La Junta de la Paz de Trump consolida un proyecto colonial para Gaza

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Alejandro López

 

De ser legitimado a nivel internacional, este proyecto no solo impondría unas nuevas normas del mundo lideradas abiertamente por el trumpismo, empezando por Gaza, sino que supondría un intento de privatización de la ONU.

Ya está aquí la paz. Una paz con características estadounidenses. Que la gobernanza de Palestina no iba a quedar en manos de la soberanía popular palestina era conocido por todos. Pero las dimensiones del proyecto de la Junta de la Paz que ha presentado el republicano llevan el futuro de Gaza a dimensiones completamente ajenas al autogobierno.

Hasta el momento conocíamos la intención de crear un gobierno tecnocrático con figuras palestinas al cargo de la Franja de Gaza, pero donde no hubiera presencia de Hamas, fuerza dominante en la franja, ni de la Autoridad Palestina, para evitar que hubiera una suerte de fuerza común en los territorios palestinos y alejar las perspectivas de un Estado palestino unificado.

Por encima de dicho ejecutivo estaría la junta que ahora anuncia Trump. Pero en realidad parece que habrá tres capas adicionales, con sus respectivos altos cargos. Junto a la gobernanza de la Junta de la Paz de Trump se encontrarían líderes entre los que se podría situar el argentino Javier Milei. Países como Marruecos o Bielorrusia habrían aceptado, de entre los numerosos invitados, sumarse a la organización.

Pero como es habitual en la política diplomática de Trump, todo esto poco tiene que ver con solucionar el problema político detrás del conflicto de Gaza. Por debajo del liderazgo de Trump y la presencia de varios países existiría una Junta Ejecutiva que tiene perspectivas de ampliar su mandato más allá de Gaza.

Formarán parte de esta Junta Ejecutiva nombres habituales en la administración Trump como Marco Rubio, secretario de Estado; Steve Witkoff, enviado especial para Oriente Medio y Ucrania; o Jared Kushner, el yerno de Donald Trump. Tanto Witkoff como Kushner se han caracterizado por promocionar los intereses israelíes y estadounidenses para organizar un acuerdo de normalización con los países árabes, además de por tener numerosos negocios en la región.

Aparte de los conocidos, se unirían a esta junta hombres como Tony Blair, el ex primer ministro británico responsable de la participación de su país en la invasión de Irak; y otros que sonarán menos como Marc Rowan, Ajay Banga, Robert Gabriel y Nickolay Mladenov. Todos ellos tienen o han tenido peso en gestión económica o diplomática en relación con las dinámicas globales o las regionales de Oriente Medio desde el lado estadounidense, menos Mladenov, que es búlgaro.

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Ali Sha’ath

Por debajo de ellos habrá una Junta Ejecutiva específica para Gaza donde se encontrarán parte de estos nombres junto con algunos más vinculados con Turquía, Catar, Egipto y Emiratos Árabes. Y por fin, por debajo de estas tres organizaciones se situaría el gobierno tecnocrático palestino, que ya de por sí tenía poca correspondencia con la correlación de fuerzas políticas en Palestina.

Aun con todo el entramado de actores dispuesto a dirigir la gobernanza de Gaza, entre los que se encuentran importantes inversores que plantean la búsqueda de oportunidades económicas foráneas en la franja, Israel sigue sin estar conforme con una parte de lo diseñado por Trump. La principal oposición se encuentra en la presencia de los representantes turcos, con el ministro de Exteriores Hakan Fidan a la cabeza, y en menor medida del catarí.

Pero sectores importantes del gobierno israelí critican incluso el fondo del marco conceptual actual puesto que el rango de actuación de las nuevas autoridades y de la fuerza militar internacional que aún busca integrantes será la zona “liberada por Israel”, es decir, la zona bajo ocupación israelí. Los sectores más supremacistas apuestan por retornar al proceso de expulsión de palestinos de Gaza. La paz sin limpieza étnica no sirve a los propósitos expansionistas de una parte importante de Israel porque aunque ganan terreno, no permite la colonización total de la Franja de Gaza.

Además de ignorar completamente los intereses palestinos, subvertir la soberanía nacional, impedir una vez más la celebración de elecciones y evitar la creación de un Estado palestino unificado y que pueda actuar de manera independiente; este proyecto también tiene otro objetivo: acabar con la ONU.

El foro de Naciones Unidas, aunque erosionado ante el abuso de la fuerza que han ejercido numerosos miembros permanentes del Consejo de Seguridad y sus socios, seguía siendo un marco válido internacionalmente para el tratamiento de asuntos internacionales. Con la creación de un foro presidido y dirigido por Trump, compuesto por figuras estadounidenses o claramente alineadas con sus intereses, se busca emplear dicho espacio para tratar todos los futuros contenciosos en los que Washington quiera tener voz por sus intereses.

La mayor muestra es la invitación a numerosos países para que acompañen a Trump a la cabeza de este ente, cuya presidencia conservaría el neoyorquino pero que permitiría a los países que acepten su competencia votar en las sesiones anuales. Los temas para sesionar serían decididos por Trump, así como el sucesor de la presidencia y la destitución de los miembros, que de todos modos solo estarían en dicha posición por un periodo de tres años. Este tipo de rotaciones recuerdan al Consejo de Seguridad de la ONU pero en este caso se podría renovar, especialmente si el miembro paga mil millones de dólares durante el primer año de vida del organismo.

De ser legitimado a nivel internacional con la presencia de países como Rusia, Emiratos o Turquía, grandes potencias o regionales, este proyecto no solo impondría unas nuevas normas del mundo lideradas abiertamente por el trumpismo, empezando por Gaza, sino que supondría la privatización de la ONU.

Israel es el primero que está interesado en la erosión de ese viejo mundo ya que cuenta con palco preferente en la Casa Blanca, que ha ido abandonando decenas de organizaciones internacionales que discutían la posición israelí. A la Organización Mundial de la Salud (OMS), la UNESCO y la UNRWA, hay que añadir organismos de la ONU encargados de los derechos humanos.

El más fuerte y capaz de imponer sus intereses en el mundo no solo podría seguir haciéndolo como ocurría cuando se retorcían las anteriores normas del mundo desde Occidente, sino que además ahora estaría legitimado a hacerlo sin el corsé liberal del discurso de derechos humanos y a cambio de un simple diezmo para Estados Unidos y sus primeros espadas. Por cierto, con Europa congelada por el shock por enésimo año consecutivo, gritando por un mundo que ya no está, pero sin hacer nada al respecto. Así se vuelve a imponer la hegemonía estadounidense. Pero esta vez sin valores compartidos.

* Antropólogo y analista de política internacional. Desde el año 2020 forma parte del equipo de Descifrando la Guerra como coordinador.