayorías laborales del país.

Si el mundo ya hubiera resuelto cual es el modelo de crecimiento económico expansivo que va a sustituir al neoliberalismo y al “consenso de Washington”, hoy hubiera afirmado que el progresismo y la izquierda tiene que adecuarse a una estrategia de acumulación de resistencias intersticiales de 20 a 30 años. Tal como sucedió en los años 80-90 del siglo XX. Y que, después de un largo desierto, su nueva oportunidad se anunciara con inéditas rebeliones sociales y liderazgos políticos totalmente nuevos.

Pero no. El mundo aún no ha superado la etapa liminal de la transición de régimen de acumulación y, por tanto, por un tiempo más, tendremos una sobreposición coetánea de oleadas y controladas de izquierdas y derechas sin que ninguna todavía se estabilice duraderamente.

Pero una izquierda o progresismo derrotados electoralmente, son, temporalmente, una organización sin proyecto alternativo para resolver la actual crisis; devaluada en el apego popular y estigmatizada con todos los males universalmente existentes. Es el inevitable escarnio de los vencidos.

A su favor, está el recuerdo de una anterior buena gestión gubernamental y, en algunos casos, de liderazgos carismáticos en su etapa tardía. Esto garantiza una base mínima de adherencia política en sectores populares, de más de 40 años, que se beneficiaron del ciclo progresista. Pero solo con eso ya no se gana elecciones ni se cambia el curso político de un país. No es esperanza de un porvenir. Es melancolía. Aunque, claro, sin eso, tampoco se puede llegar al gobierno.

Un proyecto de poder requiere romper la actual situación de minoría política influyente en la que se halla él progresismo.

Para ello, a la crítica tiene que acompañarle el desarrollo contencioso de un proyecto de reformas viables y efectivas que resuelvan, practica y convincentemente, de manera diferente a como lo hace la derecha, los principales problemas económicos que otra vez agobian a las clases populares: inflación, bajos salarios, empleo, acceso a vivienda, servicios básicos, crédito laboral, desigualdad, educación pública de calidad, etc.

¿Como lograr ello sin ajuste fiscal, sin privatizar los bienes públicos, sin vasallaje externo o nuevas inflaciones? Y, lo más difícil, ¿cómo hacerlo sostenible en el tiempo?

Pero no basta elaborar un programa de transformaciones económicas para que este “prenda” en la sociedad.

Un programa de reformas alternativo debe escarbar en las emociones vitales más profundas de la gente corriente. Debe aprender de la acción colectiva y de las expectativas soterradas de los múltiples segmentos laboriosos. Y tiene que ser capaz de comprimir en una frase la experiencia y la pulsión más íntima de las mayorías sociales. Se trata del “mágico” paso de lo sensible a lo inteligible.

Además, y esta es la segunda gran tarea, debe foguearse, ponerse a prueba, reformularse y enriquecerse en el debate público, en las asambleas sindicales y barriales, en las conferencias académicas, en los platos televisivos, en el tik tok, el wasap y las redes penetradas, asediadas, ocupadas por un ejército de activistas del pensamiento, de la palabra, la imagen creativa y la polémica.

En todos los casos, la facultad irradiadora de las nuevas ideas fuerza, será directamente proporcional a la frustración y desapego político de la sociedad hacia el gobierno. Y ello solo podrán emerger gradualmente de fallidos o débiles resultados económicos que beneficien a la población.

Solo cuando ese deterioro de las condiciones de vida carece de un imaginado futuro redentor, deja de ser un costo plausible de la esperanza popular y deviene en fracaso. Mas eso no es inmediato. Requiere un tiempo. Ahí y solo ahí, las nuevas ideas fuerza del progresismo podrán sustituir gradualmente las actuales lealtades populares a las injusticias.

Finalmente, se requiere conducir una transición pactada del liderazgo carismático al rutinario, implementando La juventud no sólo es el futuro, también el presente | Reflexiones ...esquemas flexibles de co-gobierno con líderes emergentes y autónomos poseedores de un capital político electoral propio. Se trata de un bicefalismo en la sombra. Con un líder rutinario con suficiente poder en las candidaturas y en la imprescindible forma unitaria del gobierno de Estado; pero a la vez, la realidad subyacente de un poder compartido con el líder carismático en determinados espacios del partido, de otras candidaturas y del propio gobierno, a través de terceros.

La izquierda y el progresismo puede recuperar el gobierno, pero, está claro, renovando sus estrategias.

*Político y teórico marxista boliviano. Fue vicepresidente de Bolivia desde enero de 2006 hasta noviembre de 2019.