El fraude sobrevuela las elecciones estadounidenses
David Brooks
Más aún, la elección se realiza con los opositores del régimen calificados como enemigos del país al llamarlos “comunistas” (lo del socialismo no funcionó tanto) o “terroristas” que podrían “traicionar” o poner en peligro a esta república.

Así está la cosa una semana antes de la elección intermedia, con lo cual se puede concluir que, usando ese siempre dudoso autoelogio oficial, este “faro de la democracia” se está fundiendo. No sucedió de repente, se ha ido opacando durante años, incluso sufrió algo sin precedentes en 2020, cuando hubo un intento de autogolpe de Estado por la misma persona que ahora está interfiriendo y amenazando con anular partes de esta elección intermedia. O sea, ha demostrado que es capaz de cualquier cosa.
Las maniobras para interferir y preparar la anulación de resultados en algunas de las contiendas empezó desde hace meses, con la Casa Blanca y sus aliados sembrando dudas sobre la legitimidad e integridad del proceso electoral, promoviendo la afirmación falsa de que hay un voto masivo de inmigrantes ilegales que se han empadronado o que se está preparando un fraude. El Departamento de Justicia emitió una demanda para que las autoridades estatales de California permitieran que agentes federales revisen el padrón estatal, mientras emitió otra para Alaska por Mary Peltola, buscando anular el resultado si gana la candidata demócrata al Senado. Este tipo de maniobras se intensificarán en esta última semana y, si los demócratas ganan demasiado, continuarán después del 3 de noviembre si los resultados no favorecen a los republicanos.
Algunos tampoco descartan que el Ejecutivo pueda declarar un estado de emergencia o invocar la antigua Ley de Insurrección para desplegar tropas con el fin de suprimir protestas y confiscar urnas. “Podría usarla. Mucha gente piensa que debería usarla a veces”, comentó recientemente el propio presidente a principios de octubre en una entrevista con la revista Time.
Ante eso, hay preparativos en algunos estados para frenar la intervención del Ejecutivo, incluyendo organización de voluntarios –religiosos, activistas políticos, estudiantes y más– para vigilar casillas y buscar cómo responder a las intimidaciones del voto, sobre todo en distritos que se oponen.
Pero el otro elemento corrosivo de este faro es el dinero privado en su proceso electoral. Esta elección intermedia podría ser la más cara de la historia, donde ya se han gastado 11.8 mil millones de dólares. El presidente literalmente anunció al electorado que le gustaría comprar el voto y prometió que si los republicanos mantienen su actual control por mayoría de ambas cámaras, él entregara 5 mil dólares a cada ciudadano adulto. El hombre más rico del mundo, Elon Musk, ya ha gastado más de 445 millones de dólares en busca de mantener al Congreso bajo control de los republicanos. En un país donde esencialmente no hay límites sobre qué tanto dinero puede donar un rico o una empresa, queda claro que ese principio democrático básico de que cada voto cuenta es frecuentemente superado por la realidad de que el dinero cuenta más.
Críticos y observadores de esta coyuntura política repiten incesantemente que “esto no es normal” y que en esta elección la democracia misma está en juego, o sea, es un momento existencial para este faro. Por lo tanto, todo dependerá de qué tan grande será el voto en repudio a esta amenaza y en defensa a los supuestos principios de esta democracia.
*Periodista estadounidense, corresponsal de La Jornada de México en Estados Unidos