Argentina: la crisis, los monstruos y un desafío pendiente, la justicia social

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Juan Guahán

Tras las elecciones presidenciales, los argentinos volvieron a lo cotidiano, a recrear y reproducir la vida, a hacer realidad la esperanza que anida en nuestros corazones. Es el momento justo para hablar de dos palabras que fueron desempolvadas del archivo que las mantenía en el olvido. Se trata de la justicia social. Ellas son como el telón de fondo de un escenario por el que desfilaron personajes de todo tipo.

Para unos, son palabras viejas ya agotadas que -de tanto pronunciarse y pocas veces realizarse- van perdiendo fuerza y quedando en el olvido. Como un signo de sueños pasados, de ilusiones perdidas, de recuerdos maltrechos. En cambio, otros -sacándolas de ese olvido- las han traído a la realidad contemporánea. Para los primeros, ante la dura realidad presente, son el recuerdo de un tiempo que “ya fue”. Entonces… mejor no recordarlas o darles otra significación. Otros, en cambio -temerosos que sean revividas- procuran que las nuevas generaciones las entierren definitivamente.20 de febrero: Día Mundial de la Justicia Social

Pero ellas, como testigos indeseables, están ahí. Vieron desfilar diversas corrientes que las enaltecieron. Pero también asistieron a sus frustraciones, pero nunca dejaron de estar –aunque ocultas- en los sueños y esperanzas colectivos. Ahora se las trae al escenario de la historia actual, tratando de colocarlas en el pedestal de un rechazo generalizado, como algo aberrante y responsable de la actual crisis, pero ¿porqué? Porque el sistema tiene miedo, carece de respuestas y la “Justicia Social” es eso: Ella contiene respuestas a varios aspectos de dramas actuales y constituye una renovada esperanza de la humanidad.

 ¿Qué es la justicia social y de dónde viene? 

 No es fácil definir lo que es la Justicia Social, es más fácil hacerlo si preguntamos por su opuesto: La “injusticia social”, ante la cual todos nos conmovemos. La justicia social es como un sistema cuya tendencia es hacia la igualdad, de ese modo es lo más sencillo de entender. Es cuando un determinado sistema de organización social empuja hacia esa igualdad, con las obligaciones de respeto por el otro y con una perspectiva de la naturaleza que no es de dominación, de explotación -hasta el agotamiento- de los bienes que contiene, sino de equilibrio con la misma. Lo que muchos de nuestros pueblos originarios denominaron como la idea del ¡buen vivir! o saber vivir en el mundo, con un modelo desarrollo alternativo.

Justicia social es progresoCuando el viejo Estado Liberal, que ponía el eje en los derechos y libertades individuales, empezó a entrar en crisis aparecieron las ideas del Estado Social y los tiempos del Constitucionalismo Social, con la incorporación de los llamados derechos sociales, que llegan hasta nuestros días y que ahora están siendo cuestionadas, en nuestro país y el mundo. Nuestra Constitución de 1853, que sigue vigente, responde a la vieja lógica del Estado Liberal.

Ya en el siglo XX, ese Constitucionalismo Social aparece en 1917 con la –después traicionada- Revolución Mejicana. En 1931, el Papa Pío XI la incorpora en su Encíclica Quadragesimo anno. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, fue asimilada a lo que se conoció como el “Estado de Bienestar”. La Constitución peronista de 1949, derogada después del golpe militar de 1955, respondió a la misma lógica y reivindica a Justicia Social como el principio rector de su doctrina. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), la utiliza reiteradamente desde el año 1960 y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) encabezó el pedido de su incorporación en la Declaración sobre Progreso y Desarrollo Social, hecha por la ONU en el año 1969. En Cuba, desde la Constitución de 1976, forma parte de su Ley Magna.

Por lo demás, recientes declaraciones políticas, en medio del proceso electoral de nuestro país y acciones de organismos internacionales la traen –de distintas orientaciones- al escenario de la actualidad.

Hubo declaraciones que la calificaron de “aberrante”. La mayoría de las mismas reconoce la paternidad del ultra liberal Friedrich von Hayek, de la Escuela Austríaca de Economía, que rechazó esa idea porque la considera inviable y porque en el intento de alcanzarla, se destruiría toda libertad.

Las ideas de la Justicia Social se constituyeron en un pensamiento apoyado en la necesidad de cambios profundos de tipo revolucionario, pero que fue derivando hacia posiciones más moderadas de tipo social demócrata, con cambios que deberían darse dentro del marco del sistema imperante. Así fue como la mayor parte de los países fueron adoptando esos valores, en la actualidad hay 187 países que -dentro de la OIT- reconocen a la Justicia Social como una aspiración propia.El Consejo de Administración de la OIT aprueba la coalición mundial por la justicia social. Nov. 2023 – Fundación Electra

En estos días y en una nueva edición del Consejo de Administración de la OIT aprobó en su última reunión (octubre-noviembre 2023) la propuesta para establecer una “Coalición Mundial para la Justicia Social”. Tal Coalición pretende incorporar el valor de la justicia social a la agenda multilateral: La Cumbre del Futuro de las Naciones Unidas de 2024 y en la Cumbre Social Mundial de las Naciones Unidas propuesta para 2025. De esa manera la Justicia Social, pasó a ser apadrinada por los grandes poderes mundiales, con esa perspectiva ella sería considerada –por estos sectores- como una relación entre verdugos y víctimas.

 Sus dificultades para ser realidad

Esta convocatoria de la OIT sintetiza -en buena medida- lo que viene pasando con la mayoría de las reivindicaciones de la Justicia Social.

En esta realidad tan injusta y desigual que nos rodea, donde lo que más avanza es la concentración económica en pocas manos, da la impresión que conceptos como la Justicia Social no solo no se realizan, sino que la dirección o el rumbo por el que marchan es exactamente inverso. En esta compleja situación se resume lo que hoy se debate cuando hablamos de Justicia Social.

Tanto las propuestas como las que formula la OIT, pretendiendo un “diálogo” que achique las diferencias, como la de aquellos economistas que dejan sin futuro a la reivindicación de la Justicia Social, están guiadas por una razón muy semejante: El miedo, el temor al futuro.

Son dos formas distintas, aunque concurrentes, de abordar el problema o la crisis actual. Desde ambos extremos comprenden que la situación está llegando a puntos límite. Todos -en su fuero íntimo- saben que, la continuidad de las actuales condiciones, remiten a enfrenamientos cuyo destino final es incierto.  Estas confrontaciones son locales, regionales y globales, ellas dan lugar a lo que el Papa Bergoglio ha denominado, desde hace tiempo, como “tercera guerra mundial en cuotas y ahora se están pagando unas cuantas cuotas de esa guerra”

En ambas ideas se evita mirar de frente el problema real. Estamos ante un modelo social donde su eje está en la velocidad de acumulación de las ganancias, no en la dignidad y felicidad de las personas. Quienes califican de “aberrante” a la Justicia Social, tienen miedo. Sabedores de la profundidad de la crisis que estamos transitando se ofrecen como una alternativa a la misma. Por eso, las corrientes ultra liberales identificadas con los gigantes del mundo financiero mundial aceleran sus avances exhiben un obsceno negacionismo del pasado dictatorial.

Temen que los valores que contiene el concepto de Justicia Social termine superando los límites que le oponen los múltiples tentáculos del sistema y tengan la fortaleza para constituirse en lo que debería ser la hoja de ruta, el camino que nuestras sociedades puedan recorrer para alcanzar la autonomía que acabe con la racionalidad capitalista. La misma que aún no se logra identificar masivamente como la causa que desvía las mejores intenciones de cambiar la realidad.

Por último, están quienes creen que la grave situación que atravesamos se puede curar con aspirinas. Por ello impulsan medidas moderadas que terminan derivando en rumbos inconducentes, su guía está en sintonía con aquello de “cambiar algo para que nada cambie”. Por eso siguen alimentando las esperanzas de una cierta “armonización y cooperación de intereses contrapuestos”. Desde esa óptica esterilizan toda pretensión de cambios efectivos, tolerando solo aquellos cambios que no avancen en el cuestionamiento a las concepciones del sistema dominante.

 

*Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

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