Negociaciones en Venezuela, sin luz al final del túnel

Marcos Salgado |

La conferencia connotaba en principio el entierro ya definitivo del grupo de Lima, aquella entente de gobiernos de derecha de la región alineados con la estrategia de Donald Trump para derrocar a Nicolás Maduro. El encuentro en Bogotá era en cambio la aparición en escena de nuevos actores, que pusieran las cosas en un lugar realista, a tono con la realidad regional.

De allí surge la fórmula que plantea el presidente Gustavo Petro: para avanzar en la situación en Venezuela se debe acordar un cronograma electoral con garantías y por otro lado, se debe terminar con las llamadas sanciones contra la economía, el comercio y las finanzas venezolanas. Un planteo sencillo, pero de difícil resolución.

Para ver el lado medio lleno del vaso, hay que remarcar que la conferencia dejó claro que el tema de las sanciones debe estar sobre la mesa. No se puede avanzar en un acuerdo interno si no se hay un desescalamiento de las sanciones. No son dos temas separados. Nunca lo fueron, en rigor, porque las medidas coercitivas unilaterales impulsadas por la Casa Blanca siempre estuvieron pensadas -y siempre se dijo públicamente- que eran para ahogar al gobierno venezolano.

Petro y Maduro en la línea fronteriza. (Presidencia de Venezuela)

Que el tema haya estado presente en la exigua declaración final de la conferencia de Bogotá es tal vez el mayor logro del encuentro. En cierta forma avala al gobierno de Nicolás Maduro en cuanto al levantamiento de la sanciones como condición para avanzar en un acuerdo es lógica, y ahora está respaldada, en cierta manera, por la docena de países que participaron de la conferencia de Bogotá.

El lado medio vacío del vaso, es que no parece haber voluntad para el relajamiento de las sanciones. Al revés, las señales que el gobierno de los Estados Unidos envía -al menos las públicas ¿habrá otras?- van en el sentido contrario. Por ahora, solo se relajaron algunas medidas para beneficiar los intereses de empresas estadunidenses, especialmente para permitir la operación de Chevron en Venezuela.

Esto beneficia al Estado venezolano, pero el alcance es muy limitado teniendo en cuenta los centenares de medidas coercitivas unilaterales vigentes y su afectación diversa y extendida.

Además, ese relajamiento ocurre en paralelo a otros hechos que no pueden calificarse de menos que de provocación política, como el pedido de embargo definitivo del avión de EMTRASUR que lleva casi un año varado en Buenos Aires y sobre el que la justicia argentina tuvo que admitir que no pesa ya ni la sospecha de que haya sido utilizado para algún tipo de delito.

También está la declaración de la OFAC que favorece la liquidación de CITGO, la enorme empresa petrolera venezolana en suelo venezolano. Otra provocación política, que además conlleva un enorme perjuicio económico para el Estado venezolano, que no se compensa ni de cerca con las regalías (indirectas, además) de la operación de Chevron en el Lago de Maracaibo.

Es difícil creer que se pueda negociar mientras se consuma el robo de CITGO. Y aquí cabe preguntarse si realmente el gobierno de Nicolás Maduro necesita negociar en el corto plazo. No parece.

El gobierno de Venezuela no está en una situación de debilidad. Tiene socios internacionales por fuera de los “permitidos” por Estados Unidos, como China y Rusia, nada más y menos, y también Irán y otros. El canciller ruso Sergei Lavrov visitó Caracas a fines de abril, y la semana pasada el presidente Maduro recibió a una delegación de primer nivel del Partido Comunista de China.

Nicolás Maduro con Sergei Lavrov, en Caracas. (Xinhua)

Además, y muy importante, el gobierno venezolano no tiene un frente opositor a lo interno que sea de cuidado. Los reclamos de aumento de salarios motorizados por algunos sectores sindicales están desvinculados de la alicaída dirección partidaria opositora, y nadie parece poder encausarlos.

Así, con el juego trabado y sin luz al final del túnel horizonte, solo se adivinan dos hechos: las elecciones en Venezuela para 2024 que hasta ahora tienen un solo candidato claro, Nicolás Maduro, y las elecciones en Estados Unidos, también para 2024, que podrían llevar nuevamente a la Casa Blanca al propulsor de la fracasada aventura en pos de la caía del gobierno venezolano, Donald Trump.

Esto abre muchísimas variables. La primera es hasta dónde estará dispuesto el gobierno de Biden -que va por la reelección- a avanzar en un algún tipo de desescalamiento del conflicto, necesitado como está de los votos de Florida, cuartel general del anacrónico repudio al presidente Maduro.

Una cosa está clara: la salida al conflicto interno venezolano no se resuelve puertas adentro, sino en la arena internacional. Básicamente entre Caracas y Washington, que siguen sin tener relaciones diplomáticas ni canales formales de diálogo. Complicado.

*Periodista argentino del equipo fundacional de Telesur. Corresponsal de HispanTV en Venezuela, editor de Questiondigital.com. Analista asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

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