El capitalismo, sin soluciones, y la fatalidad de su poder /O capitalismo sem soluções e a fatalidade do seu poder

 

 Eduardo Camín-CLAE|

Al calor de la creciente guerra comercial desatada por la política del presidente Donald Trump se avizoraron los primeros efectos destructivos, como el repunte del dólar en las economías emergentes. Desde la gran crisis, las economías emergentes han duplicado su deuda en dólares, hasta alcanzar cifras del orden  de los casi cuatro billones de dólares, y el encarecimiento del billete verde arrastra a estos países al límite de sus posibilidades.

Por el otro lado se muestran los indicios de desaceleración en la endeudada economía china, sin dudas un engranaje importante que mueve los molinos de viento de las turbulencias en los países emergentes.  Resultado de imagen para El capitalismo,catatrofe 2020

Un informe encargado por Naciones Unidas a un grupo de científicos, concluye que el capitalismo ya no es viable, y cuanto más tiempo se intente mantener, peor. Esta renovada advertencia de los científicos a la Humanidad, 25 años después de la primera, denuncia  los abundantes signos de la degradación ambiental por doquiera, los signos de un cambio de época: el fin del crecimiento. Los líderes políticos y los grandes poderes económicos se niegan a aceptarlo, pero es una verdad que poco a poco se va imponiendo.

Mientras, desde la prensa “especializada” se habla de la próxima crisis económica, anunciándonos que cada vez está más cerca. La “denuncia” carece de riesgos (en algún momento llegará). La banca JP Morgan ubica la nueva grave crisis en un marco temporal bien definido, el año 2020, de acuerdo a sus modelos numéricos, debido a los múltiples debilidades financieras estructurales.

Paralelamente, otros expertos advierten sobre una brutal desinversión (que viene desde 2016) en el sector de la explotación del petróleo y resto de hidrocarburos líquidos. Hoy EEUU –que produce menos del 20% del total- invierte más que el resto del mundo en exploración y desarrollo de nuevos yacimientos. Lo que EE.UU. ha hecho es subsidiar al resto del mundo el mantenimiento de nuestro estilo de vida pródigo en gasto energético.

De milagro a espejismo

En poco tiempo los milagros se han transformado en espejismos, todo se derrumba como el pasaje de la lava de un volcán en erupción arrastrando un flujo masivo de capitales que contribuye a ampliar el espacio de la catástrofe.Resultado de imagen para El capitalismo, sin soluciones

Todos estos augurios de una nueva recesión sorprenden a la economía mundial sin apenas haber podido aun digerir las ruinas de la anterior crisis, con más desempleo y más deuda que al inicio del 2008.  Y en un escenario marcado por movimientos proteccionistas, populistas, antieuropeístas bajo el manto del Brexit, que hacen impensable fórmulas de cooperación internacional para hacerle frente al vendaval.

Muchos expertos europeos consideran que una nueva crisis tendría alcances dramáticos en una Europa sin haber completado el ciclo expansivo, incluso sin haber logrado un presupuesto coherente para atender situaciones de dificultad mayores en algunos países. Además, resaltan las nuevas tensiones financieras, fiscales y políticas de Italia que amenazan con poner en evidencia la fragilidad de un proyecto a la deriva, piloteado por dirigentes de dudosa moralidad.

Mientras, los economistas ortodoxos, que son los que en mayor medida tienen acceso a los medios de comunicación, explican la crisis económica a partir de aspectos ajenos a la dinámica del capitalismo, unos por la excesiva desregulación (keynesianos), otros por el intervencionismo del Estado (neoliberales), junto a elementos como la distribución del ingreso, la psicología de los inversores, las finanzas, o el efecto Trump, entre otros.

En realidad, la precisión de su prosa hace cuasi  imposible encontrar sinónimos explicativos de los términos  y de las palabras más actuales de un lenguaje político que definitivamente pretende esconder lo esencial del problema que es el propio sistema, el sistema capitalista. Ignorarlo en el debate aparece como la misión principal de los intelectuales funcionales a la globalización.

Sin embargo, para muchos de estos expertos les debe resultar muy perezoso recordar que la inmensa mayoría de los países del mundo se vive y trabaja bajo un sistema capitalista, un detalle que suele olvidarse con demasiada frecuencia, tal vez por ignorancia o bien por un premeditado cinismo académico.

Bajo la lógica y la esencia del modo de producción capitalista, se debe abordar la crisis mundial como un momento necesario e inevitable de la dinámica de acumulación de capital. De lo contrario, ¿cómo explicar la recurrencia de las crisis a lo largo de la historia del capitalismo?Resultado de imagen para El capitalismo,catatrofe 2020

La economía contemporánea parece haberse convertido en un espectáculo autónomo y liberado de la razón. Un espectáculo de capitales, mercancías o seres vivos, donde colosales fusiones y billones de dólares determinan el rumbo, en sus bolsas de valores.

Mientras tanto, los despidos de trabajadores ascienden a decenas de miles en una sola corporación, muchas de ellas provienen de empresas que ni siquiera dan perdidas o peor aún, proceden de sociedades que acaban de ganar más, pero que el despido es sinónimo de mayor rentabilidad. El sistema está diseñado para la acumulación de capital, no para la satisfacción de las necesidades de quienes trabajan.

Cuando hablamos de cifras utilizamos los informes de referencia mundial, así por ejemplo cuando nos referimos a la tasa de desempleo mundial citamos a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que advierte que los déficits de trabajo decente se mantendrán  a niveles altos persistentes en muchas regiones del mundo.

La OIT contaba más de 192 millones de desempleados en enero de 2018, pero ahora sospechamos que el ascenso es notoriamente superior.  Abrimos los ojos y vemos el mundo, en el cual enormes filas de desempleados cuyas quejas apenas llegan a través de los desfallecidos sindicatos, trabajadores de todas las edades que se acumulan en el paro como animales infectados en el matadero y tratados como cuerpos tóxicos.

La economía, absoluta desnuda de trabas sociales, morales y políticas celebra la bacanal de su consagración, la fatalidad de su poder.

Ante este panorama, la tentación es grande de recogerse internamente y conformarse con el consuelo de no empeorar. No obstante, el sistema económico nos cobija con el manto de la confianza que brindan las agencias de calificación (los AAA y los AAA+), eso si ya convertidos en pilares carcomidos de mentiras ignominiosas.

Resultado de imagen para El capitalismo,mercados financierosEl argumento más frecuentemente utilizado por los gobiernos para justificar los enormes recortes de gasto público, es la necesidad de “recuperar la confianza de los mercados financieros”, la frase más utilizada por todos los proponentes de las políticas de austeridad. De ahí que debería ser un motivo de gran atención averiguar cómo se define tal supuesta confianza de los mercados, y quién tiene el poder de definición. Es “sorprendente”, en este sentido, la escasa atención de los medios de prensa a este tema, salvo para destacar la necesidad de “recuperar la confianza”.

Pero distante de la mediocre parcialidad y la mutilación del conocimiento integrador que defiende la burguesía, podemos entender que el sistema capitalista es caótico, y que en su seno conlleva una crisis tras otra, que a su vez sólo aparece a los ojos comunes en el instante en que la gran burguesía empieza a hallar dificultades de rentabilidad y por consecuencia se ahonda la contracara natural de la inmensa riqueza que se genera en el sistema, que no es otra que las hambrunas, miserias, precariedad y violencia desquiciante.

Los estudios más detallados sobre el capitalismo y el análisis de la situación actual de la crisis energética indican que hemos llegado a las puertas de la siguiente crisis ¿final del capitalismo?. Algunos creen  que solo es un final y el comienzo de una nueva fase similar, después de los reajustes necesarios. Otros indican que  los procesos que se van a desencadenar van a cambiar nuestro mundo de manera profunda y definitiva. En lo que todos coinciden es en lo que estamos haciendo para prepararnos: nada.

El problema no es la crisis del capitalismo sino el capitalismo mismo. Y el problema es que esta crisis reveladora, aprovechable en otros tiempos para la emancipación, llega a una población sin conciencia y a una izquierda sin alternativa elaborada.

En un mundo impregnado de fascismo, con muchas armas y pocas ideas, con mucho dolor y poca organización, con mucho miedo y poco compromiso – el mundo que ha producido el capitalismo – sin dudas, la barbarie se ofrece mucho más verosímil que el socialismo.

*Periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

VERSIÓN EN PORTUGUÉS

O capitalismo sem soluções e a fatalidade do seu poder
Por Eduardo Camín

No calor da crescente guerra comercial iniciada com a política do presidente Donald Trump, se observam os primeiros efeitos destrutivos, como a alta do dólar nas economias emergentes. Desde a grande crise, as economias emergentes conseguiram duplicar sua dívida em dólares, até alcançar cifras em torno de quase quatro bilhões de dólares, e um encarecimento das cédulas verdes que arrastra os países ao limite das suas possibilidades.

Por outro lado, se observam os indícios da desaceleração na endividada economia chinesa, uma engrenagem importante que evidentemente ajuda a mover os moinhos de vento das turbulências nos países emergentes.

Um informe solicitado pelas Nações Unidas a um grupo de cientistas, concluiu que o capitalismo já não é viável, e quanto mais tempo a humanidade insistir em mantê-lo pior será. Esta renovada advertência, 25 anos depois da primeira, denuncia os abundantes sinais da enorme degradação ambiental, e de uma mudança de época: a do fim do crescimento. Os líderes políticos e os grandes poderes econômicos se negam a aceitá-lo, mas é uma verdade que pouco a pouco vai se impondo.

Contudo, a imprensa tida como “especializada” fala da próxima crise econômica, anunciando que ela está cada vez mais próxima. A “denúncia” carece de riscos (em algum momento chegará). O banco JP Morgan estabelece um marco temporal bem definido para a explosão da nova grave crise: o ano de 2020, de acordo aos seus modelos numéricos, devido às múltiplas debilidades financeiras estruturais.

Paralelamente, outros especialistas avisam sobre um brutal desinvestimento (que já acontece desde 2016) no setor da exploração do petróleo e outros hidrocarbonetos líquidos. Hoje, os Estados Unidos – que produz menos de 20% do total – investe mais que o resto do mundo em exploração e desenvolvimento de novas jazidas. O que os Estados Unidos fazem é subsidiar ao resto do mundo a manutenção do nosso estilo de vida pródigo em gasto energético.

Do milagre à miragem

Em pouco tempo, os milagres se transformaram em ilusões, tudo foi destruído, como se um rio de lava, de algum vulcão em erupção, passasse pela economia, arrasando o fluxo massivo de capitais e contribuindo para ampliar o espaço da catástrofe.

Todos esses presságios sobre uma nova recessão surpreendem a economia mundial, sem que o mundo tenha digerido ainda as ruínas da crise anterior, que gerou mais desemprego e mais dívidas. Em um cenário marcado por movimentos protecionistas, populistas, antieuropeístas (a partir do sentimento gerado pelo Brexit), se tornam impensáveis as fórmulas de cooperação internacional para enfrentar o vendaval.

Muitos especialistas europeus consideram que uma nova crise teria alcances dramáticos numa Europa que não completou seu ciclo expansivo, inclusive sem ter alcançado um orçamento coerente para atender situações de dificuldade maiores em alguns países. Ademais, ressaltam as novas tensões financeiras, fiscais e políticas da Itália, que ameaçam colocar em evidência a fragilidade de um projeto à deriva, pilotado por dirigentes de duvidosa moralidade.

Os economistas ortodoxos, que são os que têm maior acesso aos meios de comunicação, explicam a crise econômica a partir de aspectos alheios à dinâmica do capitalismo: uns pela excessiva desregulação (keynesianos), outros pelo intervencionismo do Estado (neoliberais), junto com elementos como a distribuição de renda, a psicologia dos investidores, as finanças ou o efeito Trump, entre outros.

Na verdade, a precisão dessa prosa torna quase impossível encontrar sinônimos explicativos para os termos e as palavras mais atuais de uma linguagem política que, definitivamente, pretende esconder o essencial do problema, que é o próprio sistema capitalista. Ignorar os questionamentos sobre o sistema é a principal missão dos intelectuais funcionais à globalização.

Entretanto, para muitos desses especialistas, deve ser muito difícil recordar que a imensa maioria dos países do mundo vive e trabalha dentro de um sistema capitalista, um detalhe que costuma ser esquecido com muita frequência, talvez por ignorância, ou por um premeditado cinismo acadêmico.

Sob a lógica e a essência do modo de produção capitalista, a crise mundial deve ser abordada como um momento necessário e inevitável da dinâmica de acumulação de capital. Do contrário, como explicar as muitas e diferentes crises ao longo da história do capitalismo?

A economia contemporânea parece ter se tornado um espetáculo autônomo e liberado da razão. Um espetáculo de capitais, de mercadorias ou de seres vivos, onde fusões colossais e bilhões de dólares determinam o rumo das coisas na bolsas de valores.

Enquanto isso, as demissões de trabalhadores chegam a dezenas de milhares em uma só corporação, e muitas delas acontecem em empresas que sequer apresentam prejuízos, ou pior ainda, se dão em empresas que acabam de aumentar os lucros, mas que o fazem porque demitir significa aumentar a rentabilidade. O sistema está desenhado para a acumulação de capital, não para a satisfação das necessidades de quem trabalha.

Quando falamos de cifras, utilizamos os informes de referência mundial. Por exemplo, quando nos referimos à taxa de desemprego mundial citamos a Organização Internacional do Trabalho (OIT), que mostra como o déficits de trabalho decente se mantêm em níveis altos em muitas regiões do mundo.

Os números da OIT mostram que havia mais de 192 milhões de desempregados em janeiro de 2018, mas suspeita-se que agora esse número é bastante superior. Abrimos os olhos e vemos um mundo onde há enormes filas de desempregados, cujas queixas chegam apenas através dos frágeis sindicatos, trabalhadores de todas as idades que se encontram desocupados, largados, como animais infectados no matadouro, tratados como corpos tóxicos.

A economia absoluta trabalha para desfazer as travas sociais, morais e políticas, celebrando o bacanal de sua consagração, a fatalidade do seu poder.

Diante desse panorama, é grande a tentação de se recolher internamente e se conformar com o consolo de ver que as coisas somente não pioraram. Não obstante, o sistema econômico nos entorpece com um parâmetro de confiança estabelecido pelas agências de classificação (o tal “grau de investimento”, AAA, AAA , ou outras letras), que já se tornaram os pilares carcomidos de mentiras ignominiosas.

O argumento mais frequentemente utilizado pelos governos para justificar os enormes cortes de gasto público é a necessidade de “recuperar a confiança dos mercados financeiros”, frase utilizada por todos os proponentes defensores das políticas de austeridade. Por isso, deveria ser motivo de grande atenção e fiscalização a forma como se define tal “confiança dos mercados”, e quem tem o poder de definição. É “surpreendente”, neste sentido, a escassa atenção dos meios de imprensa sobre este tema, a não ser para destacar a necessidade de “recuperar a confiança”, sem explicar o que significa isso exatamente.

Longe da medíocre parcialidade e da mutilação do conhecimento integrador que a burguesia defende, podemos entender que o sistema capitalista é caótico, e que, em seu seio, traz consigo uma crise atrás da outra, as quais só aparecem aos olhos da maioria quando essa grande burguesia começa a encontrar dificuldades de rentabilidade, e logo se afunda nos efeitos colaterais gerados pela má distribuição da imensa riqueza que o sistema gera, que não são outros senão a fome, a misérias, a precariedade e a violência fora de controle.

Os estudos mais detalhados sobre o capitalismo e a análise da situação atual da crise energética indicam que já chegamos às portas da nova crise. Será o fim do capitalismo? Alguns acreditam que é só mais um final, e o começo de uma nova fase similar, depois dos reajustes necessários. Outros indicam que os processos que se desencadearão irão mudar nosso mundo de forma profunda e definitiva. Mas em algo todos concordam: não se está fazendo nada para preparar o mundo para o que vem por aí.

O problema não é a crise do capitalismo, e sim o próprio capitalismo. E esta específica crise que está por vir, reveladora, aproveitável em outros tempos para a defesa de uma emancipação, chega num momento em que temos uma população sem consciência e uma esquerda que carece de uma alternativa elaborada.

Num mundo impregnado de fascismo, com muitas armas e poucas ideias, com muita dor e pouca organização, com muito medo e pouco compromisso – o mundo que produziu o capitalismo –; nesse mundo, sem dúvidas, a barbárie oferece algo que pode não ser, mas que soa muito mais convincente que a proposta do socialismo.

Eduardo Camín é jornalista, membro da Associação de Correspondentes de Imprensa da ONU, redator-chefe internacional do Hebdolatino e analista associado ao Centro Latino-Americano de Análise Estratégica (CLAE)

*Publicado originalmente em estrategia.la | Tradução de Victor Farinelli

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