El proyecto de Keiko Fujimori: Del vacío de programa al zarpazo autoritario
Linda Lema Tucker
Ante la incapacidad para convencer mediante propuestas, la estrategia se ha volcado hacia el endurecimiento autoritario. La constante tentación de responder a los problemas de seguridad sacando a las Fuerzas Armadas a las calles ha encendido las alarmas en diversos sectores.
Durante años, la retórica del fujimorismo construyó la imagen de una fuerza política sólida y preparada para asumir las riendas del país. Sin embargo, el ejercicio del poder efectivo ejercido desde las sombras desde el 2016 ha terminado por desnudarla por completo. Hoy presenciamos la figura de una Keiko Fujimori incapaz de afrontar las circunstancias, desprovista de inteligencia y visión estratégica, y caracterizada por una frivolidad y una frialdad humana que la distancian de manera irreparable de la mujer peruana que lucha día a día por un país transparente, pacífico y justo.
Sin programa de país: Alianzas del pasado y giros geopolíticos

Tras más de dos décadas dando vueltas alrededor del poder sin consolidar una propuesta de desarrollo real, el proyecto fujimorista muestra sus costuras. Al verse desprovista de una propuesta técnica y de desarrollo para el país capaz de generar igualdad o resolver las urgencias del territorio —mientras los incendios forestales devoran comunidades ante la total inacción estatal—, la respuesta ha sido refugiarse en viejas prácticas y viejos cuadros. Con la compañía de habituadas figuras del fujimorismo noventero y del aprismo tradicional, se ha optado por la improvisación.
En ese vacío de ideas y de programa político se enmarca la decisión de alinear al Perú con agendas extremas en América Latina y buscar cobijo bajo la administración de Donald Trump, proponiendo la adscripción del país a iniciativas como el «Escudo de las Américas» sin consulta previa ni debate nacional. Esta búsqueda de legitimidad internacional no es más que un intento de maquillar la falta de proyecto interno.
Militarizar para acallar: La amenaza autoritaria
Ante la incapacidad para convencer mediante propuestas, la estrategia se ha volcado hacia el endurecimiento autoritario. La constante tentación de responder a los problemas de seguridad sacando a las Fuerzas Armadas a las calles ha encendido las alarmas en diversos sectores. Incluso voces del propio espectro conservador, como el periodista Jaime Bayly, le han advertido explícitamente a Keiko Fujimori sobre el peligro de militarizar la democracia al estilo del régimen de su padre.
A esta deriva se suma un desprecio sistemático hacia el debate político y la labor de fiscalización. Calificar las críticas de la oposición o de la ciudadanía como simposios de “perros que ladran” demuestra un desconocimiento básico de la vida republicana: a los representantes se les elige para cuestionar y hacer contrapeso, no para rendir pleitesía. Si se le teme a la fiscalización, el camino democrático es el debate con argumentos, no la descalificación ni el despliegue de la fuerza.
Métodos de corte fascista: Espectáculo mediático y persecución a la oposición
Esta dinámica autoritaria se sostiene sobre un Parlamento sumido —en algunos sectores— en una parálisis colaboracionista que el fujimorismo instrumentaliza a su favor. Para desviar la atención de los problemas estructurales, la bancada oficialista monta espectáculos mediáticos diseñados para alimentar la narrativa falsa de un “obstruccionismo” parlamentario que debe ser contrarrestado a toda costa.
Un ejemplo claro de este libreto se vivió el pasado sábado 10 de octubre, cuando la parlamentaria Ruth Luque encaró directamente al ministro César Astudillo exigiendo una reforma integral de la Policía Nacional. La reacción del ministro —respondiendo por encima del uso de la palabra de la congresista— provocó que el parlamentario Iber Maraví interviniera exigiendo respeto a la legisladora. Lo que debió ser un llamado al orden derivó en una gresca cuando ministros y parlamentarios aliados del fujimorismo, actuando desde una supuesta superioridad, increparon físicamente a la oposición, incluyendo el episodio en que Calisto Giampietri, con total descaro, “pechó” a Maraví.
Lejos de asumir responsabilidades por los desmanes, la respuesta fujimorista apeló a la puesta en escena más genuina del fascismo: el 11 de octubre, emitiendo un mensaje oficial vistiendo prendas tácticas militares, portando un kepí y flanqueada por efectivos de élite fuertemente armados y con los rostros cubiertos con pasamontañas. En ese montaje de amedrentamiento y chantaje ideológico se proclamó que «es momento de dejar claro de qué lado estamos: de la violencia o de la paz; de los agresores o de las víctimas; del Movadef y Sendero Luminoso o de nuestras Fuerzas Armadas y de Chavín de Huántar».
Con esta puesta en escena, más que un intento de polarizar, lo que diversos analistas y medios independientes señalan es que se busca victimizar al Ejecutivo y culpar al Parlamento de la ineficiencia propia, construyendo el pretexto idóneo para provocar un entrampamiento y sentar las bases que justifiquen una eventual disolución de la Cámara de Diputados.
Esta narrativa de victimización busca ahora llevar al congresista Maraví a la Comisión de Ética. Este tipo de maniobras evidencia el objetivo de amedrentar a la oposición y preparar el terreno para un eventual zarpazo autoritario, al estilo de los años noventa, donde la discrepancia política se castiga y la institucionalidad se sustituye por la fuerza. Lo cierto es que la crisis actual nace de la ausencia de un programa de gobierno real: un vacío que el fujimorismo pretende compensar con discursos militaristas, narrativas de persecución y el amedrentamiento de las voces críticas en el Congreso.
Conclusión
Keiko Fujimori representa la versión de la mujer más fría, torpe y calculadora del ejercicio político, muy lejos de la dignidad, la empatía y la resiliencia que caracterizan a las mujeres del Perú. Ante el intento de imponer el relato del atropello, silenciar a las fuerzas opositoras en el Congreso e imponer la fuerza militar, a la ciudadanía y a las fuerzas democráticas les corresponde mantenerse vigilantes y seguir bregando por el rescate de la república.
*Escritora, socióloga e investigadora, directora del Centro de Estudios Históricos «Manuela Sáenz»