Una ola azul que inaugura el postrumpismo
Matìas Caciabue
Las elecciones mostraron que el Partido Demócrata puede ganar con candidaturas muy diferentes entre sí. El proceso estuvo acompañado por una movilización electoral excepcional, impulsada por el descontento económico, la polarización política y el rechazo a diferentes políticas de la administración republicana.
Las elecciones de medio término del 3 de noviembre de 2026 marcaron una derrota de enorme magnitud para Donald Trump y el Partido Republicano. La denominada Ola Azul atravesó el Congreso, alcanzó gobernaciones históricamente conservadoras y abrió una nueva etapa en la disputa por la conducción política de Estados Unidos.
Según estimaciones preliminares, alrededor de 124,3 millones de estadounidenses participaron de las elecciones, equivalentes al 49,42% del electorado habilitado. De confirmarse, sería la segunda participación más alta en unas elecciones de medio término desde 1914. El incremento de 3,3 puntos respecto de 2022 demuestra que el proceso estuvo acompañado por una movilización electoral excepcional, impulsada por el descontento económico, la polarización política y el rechazo a diferentes políticas de la administración republicana.
Los resultados legislativos muestran la magnitud de ese desplazamiento. Con el escrutinio todavía abierto, el Partido Demócrata había asegurado al menos 231 bancas en la Cámara de Representantes, frente a 141 republicanas, superando ampliamente las 218 necesarias para alcanzar la mayoría. En el Senado, los demócratas y sus aliados independientes alcanzaban 54 escaños, frente a 44 republicanos, con dos elecciones todavía pendientes de definición.
Pero el dato más importante, y paradójicamente menos observado, es el resultado de las gobernaciones. De las 36 que se disputaron, los demócratas conquistaron a 4 administraciones hasta entonces republicanas y alcanzaron un mínimo de 27 gobernaciones sobre los 50 estados, frente a 20 republicanas y 3 todavía sin definición. Texas, Georgia, Ohio e Iowa cambiaron de signo político. Probablemente lo hará también Alaska. Todos son territorios que permiten comprender por qué esta elección representa una derrota neoconservadora que trasciende largamente al manejo de Washington, es decir, de la institucionalidad federal.
La economía doméstica explica una parte importante de esta reacción electoral. El aumento de los precios de la energía, las dificultades para acceder a la vivienda, el endeudamiento familiar, la pérdida del poder adquisitivo del salario, y las consecuencias de la política arancelaria golpearon las condiciones de vida de millones de trabajadores. La guerra contra Irán, con un Trump evidentemente arrastrado al conflicto por el lobby sionista, profundizó las contradicciones entre las promesas de Trump de priorizar los problemas estadounidenses y el sostenimiento de una política exterior militarizada.
La renovación de Partido Demócrata qye empujan las urnas
La Ola Azul también puso en movimiento las contradicciones internas del Partido Demócrata. Durante décadas, su conducción estuvo organizada alrededor del núcleo político que podemos identificar con el clan Clinton-Obama, expresión de una orientación demoliberal y globalista profundamente vinculada con Wall Street, Silicon Valley y las grandes estructuras corporativas. Esa conducción conserva el control de buena parte de los aparatos institucionales y partidarios (los «súper delegados»), pero enfrenta una presión creciente desde abajo, particularmente de sectores populares, sindicales, juveniles y de organizaciones que cuestionan el «neoliberalismo progresista», la creciente concentración de la riqueza, el país WASP (racista y esclavista), y la política exterior imperialista.
Las elecciones mostraron que el Partido Demócrata puede ganar con candidaturas muy diferentes entre sí. En Kansas, un estado históricamente conservador, el pastor metodista Adam Hamilton derrotó al senador republicano Roger Marshall y se convirtió en el primer demócrata elegido para el Senado por ese estado desde 1932. Su campaña combinó críticas al encarecimiento de la vida, un rechazo a las divisiones políticas y un discurso moderado orientado a recuperar votantes republicanos.
Texas ofrece una experiencia diferente y de enorme importancia. James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton y conquistó una banca senatorial que el Partido Republicano controlaba desde hacía décadas. Su campaña articuló una identidad religiosa con un discurso económico popular, una crítica a la corrupción y la defensa de los servicios públicos. Al mismo tiempo, Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina elegida para gobernar Texas.
En Michigan, la victoria de Abdul El-Sayed representa una orientación mucho más definida hacia la izquierda. El médico, hijo de inmigrantes egipcios y exdirector de Salud de Detroit, derrotó al republicano Mike Rogers y se convirtió en el primer senador hombre musulmán de la historia estadounidense. Su plataforma incorpora la defensa de un sistema universal de salud, mayores impuestos a las grandes fortunas, la reducción del poder corporativo y una crítica abierta al respaldo militar estadounidense al genocidio palestino. Su victoria adquiere especial relevancia porque previamente había derrotado en las primarias a Haley Stevens, una candidata vinculada con los sectores sionistas del Partido Demócrata.
El estado de Georgia protagonizó otro acontecimiento histórico con la victoria de Keisha Lance Bottoms, la primera mujer negra elegida gobernadora de un estado en la historia del país. La dirigente demócrata fue alcaldesa de Atlanta entre 2018 y 2022, período durante el cual debió enfrentar las masivas movilizaciones que siguieron al asesinato de George Floyd en 2020. En estas elecciones derrotó al multimillonario republicano Rick Jackson, fundador del conglomerado empresarial de servicios sanitarios Jackson Healthcare, quien destinó más de 200 millones de dólares de su fortuna personal a la campaña electoral.
Lance Bottoms reemplazará al gobernador republicano Brian Kemp, quien concluye su segundo mandato, poniendo fin a más de dos décadas de control republicano sobre esa gobernación. Nuevo México, entretanto, incorporó otro acontecimiento histórico con la elección de Deb Haaland como gobernadora. La exsecretaria del Interior durante la administración Biden, se convirtió en la primera mujer indígena elegida para gobernar un estado estadounidense.
Aunque Haaland y Lance Bottoms representan trayectorias más vinculadas a la institucionalidad del Partido Demócrata que al ala izquierda representada por Abdul El-Sayed, sus victorias expresan también la emergencia de nuevas representaciones políticas dentro del partido, particularmente de comunidades históricamente excluidas de los principales espacios de poder.
En ese sentido, una de las novedades más significativas de la elección corresponde al crecimiento de los Socialistas Democráticos de América, conocidos por sus siglas en inglés DSA. La organización consiguió la elección de cinco nuevos representantes a la Cámara, que se suman a Alexandria Ocasio-Cortez y Rashida Tlaib, mientras otras candidaturas permanecían en disputa. Darializa Ávila Chevalier y Claire Valdez en Nueva York, Melat Kiros en Colorado, Donavan McKinney en Michigan y Chris Rabb en Pensilvania forman parte de una nueva generación que plantea abiertamente la necesidad de modificar la orientación demoliberal y globalista del Partido Demócrata.
En este marco, y ante una conducción partidista que todavía no digiere su derrota de 2024, la renovación del Partido Demócrata está siendo empujada por las urnas y por organizaciones sociales que encuentran en las disputas electorales subnacionales una posibilidad de acumulación política, donde el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, es el emergente más visible.
Por supuesto, no existe una identidad programática homogénea entre todas estas figuras emergentes. La moderación de Hamilton, el populismo religioso de Talarico y el abierto antisionismo de El-Sayed o de los nuevos representantes vinculados con la DSA expresan proyectos diferentes, aunque articulados por la necesidad de derrotar al trumpismo.
Sus contradicciones adquirirán, entonces, una importancia creciente en el momento que el Partido Demócrata tenga que transformar su mayoría parlamentaria en una propuesta presidencial concreta. Allí aparecerán nuevamente las tensiones entre los sectores vinculados con la aristocracia financiera y tecnológica, los grandes donantes corporativos y las organizaciones que reclaman una redistribución efectiva de la riqueza.
El pato rengo, o el nacimiento del postrumpismo
En términos de la política estadounidense, Donald Trump se convirtió en un lame duck, un pato rengo. La expresión describe a un mandatario cuyo poder político se encuentra debilitado y cuya capacidad para imponer decisiones enfrenta la restricción de haber perdido el control de ambas Cámaras del Congreso.
La mayoría demócrata en la Cámara de Representantes dispone de herramientas para impulsar investigaciones sobre la administración presidencial y eventualmente iniciar procedimientos de juicio político. El Senado podrá bloquear nominaciones y condicionar decisiones centrales del Ejecutivo. También adquiere relevancia en la Corte Suprema, cuya eventual renovación dependerá de futuras vacantes y de la capacidad presidencial para obtener las confirmaciones senatoriales.
Sin embargo, reducir la derrota republicana a estas dificultades institucionales sería perder de vista su dimensión estratégica. El trumpismo construyó su poder mediante una combinación de liderazgo presidencial, el control del Partido Republicano, el respaldo de la facción neoconservadora del gran capital angloamericano, y un control territorial asentado en poderosos bastiones estadales. Las gobernaciones y las legislaturas estatales tienen un papel fundamental en la administración electoral, la política educativa, sanitaria y de seguridad, las relaciones con Washington y hasta en la formación de cuadros dirigentes. Perder esos espacios significa un serio debilitamiento de las condiciones de reproducción de todo proyecto político.
Texas constituye el ejemplo más importante. Durante décadas fue uno el principal bastión republicano. Su peso económico, energético, demográfico y electoral lo convirtió en un territorio estratégico para la derecha estadounidense. La derrota de Greg Abbott frente a Gina Hinojosa interrumpe esa continuidad y priva al GOP (Great Old Party) del control de una estructura institucional decisiva.
Esta transformación adquiere una importancia estratégica de cara a las elecciones presidenciales de 2028. California, con sus 54 votos en el Colegio Electoral, constituye uno de los principales bastiones del Partido Demócrata, junto con Nueva York y los estados del nordeste estadounidense, particularmente los de Nueva Inglaterra. Texas, en cambio, aporta 40 votos electorales y ha sido históricamente una pieza fundamental de las coaliciones presidenciales republicanas, funcionando como el principal contrapeso territorial y electoral frente al predominio demócrata en California.
En este escenario, el debilitamiento de la hegemonía republicana en Texas podría alterar significativamente la correlación de fuerzas, erosionando uno de los pilares sobre los que el Partido Republicano ha construido sus victorias presidenciales y modificando las condiciones políticas y territoriales de la disputa por la Casa Blanca en 2028.
El postrumpismo es un hecho. El propio Trump no podrá presentarse a una nueva presidencia en 2028, de acuerdo con los límites establecidos por la Constitución. Su proyecto político necesitará construir una continuidad sin su figura al frente de la boleta. La disputa entre JD Vance y Marco Rubio expresa dos posibles orientaciones de esa sucesión. El vicepresidente representa una corriente más vinculada con el “proteccionismo” MAGA, mientras que Rubio se encuentra más próximo a la pulsión intervencionista unilateral permanente de este segundo mandato trumpista. Uno se hizo católico, el otro el sionista más extremo.
Uno es un “producto” de Peter Thiel y la fracción neorreaccionaria de Silicon Valley, el otro es un hijo pródigo de la mafia de Miami. Ambos comparten objetivos generales de primacía estadounidense, pero difieren en los instrumentos y prioridades para alcanzarla.
La derrota electoral profundiza las contradicciones internas del trumpismo. El propio vicepresidente JD Vance reconoció públicamente que el problema central del oficialismo no fue la falta de participación de sus bases, sino que una parte de quienes habían votado por Trump en 2024 optaron por los demócratas en 2026. En una extensa publicación en X, Vance recuperó los resultados de un sondeo que identificaba cuatro demandas principales entre los electores que abandonaron al Partido Republicano. “1) Terminar la guerra, 2) concentrarse en el costo de vida y la inflación, 3) poner a Estados Unidos primero y 4) cambiar nuestra relación con Israel”. Su conclusión fue categórica. “La razón por la que perdimos es la guerra. El propio presidente lo dijo anoche” (JD Vance, 4/11/2026).
Estas declaraciones dejan al descubierto la fractura en un oficialismo donde conviven corrientes que cuestionan los costos de las intervenciones militares, sectores conservadores y cristianos profundamente alineados con Israel, y empresarios tecnológicos vinculados con las nuevas formas de acumular capital y de hacer la guerra. Durante años, la autoridad personal de Trump permitió articular estos intereses contradictorios bajo una identidad política común, pero su debilitamiento electoral, sumado a la disputa por su sucesión en 2028, abre interrogantes sobre la capacidad del trumpismo de pensarse más allá de Trump.
En consecuencia, las elecciones de 2026 pueden interpretarse como el inicio político del postrumpismo. Esto no implica la desaparición del MAGA ni el agotamiento automático de la extrema derecha estadounidense. El trumpismo conserva millones de votantes, una estructura partidaria nacional y vínculos con sectores muy poderosos de la economía. Pero comienza una etapa en la que sus distintas fracciones deberán disputar la conducción, reconstruir poder territorial y recuperar la iniciativa. La pérdida de ambas cámaras y de gobernaciones anticipa una lucha por la sucesión que atravesará los próximos dos años.
Sobre las contradicciones en el seno del imperio
Para América Latina y el Caribe, la interpretación de estos resultados exige evitar cualquier lectura lineal. Una derrota estratégica de la extrema derecha estadounidense constituye un acontecimiento relevante para las fuerzas populares, pero no determina automáticamente una victoria del campo propio. La historia latinoamericana demuestra que los cambios de administración en Washington pueden modificar los instrumentos, los discursos y las prioridades de la política exterior estadounidense sin alterar necesariamente los intereses imperialistas que orientan su proyección de poder en la región y el mundo.
La Ola Azul debe interpretarse, por lo tanto, como un intersticio en el que se profundizan las contradicciones dentro del bloque de poder estadounidense. El Partido Demócrata y el Partido Republicano representan coaliciones políticas diferentes, atravesadas por disputas económicas, culturales y territoriales. Sin embargo, ambos partidos tienen lazos orgánicos a los intereses de la aristocracia financiera y tecnológica. Los grandes fondos de inversión, las plataformas digitales, y las industrias vinculadas con la defensa intervienen sobre ambos partidos mediante financiamiento, relaciones institucionales y planes estratégicos.
En este escenario, el repliegue estratégico estadounidense hacia América Latina y el Caribe constituye una tendencia que debemos observar con especial atención y que va más allá de los enunciados partidistas. La pérdida relativa de posiciones frente a Beijing impulsa a Washington a fortalecer su capacidad de intervención sobre lo que históricamente considera su “patio trasero”.
Aunque las administraciones demócratas y republicanas recurren a instrumentos diferentes, esta orientación estratégica trasciende a las voluntades político-partidarias. Ambos partidos han desplegado políticas destinadas a contener el ascenso de China y preservar la primacía estadounidense en el sistema internacional. Una Casa Blanca debilitada puede encontrar mayores obstáculos políticos e institucionales para imponer determinadas iniciativas, pero ello no modifica los objetivos estructurales de su política exterior. En un escenario de creciente disputa por la hegemonía mundial, el control político, económico, territorial y militar de América Latina continúa siendo una prioridad estratégica para Washington, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca.
*Politólogo y docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Fue secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional.