El “peligro” Bolsonaro: la culpa no es del chancho…/O »perigo» de Bolsonaro: a culpa não é de quem parece

 

Juan Guahán-CLAE|

 Hubo elecciones en Brasil y el sólido triunfo de Bolsonaro, aunque tenga que ir a una segunda vuelta, llenó de dudas y preguntas sobre las razones de ese resultado y el futuro de la región. Los vínculos entre ese desenlace brasileño, la realidad argentina, y las distintas maneras de mirar cómo viene la segunda vuelta.

 El domingo pasado se votó en Brasil, por lejos el país más grande y poderoso de toda nuestra América. Los resultados indican que habrá una segunda vuelta que se realizará, en dos semanas, el domingo 28 de octubre. Allí se enfrentarán Jair Messias Bolsonaro, un militar retirado y actualmente diputado, candidato del conservador Partido Social Liberal (PSL) y Fernando Haddad, ex ministro de Educación de Lula y de Dilma Rousseff y también ex alcalde de San Pablo y candidato por el progresista Partido de los Trabajadores (PT), quien  asumiera la candidatura presidencial que dejó vacante Luis Inácio (Lula) da Silva al ser encarcelado y prohibida su nominación presidencial.

La importancia de estas elecciones motiva el interés por conocer cómo se llegó a esta situación. Entre las causales a destacar se encuentran: la actual crisis por la que atraviesa ese país; las debilidades del progresismo del PT y los generalizados problemas en materia de corrupción e inseguridad, utilizados por la propaganda del sistema. Tampoco debemos olvidar las perspectivas de Brasil y su influencia sobre nuestra realidad. Para terminar habrá que echar una mirada sobre las distintas ópticas para abordar y analizar la segunda vuelta.

Los antecedentes de esta situación

Desde hace varias décadas dos conceptos definen la importancia que tiene Brasil. Henry Kissinger, quien fuera el legendario jefe de la diplomacia norteamericana, tiene que ver con ambas definiciones. Dijo, tiempo atrás: “Hacia donde se incline Brasil, se inclinará Latinoamérica”. De esa manera reivindicaba el peso de ese país en la región y halagaba a los habitantes de esos lares, donde está fuertemente arraigado aquel sentimiento que Brasil es “o maior do mundo”.

Pero junto a ese concepto volcó otro, también realista, pero menos halagüeño. Fue cuando definió a Brasil como el “satélite privilegiado” de las políticas norteamericanas en estos territorios.

Brasil no esquivó la oleada de gobiernos militares en esta zona. En ese país tal período fue largo (1964/2003) y con algunas diferencias respecto al resto de la  zona. Se trató de gobiernos desarrollistas conservadores durante los cuales el país creció y se industrializó, aunque ello ocurriera en medio de una gigantesca exclusión y desigualdad social. Hubo una resistencia guerrillera, aunque de menor desarrollo a la de otros países de la región (Argentina, Chile, Uruguay). En ese marco el desprestigio de los militares fue inferior al desarrollado en los otros países del área.

Resultado de imagen para brasil cutLo más notable fue el vigoroso avance del movimiento obrero. La Central Única de Trabajadores –CUT- se constituyó en el eje de la construcción del Partido de los Trabajadores (PT). Su fundador y principal dirigente, el obrero metalúrgico Luis Inácio “Lula” da Silva, anudó una alianza con otros sectores, particularmente campesinos y grupos vinculados a la Iglesia Católica, como las Comunidades Eclesiales de Base, lo que lo llevó a la presidencia el 1° de enero de 2003. El PT gobernó durante 13 años.

Gobierno del PT: logros y debilidades que permiten la restauración conservadora

Entre sus principales logros se puede destacar que sacó de la pobreza a más de 20 millones de brasileños. Sin embargo, esa política -hija de un progresismo desarrollista y  asistencialista- dejó incólumes las bases económicas del sistema empresarial que siguió dominando el horizonte del poder brasileño, arraigado en los latifiundistas y la poderosa Federación de Industriales de San Pablo (FIESP), con la que negociaba el poder político, en manos del PT.

Un ejemplo de ello lo tenemos con el economista Henrique Meirelles, del sector financiero y amigo de la FIESP. Éste fue presidente mundial del Bank Of Boston y Lula lo tuvo 8 años como Presidente del Banco Central de Brasil. No es distinto el caso de Joaquim Levy, Ministro de Hacienda de Dilma, un economista de la liberal Escuela de Chicago. ¡Hijos de esos vientos son estas tempestades!

Pero esto que ha pasado en Brasil, que no es muy diferente a lo que vino ocurriendo con otros gobiernos progresistas, sirve como advertencia a los que se reconocen como parte de movimientos populares.

Quienes así procedieron se olvidaron de la necesidad de producir cambios profundos, antes que un débil accionar, el acoso de las trasnacionales y las conveniencias estratégicas de la política norteamericana en la región terminen por devorarlos. Brasil es la muestra más evidente de qué modo las flojedades de los gobiernos progresistas de los últimos años han abierto las puertas para una restauración de políticas conservadoras, la consolidación de la hegemonía de los sectores financieros y la renovada presencia de los intereses estadounidenses en varios países del área.

La falta de respuestas estructurales y de participación popular hizo que, como lo acaba de denunciar el teólogo brasileño Frei Betto, el consumismo reemplazara a una necesaria formación ideológica y construcción de un poder en manos del pueblo organizado. El débil protagonismo y movilización de la CUT y el PT, en los últimos acontecimientos lo prueban. Por otro lado el Movimiento de los Sin Tierra (MST), organizado con cierta autonomía respecto del Estado y gobierno, ha logrado crecer y ha sido el principal defensor de los avances del PT, de la lucha por la libertad de Lula y de la candidatura de Haddad.

Corrupción e inseguridad: realidad y uso propagandístico

Los temas de corrupción e inseguridad están en el centro de las cuestiones planteadas a través de la prensa y de mucha influencia en las decisiones de los electores a la hora de votar. Ambos problemas son reales pero han sido construidos de tal manera para que siembren el miedo y favorezcan políticas represivas. También sirven al objetivo de despolitizar a la sociedad y dejar que solo el poder económico pueda gobernar e imponer sus criterios, obviamente al servicio de sus intereses.

En lo que respecta al tema de la corrupción cabe tener presente que ella incluye -por lo menos- tres ingredientes:

a) Los recursos necesarios para el financiamiento de un sistema político que deja afuera a quienes no tengan mucho dinero; b) su aprovechamiento por parte del sistema imperial de dominación que, de esa manera, se evitar tener que adoptar otras formas de intervención que lo dejarían al descubierto; c) esa circulación de un dinero ilegal crea las condiciones para la cuestión social y políticamente más grave: el enriquecimiento de la dirigencia que maneja esos recursos.

Los movimientos populares siempre reivindicaron el valor de la ética en el manejo de la cosa pública, pero ese valor se fue deshilachando cuando les tocó ser gobierno. No quedan dudas que ello constituye un acto de traición a los intereses que dicen defender y al sentido de los cambios que –en sus discursos- proponen realizar.

En cuanto al tema de la inseguridad, esta cuestión forma parte de una de las claves de las políticas de dominio de los poderosos. Basta ver cómo 4 de cada 5 noticias de los canales de TV, vinculados al poder, tienen que ver con asuntos policiales. De ese modo cumplen con varios objetivos complementarios: Estigmatizar a los pobres, fortalecer las políticas represivas y multiplicar la desconfianza y descreimiento en un sistema político institucional, que por méritos propios es cada vez más decrépito, llevando la crítica al mismo por caminos inconducentes.

El combate a estos dos elementos: corrupción e inseguridad, son “vendidos” –por los lenguaraces del sistema- como el objetivo de estos gobiernos conservadores, hijos del poder más inmoral, reaccionario y criminal de los últimos tiempos.

El Brasil que se viene y sus repercusiones en Argentina

Para el supuesto que Haddad logre remontar el resultado adverso del domingo pasado, Brasil seguirá una ruta semejante a la que tuvieron Lula y Dilma, pero con características particulares. Ese gobierno, tendrá mucho menos poder y estará sometido al constante acecho de este nuevo liderazgo de un conservadorismo militante y reaccionario.

A ello habrá que agregarle la presencia amenazante de una estructura militar fuertemente comprometida con ese nuevo liderazgo, a tal punto que no faltan quienes consideran que la candidatura de Bolsonaro surgió de la entrañas de la inteligencia militar. Todos esos antecedentes le darán un fuerteResultado de imagen para macri y bolsonaro clima de inestabilidad institucional a un eventual gobierno del PT.

En el caso que se confirme la tendencia del domingo pasado la situación será bastante distinta, aunque totalmente impredecible. Paulo Guedes, quien ha sido presentado como el próximo ministro de Economía de Bolsonaro, ahora cuestionado por hechos de corrupción, es un liberal clásico, también formado en la Escuela de Chicago. Su política puede chocar con cierto “nacionalismo” de Bolsonaro y de algunos núcleos de sectores militares.

En los observadores internacionales prima la idea que se trataría de un gobierno de los BBB (buey, biblia y bala). La primera (buey) por la fuerza que tendrían los tradicionales terratenientes y dueños del poder; la segunda (biblia) por la presencia decisiva de los sectores evangélicos integrantes de la Iglesia Universal del Reino de Dios (IURD), expulsada en1992 del seno de la “Alianza Evangélica de Iglesias” por sus actividades “non sanctas”; la última “B” (bala) por el anunciado carácter represivo del que hace alarde y promueve Bolsonaro.

Es sabido que Argentina tiene en Brasil a su principal socio comercial. Esa situación puede cambiar o sufrir un severo deterioro si –finalmente- ese eventual gobierno decide dinamitar o profundizar la decadencia del Mercosur.

Para el caso que -en la segunda vuelta- se imponga Bolsonaro, dadas las afinidades ideológicas entre éste y Mauricio Macri, es imaginable esperar que el pueblo brasileño, al igual que el argentino, deberán prepararse para esas negras perspectivas.

Como contrapartida de lo anterior, los pueblos de ambos países y las organizaciones populares que los expresan tendrán la responsabilidad de asumir la resistencia a los mismos y la construcción de alternativas capaces de superar las limitaciones anteriores.

En tal caso, la posibilidad de compartir esas tareas tiene una vigencia y perspectiva, como no se dio en otros momentos históricos. No es el momento de llorar sobre la leche derramada, sino en construir fuerzas que permitan terminar con esta oleada reaccionaria y crear condiciones para ir mucho más allá de los frustrados procesos progresistas que abrieron las puertas al infierno que hoy nos devora.

Distintas miradas y posibilidades para la segunda vuelta

Frente a la próxima segunda vuelta hay –centralmente- dos formas de pararse.

Si la imaginamos desde la óptica de los partidos, sus plataformas electorales y los dichos de sus dirigentes, surge que Haddad tendría buenas posibilidades de revertir el resultado del domingo pasado. En efecto, si bien son pocos los que han pedido a sus adherentes que voten a Haddad, la mayoría de ellos -por no decir casi todos- han manifestado públicamente su oposición a Bolsonaro. Ese sería el modo racional, “políticamente correcto”, de analizar la realidad y –en ese marco- Haddad podría emerger como nuevo Presidente.

Pero hay otra forma de mirarla. Se trata de una consideración donde el eje se coloca más en los aspectos emocionales. Este es el modo que Bolsonaro ha planteado su campaña. Algunos de sus avisos publicitarios son una rotunda prueba de lo dicho.Resultado de imagen para o mito chegou e o Brasil acordou

En uno de esos spots, más difundidos, se dice: “o mito llegou e o Brasil acordou”, mientras un coloso de piedra se despereza ante una población emocionada que sale a ver ese fenómeno y donde se escucha “ordem e progresso –consigna incorporada a la bandera- eu quero pro mi país” y se ve –al fondo- un lema que dice: “o gigante nao esta mais adormecido”.

Frente a ese despliegue emotivo y en un marco muy crítico a los partidos conocidos es –lamentablemente- poco probable que el racionalismo partidario, que puede reunir Haddad, logre quebrarlo, descontando los 18 millones de votos que los separaron en la primera vuelta.

*Analista político y dirigente social argentino, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

VERSIÓN EN PORTUGUÉS

O »perigo» de Bolsonaro: a culpa não é de quem parece

Por Juan Guahán

No dia 7 de outubro, o Brasil, maior e mais poderoso país da nossa América, teve seu primeiro turno eleitoral, cujos resultados indicam que haverá um desempate onde se enfrentarão Jair Messias Bolsonaro, um militar da reserva e atualmente deputado, candidato do conservador Partido Social Liberal (PSL), e Fernando Haddad, ex-ministro de Educação de Lula da Silva e Dilma Rousseff, também ex-prefeito de São Paulo e candidato pelo progressista Partido dos Trabalhadores (PT), que assumiu a candidatura presidencial devido à impugnação de Lula, que está preso e impedido de concorrer.

A importância destas eleições motiva o interesse por saber como se chegou a esta situação. Entre as causas a destacar se encontram: a atual crise que o país atravessa, as fragilidades do progressismo do PT e os generalizados problemas em matéria de corrupção e insegurança, utilizados pela propaganda do sistema. Tampouco devemos nos esquecer das perspectivas do Brasil e sua influência sobre a realidade argentina. Para terminar, deve-se observar as distintas óticas para abordar e analisar este segundo turno e suas possibilidades.

Os antecedentes desta situação

Há dois conceitos que definem a importância que o Brasil tem, e que estão instalados há várias décadas. Henry Kissinger, o legendário chefe da diplomacia norte-americana, tem a ver com ambos. Disse, tempos atrás, que: “para onde o Brasil se inclinar, a América Latina o seguirá”. Dessa forma, reivindicava o peso desse país na região e exalta os habitantes desse país, onde está fortemente arraigado aquele sentimento de que o Brasil é “o maior do mundo”.

Mas junto com esse conceito, aparece outro, também realista, mas menos elogioso, que define o Brasil como o “satélite privilegiado” das políticas norte-americanas para estes territórios.

O Brasil não esquivou a onda de governos militares nesta zona. Nesse país, tal período foi longo (1964-1985) e com algumas diferenças a respeito do resto da região. Os governos da ditadura brasileira foram desenvolvimentistas e conservadores, e levaram o país a crescer e se industrializar, embora isso ocorresse em meio a uma gigantesca exclusão e desigualdade social. Houve uma resistência guerrilheira, embora de menor atuação que as de outros países – como Argentina, Chile e Uruguai. Nesse marco, o desprestigio dos militares foi inferior ao que aconteceu nesses outros países.

O mais notável que aconteceu no Brasil foi o vigoroso avanço do movimento operário. A Central Única dos Trabalhadores (CUT) se constituiu no eixo da construção do Partido dos Trabalhadores (PT). Seu fundador e principal dirigente, o operário metalúrgico Luiz Inácio “Lula” da Silva, formou uma aliança com outros setores, particularmente camponeses e grupos vinculados à Igreja Católica, como as comunidades eclesiásticas de base, o que o levou à Presidência em janeiro de 2003. O PT governou durante 13 anos.

Governos do PT: acertos e erros que permitiram a restauração conservadora

Entre os efeitos mais importantes gerados pelas políticas do PT está a redistribuição de renda, que embora não tenha diminuído tanto a brecha entre o setor mais rico e os mais pobres do país ao menos tirou mais de 20 milhões de brasileiros da pobreza, e outros tantos da miséria extrema. Essa política, filha de um progressismo desenvolvimentista e assistencialista, deixou incólumes as bases econômicas do sistema empresarial, que seguiu dominando o horizonte do poder brasileiro, arraigado nos latifundiários e na poderosa Federação das Indústrias do Estado de São Pablo (FIESP), com a qual o poder político tinha que negociar.

Um exemplo disso é o caso do economista Henrique Meirelles, oriundo do setor financeiro e amigo da FIESP. Ele foi presidente mundial do Bank Of Boston, e Lula da Silva o manteve durante 8 anos como presidente do Banco Central brasileiro em sua gestão. Não é diferente o caso de Joaquim Levy, ministro da Fazenda de Dilma Rousseff, um economista neoliberal Escola de Chicago.

Mas isso que aconteceu no Brasil não é muito diferente do que vem ocorrendo com outros governos progressistas, e serve como advertência aos que se reconhecem como parte dos movimentos populares.

Quem procedeu assim se esqueceu da necessidade de produzir mudanças profundas em seus países, até que esse frágil interesse por mudanças estruturais, o acosso das multinacionais e as conveniências estratégicas da política norte-americana na região terminaram por devorá-los. O Brasil é a prova mais evidente do modo como as vacilações dos governos progressistas dos últimos anos abriram as portas para uma restauração das políticas conservadoras, a consolidação da hegemonia dos setores financeiros e a renovada presença dos interesses estadunidenses em vários países.

A falta de respostas estruturais e de participação popular fez com que “o consumismo substituísse a necessária formação ideológica e a construção de um poder nas mãos do povo organizado”, como explica o teólogo brasileiro Frei Betto. O fraco protagonismo e mobilização da CUT e do PT nos últimos acontecimentos confirmam essa situação. Por outro lado, o Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra (MST), organizado com certa autonomia com relação ao Estado e ao governo, conseguiu crescer e tem disso o principal defensor dos avanços do PT, da luta pela liberdade de Lula e da candidatura de Fernando Haddad.

Corrupção e insegurança: realidade e uso propagandístico

Os temas da corrupção e da segurança estão no centro das questões planteadas através da imprensa, e têm muita influência nas decisões dos eleitores na hora de votar. Ambos os problemas são reais, mas os meios os apresentam de forma a semear o medo e favorecer as políticas repressivas. Também servem ao objetivo de despolitizar a sociedade e implantar a ideia de que somente o poder econômico pode governar e impor seus critérios, obviamente a serviço dos seus interesses.

No que diz respeito ao tema da corrupção, é preciso entender que ela inclui pelo menos três ingredientes:

a) Os recursos necessários para o financiamento de um sistema político que deixa de fora aqueles que não tenham muito dinheiro; b) seu aproveitamento por parte do sistema imperial de dominação que, dessa forma, evita ter que adotar outras formas de intervenção que o deixariam exposto; c) a circulação de um dinheiro ilegal cria as condições para a questão social e política mais grave: o enriquecimento dos políticos que administram esses recursos.

Os movimentos populares sempre reivindicaram o valor da ética no manejo da coisa pública, mas esse valor foi se perdendo quando tiveram que ser governo. Não resta dúvidas de que isso foi visto como um ato de traição aos interesses que disseram defender e ao sentido das mudanças que – em seus discursos – prometeram realizar.

Com respeito ao tema da segurança, a questão forma parte de uma das chaves das políticas de domínio dos poderosos. Basta ver como 4 de cada 5 notícias dos canais de televisão vinculados ao poder tem a ver com assuntos policiais. Isso ajuda a instalar vários objetivos complementares: a estigmatização dos pobres, o fortalecimento das políticas repressivas e a multiplicação da desconfiança e da descrença num sistema político institucional que, por méritos próprios, é cada vez mais decrépito, levando a crítica ao mesmo por caminhos improdutivos, que não o da sua correção.

O combate a estes dois elementos: corrupção e falta de segurança, são “vendidos” – usando um termo comum do sistema – como o objetivo destes governos conservadores, filhos do poder mais imoral, reacionário e criminoso dos últimos tempos.

O Brasil que virá e suas repercussões na Argentina

Se imaginarmos que Haddad conseguirá virar o jogo no segundo turno, teríamos um Brasil seguindo um caminho semelhante ao que teve nos tempos de Lula da Silva e Dilma Rousseff, mas com características particulares. Esse governo, terá muito menos poder e estará submetido ao constante acosso desta nova liderança, de um conservadorismo militante e reacionário.

Também deve-se incluir nesse hipotético cenário a presença ameaçadora de uma estrutura militar fortemente comprometida com essa nova liderança direitista, a tal ponto que não faltam os que consideram que a candidatura de Bolsonaro surgiu das entranhas da inteligência militar. Todos esses antecedentes darão um forte clima de instabilidade institucional a um eventual governo do PT.

No caso de se confirmar a tendência do primeiro turno, a situação será muito diferente, embora talvez mais imprevisível. Paulo Guedes, o economista ultraliberal apresentado como o próximo ministro da Economia de Bolsonaro, está sendo questionado por casos de corrução. Guedes também é formado na Escola de Chicago. Sua política pode chocar com certo “nacionalismo” de Bolsonaro e de alguns núcleos de setores militares.

Entre os observadores internacionais prima a ideia de que se trata de um governo da chamada Bancada BBB (boi, bíblia e bala). O primeiro B (boi) é pela força que teriam os tradicionais latifundiários e donos do campo. O segundo B (bíblia) é pela presença decisiva dos setores evangélicos, especialmente da Igreja Universal do Reino de Deus (IURD) – a qual foi expulsa, em 1992, da “Aliança Evangélica de Igrejas”, por suas atividades “não santas”. O terceiro e último B (bala) corresponde aos setores militares e defensores da desregulação da legislação sobre o porte e a compra de armas, além do carácter repressivo ligado à própria figura de Bolsonaro.

Sabe-se que a Argentina tem no Brasil o seu principal sócio comercial. Essa situação pode mudar ou sofrer mudanças drásticas, caso esse eventual governo decidir dinamitar ou aprofundar a decadência do Mercosul.

No caso de que Bolsonaro se imponha no segundo turno, devido às afinidades ideológicas entre ele e Mauricio Macri, é possível esperar que o povo brasileiro, assim como o argentino, deverá se preparar para essas tristes perspectivas.

Como contrapartida da hipótese anterior, os povos de ambos os países e as organizações populares que os expressam terão a responsabilidade de assumir a resistência aos mesmos e à construção de alternativas capazes de superar as limitações anteriores.

Em tal caso, a possibilidade de compartilhar essas tarefas tem uma vigência, e uma perspectiva que não se deu em outros momentos históricos. Não é o momento de chorar sobre o leite derramado, e sim de construir forças que permitam terminar com esta onda reacionária e criar condições para ir além dos frustrados processos progressistas que abriram as portas do inferno que hoje nos devora.

Diferentes visões a possibilidades para o segundo turno

Diante deste cenário e dos desafios a serem enfrentados neste desempate eleitoral, há duas formas de se posicionar.

Se analisamos a partir da visão dos partidos, suas plataformas eleitorais e das declarações de seus dirigentes, surge a ideia de que Haddad teria boas possibilidades de reverter o resultado do primeiro turno. Em efeito, embora sejam poucos os apoios concretos à sua candidatura no segundo turno, a maioria dos outros setores democráticos – para não dizer quase todos – ao menos manifestaram publicamente sua oposição a Bolsonaro. Esse seria o cenário racional e “politicamente correto” de analisar a realidade, na qual Haddad poderia emergir como novo Presidente.

Mas há outra forma de ver as coisas. Se trata de uma consideração onde o eixo se coloca mais nos aspectos emocionais. Este é campo para o qual Bolsonaro levou sua campanha. Algumas de suas peças publicitárias são mostra disso.

Num desses spots, bastante difundido, se diz que “o mito chegou e o Brasil acordou”, enquanto um colosso de pedra se levanta e estica os braços diante de uma população emocionada, que observa o fenômeno e escuta o lema “ordem e progresso (consigna incorporada à bandeira brasileira), eu quero para o mi país”. Ao fundo, se vê uma legenda que diz “o gigante não está mais adormecido”.

Contra essa campanha emotiva e em um ambiente muito crítico aos partidos mais conhecidos, é – infelizmente – pouco provável que o racionalismo partidário que Haddad possa reunir possa se impor, e descontar os 18 milhões de votos que os separaram no primeiro turno.

Juan Guahán é analista político e dirigente social argentino, associado ao Centro Latino-Americano de Análise Estratégica (CLAE)

*Publicado em estrategia.la | Tradução de Victor Farinelli

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