EEUU. y el ascenso de China y Ucrania como teatro de operaciones de la disputa global

Paula Giménez

La relación entre el dragón chino y el águila norteamericana ha sido, durante años, sinérgica. Más allá de las evidentes diferencias en sus modelos sociales y políticos, en el ámbito comercial su relación e interpenetración ha ido creciendo exponencialmente. En 2001, año de ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC), los intercambios (exportaciones e importaciones) entre ambos países era de U$S 121.500 millones, mientras que en 2018 ese número ya había superado los U$S 660.000 millones. Ese incremento, de más del 400%, declinó en parte con la gestión de Donald Trump, y en 2020 se registró una caída de las importaciones del 13% y en las exportaciones un 8,2%.

Sin embargo, las relaciones entre ambos países se fueron deteriorando a partir del lanzamiento de la “Doctrina Obama”, también conocida como “Giro Estratégico”. El 17 de noviembre de 2011, mientras se encontraba en Australia, el por entonces titular de la Casa Blanca anunció que “como presidente he tomado una decisión Trump vs. Obama: Who has the better record on the economy? - Los Angeles  Timesdeliberada y estratégica. Como nación del Pacífico, Estados Unidos desempeñará un papel más amplio y a largo plazo en la conformación de esta región y su futuro”.

Con la llegada de Trump a la Presidencia norteamericana, las tensiones se agudizaron y el conflicto tomó una escala planetaria. El programa trumpista, conocido como “American First”, puso en tensión las relaciones entre ambos países, como así también los marcos de acuerdo multilaterales. Podemos decir, literalmente, que Trump pateó el tablero global. Los “nacionalismos” empezaron a ser una amenaza mundial, lo que llevó a la élite norteamericana -al llamado “Estado profundo”- a alinear a los dos proyectos estratégicos e históricos.

Nos referimos a la evidente articulación de los cuadros neoconservadores más tradicionales, históricamente representados en el clan Bush, con los globalistas, de la mano de Clinton y Obama, para poner fin al ciclo trumpista con Joe Biden como presidente.

Mientras el mundo observaba atónito las tensiones en el seno del imperialismo, se desarrollaba un nuevo mundo: la humanidad comenzaba a ingresar a una nueva fase del capitalismo, bajo la denominada “cuarta revolución industrial”.

Con la caída de Trump, parecía que con Biden se marcharía a un mundo con tensiones, pero con grandes acuerdos generales. Pero las apariencias engañan, y el proyecto de Biden pareciera ser una especie de “Global First”. Desde su asunción, Biden profundizó las medidas de Trump sobre China, e intentó ordenar al mundo entero en su batalla contra el dragón asiático, convocando a sus aliados históricos del G7, ordenados en la conducción angloamericana a través de la alianza política y militar del AUKUS (Australia, Reino Unido y EEUU).

En diciembre pasado, desde Indonesia, el Secretario de Estado norteamericano Antony Blinken dijo que la administración de Joe Biden adoptará “todos los instrumentos” disponibles, incluyendo la diplomacia, las fuerzas armadas y la inteligencia para apoyar a sus aliados y socios. A su vez Biden, en el discurso de la OTAN, declaró que “va a haber un nuevo orden mundial y tenemos que liderarlo”.

Los halcones y las palomas, detrás del águila americana, no dimensionaron a tiempo que, al llevar sus inversiones a Eurasia, despertaron al dragón dormido.

Es la República Popular de China, estúpido

 

China, según expresó su presidente Xi Jinping, se plantea el objetivo de fortalecer la gobernanza global, el desarrollo impulsado por la innovación, y un avance en la construcción de una comunidad con un futuro compartido para la humanidad. El actual embajador argentino en China, Sabino Vaca Narvaja, en un artículo del libro “Más allá de los monstruos”, expresa que el Partido Comunista Chino plantea la nueva era con un socialismo con características chinas. El “sueño chino”, al que se refiere Xi Jinping, tiene que ver con la búsqueda por restituir al país a su posición en el centro del mundo, como lo fue hasta 1850.

Para lograr este objetivo, sin abandonar la causa del socialismo, China implementó una batería de medidas con objetivos muy concretos, como mejorar la calidad de vida de los habitantes del país, sostener el crecimiento económico de forma moderada y tender a una mejor distribución del ingreso. Este “sueño chino” se traduce en tres fechas-objetivos: los dos centenarios, uno de la creación del Partido Comunista Chino en 2021, y el otro el Desarrollo de Chinacentenario de la creación de la República Popular China en 2049, sumados al programa “Made in China 2025”. Una meta es erradicar la pobreza extrema por completo y, para el centenario de la República Popular, la meta buscada es ser un país socialista moderno, desarrollado, fuerte y armonioso.

China en números es extraordinaria. Entre 1980 y 2021, el gigante asiático incrementó en casi 49 veces el valor del PBI, hasta alcanzar los U$S 18,46 billones, mientras los Estados Unidos apenas lo multiplicó  7 veces, superando ahora los U$S 24,79 billones de dólares, según datos del FMI. Es decir, China ya tiene un Producto Bruto Interno (nominal) equivalente al de la Unión Europea, con una relación de primacía comercial con dos tercios de los países del globo, un crecimiento sostenido por encima de la media mundial, incorporando alrededor de 500 millones de ciudadanos al sector medio, con ingresos promedio comparables a los de EEUU.

El desarrollo chino se puede explicar en la relación campo-ciudad, donde en el año 1950 era del 20% urbano y 80% rural, algo que se invirtió, en los mismos valores, en el año 2021. Su comercio se explica por la cuarta revolución industrial, de la mano de la digitalización de la economía, superando el 40% del PBI con un sostenido crecimiento de más del 10% en promedio.

En el sector energético, estratégico para el desarrollo del dragón, se ha propuesto alcanzar el pico máximo de las emisiones de CO2 antes del 2030 y lograr la neutralidad del carbono para el año 2060. Para lograr la descarbonización de su economía, China se compromete a incentivar el desarrollo de nuevas tecnologías e instrumentos de financiación verde en los próximos cinco años. Esto explica la relación Rusia-Irán-China, ya que la conversión es en base al reemplazo del carbón por el gas. De ahí los acuerdos estratégicos firmados con Rusia e Irán. China saltó en escala y tiene un plan para el mundo. 

El G2: Proyectos estratégicos en disputa

 

En la estructura económica, en el estado global profundo, el mundo de hoy se explica bajo dos grandes proyectos estratégicos, dos alianzas que se encuentran en una lucha decisiva, que tiene varias dimensiones, pero que centralmente refiere a la pugna por la apropiación de las riquezas social y mundialmente producidas. Esta lucha, por supuesto, cuenta con una dimensión cultural, es decir, los anteojos de cómo los ciudadanos observamos el mundo.

Esta disputa, que denominamos el G2, de dos grandes proyectos financieros y tecnológicos-digitales, está conformada por dos polos: China-Huawei-BAT, de un lado, y los Estados Unidos-GAFAM, del otro.

Mientras en términos superestructurales la República Popular de China logra encolumnar a las fuerzas estatales-nacionales de Rusia, Irán y la Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), por el lado económico Huawei articula a los capitales digitales y financieros “orientales”, como son ICBC, Tencent, Alibaba, Baidu, etc, con asiento en Shanghai, Shenzhen y Hong Kong.

En ese marco, el año pasado Xi tomó la iniciativa de crear un tercer mercado bursátil en el continente, detrás de Shanghai y Shenzhen, con la intención de captar un financiamiento que les permita multiplicar las empresas “hightech” chinas, aumentado la competencia entre las gigantes tecnológicas y profundizando el desarrollo de la economía digital. Tal acción se realizó con el único objetivo de promover el nacimiento de entre 50 y 200 mil Huawei AppGallery: cómo acceder a descuentos y premios exclusivos desde  cualquier Android - Cultura Geek“Startups” en el corto plazo, con una bolsa que funcionaría como el Nasdaq norteamericano, sólo que recortado al sector de las pequeñas y medianas compañías de altas tecnologías.

El segundo polo es el articulado por Estados Unidos, donde se encolumnan los Estados que integran el G7 y el AUKUS, intentando sumar a India. Las tecnológicas se encuentran hegemonizadas por el sistema GAFAM (Google, Amazon, Facebook-Meta, Apple, Microsoft), con preeminencia de Amazon, y se articulan en torno Silicon Valley y Wall Street, donde BlackRock, State Street y Vanguard, los tres grandes Fondos Financieros de Inversión Global (FFIG), logran direccionar los grandes flujos de inversiones.

El despliegue económico y tecnológico chino se asocia a la “Ruta de la Seda”, Belt and Road Initiative – BRI, fundamentalmente como ruta energética y comercial, por un lado, y como “Ruta de la Seda Digital”, por el otro. Del lado norteamericano, el despliegue económico mundial construyó la dos iniciativas recientes: la “Red de Puntos Azules”, Blue Dot Network – BDN, y la iniciativa “B3W” o “Build Back Better for the World” (es decir, reconstruir mejor para el mundo), lanzada en el marco del G7 el pasado mes de junio.

Esta última, es un plan de infraestructuras dirigido a naciones de Latinoamérica, el Caribe, África y el Indopacífico. Se interpreta como una respuesta al proyecto económico de la Ruta de la Seda del gobierno chino de Xi Jinping. A esto se suma el proyecto lanzado en la cumbre de la OTAN, también en junio de 2021, donde se propuso un nuevo centro de innovación tecnológica que reúna al personal militar con la industria para fomentar la creación de empresas digitales de defensa. Son estas dos grandes fuerzas estatales, energéticas, tecnológicas y financieras las que se disputan al continente Europeo. Esta es la situación que explica el conflicto de Rusia con Ucrania, apenas un “teatro de operaciones” en la guerra del G2.

Algunos hechos para comprender las jugadas en la guerra del G2 

China's Xi, Merkel and Macron hold talks amid tensions | Daily SabahEl 10 de enero de 2021, el gobierno de China y la Unión Europea firmaron un acuerdo de comercio bilateral. El 6 de julio, Angela Merkel, canciller alemana, Emmanuel Macron, presidente francés, y Xi Jinping, presidente de China, mantuvieron una reunión donde trataron el tema de un acuerdo de inversión entre la Unión Europea y China, denominado Acuerdo General sobre Inversiones (ACI). Angela Merkel, por entonces canciller alemana, afirmó que esperaba que se aprobara “lo antes posible”. Emmanuel Macron, por su parte, dijo que apoyaba “la conclusión del acuerdo de inversión entre la UE y China”.

En septiembre del 2021, en contrapartida al ACI, Úrsula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, anunció la denominada “Puerta Global”, que implica intensificar el gasto internacional en infraestructuras y otros proyectos, ya que busca rivalizar con la influencia económica y política que Pekín ha ganado a través de su “Ruta de la Seda”. Von Der Leyen afirmó: “Trabajaremos juntos para profundizar en los vínculos comerciales, reforzar las cadenas de suministro globales y desarrollar nuevos proyectos de inversión en tecnologías verdes y digitales”.

Otro de los elementos centrales, y que hemos denominado como el “hecho maldito” de la guerra en Ucrania, es la culminación del gasoducto Nord Stream II, que va desde Rusia por el Mar Báltico hasta Europa Occidental, que sólo aguarda las certificaciones alemanas. Este hecho profundizaría las relaciones entre Alemania y Rusia, situación que Estados Unidos no está dispuesto a tolerar. Tras la invasión rusa a Ucrania, Alemania suspendió la certificación.

En tal sentido, hubo un hecho que pasó desapercibido antes del inicio del conflicto en Ucrania. El pasado mes de enero, un mes antes de la avanzada de Rusia sobre territorio ucraniano, hubo una curiosa cumbre energética entre Bruselas y Washington, donde se celebraron compromisos de cooperación energética para garantizar la “seguridad de suministro” hacia Europa, algo extraño con el gasoducto ruso-germano ya finalizado.

El 4 de junio del 2021 Jen Psaki, secretaria de prensa de la Casa Blanca, declaró sobre la reunión que sostuvo Biden con Jens Stoltenberg, el Secretario General de la OTAN, a días de una Cumbre de la alianza militar noratlántica en Bruselas. Allí la vocera norteamericana afirmó que se había acordado debatir sobre “muchos temas de la agenda de la OTAN, incluido el refuerzo de la seguridad transatlántica frente a los desafíos de Rusia y China”, agregando que “el presidente espera plantear una serie de cuestiones, incluida Ucrania y lo que hemos visto como un comportamiento agresivo en la frontera por parte de los rusos”.

Para muestra hace falta un botón. Que Rusia avanzara sobre Ucrania no sorprendió a nadie, aunque nadie en “occidente” pudo preveer que lo iba a realizar con este nivel de contundencia en el plano técnico-militar (u operacional). Algunos de los elementos mencionados revisten una enorme importancia para analizar la situación general que atraviesa el mundo, para evitar que el “árbol”, es decir, el duro conflicto en Ucrania, no nos tape el “bosque”.

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La economía mundial está cambiando profundamente y toda la disputa está circunscripta al llamado G2 por ver quién la desarrolla, conduce y controla. La diferencia es que la Alianza China-Huawei está en franco ascenso y con un objetivo claro, donde las contradicciones internas están en segundo orden, imperando la sabiduría oriental. Del lado de la Alianza EEUU-Amazon, el objetivo está en disputa permanente, con internas que a veces parecen estar en primer orden. De hecho, ya aparecen las primeras “advertencias” de que Trump pueda volver a conducir los destinos institucionales del país del norte.

Para pensar el hoy, se podría pensar en un paralelismo con otro momento histórico de reconfiguración sistémica, y acercarnos a 1914 y la primera guerra mundial, cuando dos bloques de poder se enfrentaron por el reparto del mundo: una Inglaterra que había dominado la escena del capitalismo del siglo XIX, y las potencias emergentes con Alemania a la cabeza, y los Estados Unidos agazapado para dirimir sus tensiones con el Japón por el control del pacifico.

Más allá del ordenamiento bajo los pabellones nacionales, hoy más complejo de esquematizar por el despliegue de un capitalismo transnacionalizado, en la actualidad, al igual que en 1914, acontece una nueva fase económica (un nuevo momento en el régimen de acumulación) que amerita un nuevo reparto del mundo. Así, ciertas fracciones de capital utilizan los bloques geopolíticos para dirimir sus diferencias. Diferencias infranqueables porque se introdujo a la competencia un nuevo método de desarrollo de la producción, una técnica y organización de la misma que no tiene parangón y que ya transformó al viejo capitalismo.

 

 

Matías Caciabue

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, esta guerra se expresa como apariencia de una guerra más profunda, por la imposición y conformación de un nuevo orden mundial. Nos encontramos transitando hacia un momento estratégico-militar en la lucha interimperialista.

Queda claro que luego de la crisis de 2008 hubo realineamientos de actores que dieron como resultado la emergencia de dos alianzas que asumieron carácter de contradicción principal. Una alianza inicialmente conformada por China y Rusia, y por otro lado, la alianza desarrollada por Estados Unidos, Reino Unido, Australia y Japón. En términos supranacionales, esta contradicción se puede reflejar, entre la Organización para la Cooperación de Shanghai (OCS) y el Grupo de los Siete (G7), siempre bajo iniciativa angloamericana, algo evidenciado en la reciente conformación de la alianza militar AUKUS (Au por Australia, UK por Reino Unido y US por Estados Unidos).

Tras la pandemia, este 2022 puso en evidencia un segundo momento estratégico de la contradicción principal. La finalización de la megaobra del gasoducto Nord Stream II actuó como “hecho maldito”, que puso en evidencia la alianza entre China, Rusia y el proyecto estratégico germano-francés que conduce a la Unión Europea, lo cual inquietó a Washington, quien instrumentó los resortes necesarios para romper esta alianza en el corazón de Eurasia, utilizando a Ucrania como brazo de maniobra.

CUn mes de guerra en Ucrania: avance ruso, diálogo incierto y economía global en llamasomo respuesta a esta ofensiva, Moscú decidió avanzar sobre territorio ucraniano en lo que denominan, en el marco de su doctrina militar, una “operación militar especial”. Al inicio de las acciones, el presidente Vladimir Putin detalló el incumplimiento de los “Acuerdos de Minsk I y II” y el conflicto irregular y de baja intensidad que el ultranacionalismo ucraniano fue instalando desde 2014, en una región rusohablante del este ucraniano denominada como Donbass (Donetsk y Lugansk). Putin se refirió a un “genocidio” de 15 mil personas y a la necesidad de “desnazificar” el Estado ucraniano.

En menos de 72 horas la invasión militar rusa controlaba grandes porciones del territorio ucraniano, con fuerzas provenientes de cuatro frentes: por el norte, desde Bielorusia; por el noreste desde la frontera rusa; por el este, desde la región del Donbass; y desde el sur, desde la Península de Crimea. Cuatro días después del inicio de las hostilidades, el 28 de febrero, se sentaron por vez primera los negociadores ucranianos y rusos, en la primera ronda de unas conversaciones que ya llevan más de cuatro encuentros. La misma intenta alcanzar un alto al fuego -muchas veces boicoteado por fuerzas paramilitares del ultranacionalismo ucraniano- y el establecimiento de corredores humanitarios por parte de Rusia.

El pasado 22 de marzo, el Ministerio de Defensa ruso actualizó los datos de su operación militar en Ucrania, informando que habían “sido destruidos 236 vehículos aéreos no tripulados, 185 complejos de defensa aérea, 1.547 tanques y otros vehículos blindados de combate, 154 sistemas de lanzacohetes múltiples, 612 cañones de artillería de campaña y morteros, así como 1.343 unidades de vehículos militares especiales”. Sólo ese día habían destruido 83 objetivos militares.

En estrictos términos estratégico-militares y operacionales, la acción militar “especial” rusa sorprende por su nivel de precisión. Por supuesto, deberán dar explicaciones de algunas acciones, particularmente de la destructiva toma de la ciudad de Mariupol, para conectar por vía terrestre la península de Crimea con la región del Donbass y el mar de Azov, que según el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky fue “reducida a cenizas”. Ni hablar del drama humanitario originado en la migración forzada de casi 3 millones de personas, hacia Europa occidental, pero también hacia Rusia, desde la región rusohablante.

En su célebre pasaje sobre el “análisis de situación, correlaciones de fuerza”, el pensador italiano Antonio Gramsci señaló que, para el estudio de la realidad social, es preciso distinguir tres momentos: a) el económico; b) el político; c) el militar. Sobre este último momento, el de la correlación de las fuerzas militares, afirma que “es el inmediatamente decisivo en cada caso”, distinguiéndose, hacia su interior, dos grados: 1) técnico-militar; y 2) político-militar.

A un mes del inicio de las acciones bélicas, en relación al primer grado, el técnico-militar, quedan pocas dudas de que el conflicto armado está resuelto en favor de Rusia.

¿Por qué, entonces, la guerra sigue su curso?  

Para responder a esta pregunta es necesario observar el conflicto desde el componente multidimensional de la guerra (militar, económico, político, informacional, social, etc.) y afirmar que hay dimensiones de la misma que tensionan profundamente a Rusia.

Si bien lo técnico-militar puede estar resuelto en favor de Rusia, es en el plano político-militar donde las tensiones se siguen agudizando y no están por resolverse en el corto plazo. Esto es así porque para los grandes jugadores del G2, China y Estados Unidos, Ucrania es un “pivote geopolítico”, para enfrentar a un “jugador estratégico”, tal como afirma el estratega globalista más importante de los últimos tiempos, Zbigniew Brzezinski.

En tal sentido, las negociaciones del pasado 18 de marzo entre Joe Biden y Xi Jinping desnudan que el conflicto ruso-ucraniano es un “teatro de operaciones” de la disputa del G2 mundial: aquella en la que dos modelos de acumulación, el chino y el estadounidense -más como redes financieras tecnológicas que como Estados- dirimen la gobernanza global en el marco de la nueva fase digital del capitalismo. En pocas palabras, se puede afirmar que Rusia es a China lo que la Unión Europea es a los Estados Unidos o, más precisamente, al gran capital angloamericano.

Mucho se ha especulado respecto de la reunión entre Biden y Xi. Sin embargo, el periódico chino, Global Times, remarcó en una editorial que China no debería olvidar que Washington aún considera al gigante asiático como “su mayor competidor” y que Rusia “es el activo estratégico diplomático más importante y estable de China, que no puede dañarse”.

 

En la carta anual escrita por el CEO de Blackrock, Larry Fink, deja entrever que para él, la guerra con Ucrania está siendo utilizada como un catalizador para reorganizar la economía sobre las cenizas del viejo orden mundial: “La invasión rusa de Ucrania ha puesto fin a la globalización que hemos experimentado en las últimas tres décadas”.

Para plantear escenarios en relación al desarrollo de este conflicto geopolítico, es preciso atender a la dimensión político-militar y comprender que no se trata solamente de una disputa territorial. En este sentido, se presentan dos escenarios fundamentales.

Por un lado, para Occidente, resulta central mantener la desconexión de China y Rusia con la Unión Europea, lo que constituye un elemento fundamental de su supervivencia como hegemón. Por el otro, la alianza China- Rusia buscará la integración directa o indirecta de los territorios de la vieja Unión Soviética, más específicamente Ucrania, como territorio neutral o integrado al proyecto de la Rusia como entidad bisagra entre Asia y Europa.

*Politólogo y Docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional. Publicada en El Destape

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