Bolsonaro no traerá la paz sino la guerra/ Bolsonaro não trará a paz, e sim a guerra

 

Javier Tolcachier|

Dos son los principales argumentos por los que muchas personas votaron a la extrema derecha en Brasil: el combate al delito y a la corrupción. El legítimo reclamo de muchos electores es simple: las personas quieren vivir en paz y con seguridad, no quieren trampas ni abusos, desean prosperidad para ellos y sus familias. Pues bien: Bolsonaro, los que mueven los hilos detrás de él y los que lo apoyan, representan todo lo contrario.

Si logra vencer en la segunda vuelta electoral, no combatirá a los corruptos en el parlamento, el aparato del Estado, el empresariado o los medios porque los necesita para gobernar.

Si Bolsonaro triunfa, no traerá la paz sino la guerra.

Guerra contra los pobres, los campesinos y la clase media trabajadora

El programa económico del fascismo brasileño será comandado por el financista Paulo Guedes, educado y ejercitado en el fanatismo neoliberal. Privatizará las empresas y bienes del Estado e instaurará un régimen similar al de Pinochet en Chile: se recortarán derechos laborales como el aguinaldo garantizado por ley y las horas extras, se privatizará el sistema de pensiones condenando a la miseria a los actuales jubilados, no habrá más programas de ayuda para pobres como Bolsa Familia y otros.

Guedes además es socio y miembro del comité ejecutivo de un fondo de inversiones, por lo que es fácil entender que Brasil se convertirá en una economía financiera, dependiente, y de preponderante exportación primaria, dejando de lado el desarrollo industrial y científico, lo cual dificultará la inserción laboral de personal con formación técnica y terciaria.

Con la especulación y la venta de activos e instituciones del Estado se liquidarán millones de puestos de trabajo que hoy son el sostén de la clase media trabajadora y se achicará el consumo y el mercado interno, del cual viven los comerciantes y la mayor parte de la clase media independiente, como sucede hoy en Argentina.

Al extenderse la desocupación, los salarios serán más bajos y el trabajo será precario, dependiente de la voluntad del patrón, como lo eran antes de las reformas de la era Vargas.

El candidato apoyado por el poder dijo además que dará fin al “activismo”, en clara referencia a los movimientos que reclaman por tierra y techo en el ámbito rural y urbano respectivamente. Con ello da una señal clara a sus socios latifundistas del campo, quienes ahora más que nunca tendrán carta blanca para arremeter con sicarios y milicias contra los campesinos organizados primero, y para expulsar después a todo el que se oponga a sus órdenes y a la extensión de sus dominios en el campo. Del mismo modo, ese discurso abre paso a la represión de cualquier protesta social pacífica que reivindique derechos sociales, consolidando las premisas antipopulares y esclavistas que impulsaron el golpe contra el gobierno de Dilma.

Por todo ello, ningún pobre, ningún campesino, nadie que se considere clase media, debería votar por Bolsonaro en la segunda vuelta.

Guerra contra la Educación, la Salud y la CulturaResultado de imagen para brasil educacion salud

Bolsonaro no será el que gobierne, sino una figura títere. Gobernarán los bancos, los militares, un sector de la iglesia pentecostal y a control remoto, los Estados Unidos. Será un país para pocos, para los que puedan pagar. De este modo, la educación y la salud de calidad serán pagas. Se desfinanciarán a las universidades, se desatenderá la educación pública, se cortarán programas de asistencia al desarrollo educativo de los sectores marginados. Se cerrarán centros de salud en las periferias y los hospitales del Estado quedarán desabastecidos.

Lo público será vaciado para obligar a la gente a entregarse al dominio privado, tal como aconteció en los 90’. La cultura será un privilegio para los adinerados como lo fue en la época aristocrática y monárquica. No habrá fomento estatal para el cine y las artes y la cultura libre tendrá que sobrevivir con otros trabajos, si los encuentra…      

Por todo ello, ningún estudiante, maestra o profesor, ninguna doctora, enfermero o usuario de la sanidad pública, ningún cantante, pintor, escultor, escritor, nadie del mundo del arte y la cultura debería votar por Bolsonaro en la segunda vuelta.

Guerra armada

En caso de ser electo, el candidato extremista militarizará el combate contra el delito. Creer que eso detendrá el delito o el narcotráfico es ingenuo. Lo único que se logra con eso es el aumento indiscriminado de la violencia y el homicidio. Basta ver lo ocurrido en México. De acuerdo con fuentes oficiales, entre 2006 – fecha en la que el gobierno de Calderón instaló la “guerra contra el narco” con efectivos militares – y 2018, murieron en ese país 250.000 personas. La gran mayoría, personas pobres, tanto de un lado como del otro. Pero también muchos inocentes, mujeres, niños, periodistas y defensores de derechos humanos. Brasil tiene 200 millones de habitantes, 75 más que México, una política de esas características sería lisa y llanamente un genocidio.

Por otro lado, Bolsonaro ha dicho explícitamente que quiere liberar la portación de armas,  al estilo norteamericano. Eso llevaría a matanzas en las escuelas, justicia por mano propia en cada esquina, ajustes de cuentas permanentes, un virtual estado de guerra civil. Con ello además, lejos de disminuir, el delito aumentará por la facilidad de los delincuentes de conseguir armamento.

Por eso, quienes realmente quieran vivir en paz, quienes detesten el delito y la violencia, no deben votar por Bolsonaro en segunda vuelta.

Guerra religiosa

Brasil ha sido a lo largo de su historia una nación tolerante de las más distintas Resultado de imagen para brasil pare de sufrircreencias. En este gran país convivieron el cristianismo, los cultos de origen africano y fueron acogidas e integradas grandes comunidades inmigrantes de credo musulmán, judío,  shintoista y budista. Del mismo modo, floreció en este país la cultura espírita, el ateísmo y varias generaciones crecieron al calor de la fe positivista, que plasmó su influencia en el lema que lleva la bandera verdeamarela.

Hace un par de décadas, comenzó a crecer del seno mismo del cristianismo una corriente pentecostal militante que ganó fuerte adhesión en la población olvidada de las periferias.

Bolsonaro, quien siendo católico toda su vida se convirtió a la iglesia evangélica recién en 2016 – probablemente por cálculo político – ha establecido una alianza para llegar al poder con el millonario Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y dueño del multimedios Rede Record en Brasil. El objetivo es claro: convertir progresivamente a Brasil en una suerte de teocracia evangélica, modificando el aparato legal como lo hace el fundamentalismo islamista en diversos países del Medio Oriente y África.

Por ello, quien se precie de su tolerancia religiosa y viva su espiritualidad como amor por los demás, quienes rechazan indignados la posibilidad de que una única fe sea impuesta que discrimine y persiga a los diferentes, aquel que por sobre todas las cosas sienta la humanidad en todos, independientemente de su adhesión a un credo, no votará a Bolsonaro en segunda vuelta.

Guerra a los que piensan o viven diferenteResultado de imagen para brasil diversidad de genero

Justamente la diferencia es lo que horroriza al fascismo. La libertad de expresión y opinión, la libre elección sexoafectiva, la multiplicidad de formas familiares y comunitarias, las opciones, la diversidad. La visión del mundo del fascismo es uniformar a todos y todo, es pensar de un solo modo, es no cuestionar el mundo, las normas, los hábitos. Todo debe ser determinado y obedecido, so pena de ser castigado o excluido.

La prédica intolerante, homofóbica, machista, la justificación del odio habrán de envenenar la atmósfera social, desatando en un sector de la población una fuerte agresividad, que más allá de las prácticas gubernamentales, desembocará sin duda en nuevos actos de violencia.

Por ello, toda persona crítica, democrática, que ame la libertad y guste del intercambio de opiniones, de la diversidad de colores del arco iris y la profusión de formas y especies existente en la propia naturaleza, todo aquel que admire el portento de la invención y la creatividad humana, no debería votar a Bolsonaro en segunda vuelta.

Guerra a los negros y los indígenas

Resultado de imagen para brasil negras e indigenasAl mirar cómo votaron las regiones en Brasil, se manifiesta una verdad histórica. Si bien es cierto que los gobiernos de Lula y Dilma hicieron mucho por el postergado Nordeste brasileño – lo cual fue retribuido en las urnas con el apoyo a Haddad – es evidente como el Sur, que concentra la mayor parte de la economía brasilera, favoreció al candidato derechista. Al igual que sucedió con los estados esclavistas sureños en los Estados Unidos previo a la Guerra de Secesión, el Sur brasileño parece albergar todavía un sector racista y el Nordeste, patria de quilombos, parece constituirse nuevamente en reducto de independencia para los descendientes de antiguos cimarrones liberados de la oprobiosa esclavitud.

La memoria histórica y la intuición difícilmente se equivoquen. Un gobierno tutelado por los militares brasileños tendría muy poco que ofrecer a los negros, salvo la renovación de funestos grilletes a través de la quita del derecho a gozar de iguales oportunidades que el resto.

Algo similar ocurriría con los pueblos indígenas. Continuarían siendo vejados, discriminados, expulsados de sus territorios para favorecer a la industria maderera, la minería a gran escala, las extensiones de cultivo para biodiesel, los megaproyectos de infraestructura, la explotación de los acuíferos, en suma, la total degradación de un entorno medioambiental que alimenta material- y culturalmente a las 250 comunidades indígenas que habitan en el territorio brasileño.

Por eso, la población negra, mestiza e indígena no debería votar a Bolsonaro.

Guerra en América Latina y el CaribeImagen relacionada

Así como un gobierno de Fernando Haddad favorecería el acercamiento de Brasil a Latinoamérica, ayudaría a recomponer la bloqueada integración regional y sería un factor de importante distensión diplomática, un triunfo de Bolsonaro en segunda vuelta augura un recrudecimiento de la agresión contra países gobernados por la izquierda como Venezuela, Bolivia, Nicaragua o El Salvador. Peor aún, el militarismo que hoy comanda la campaña, sería la voz decisiva en ese gobierno, por lo que no es descabellado pensar que establecería un eje común con el gobierno colombiano, hoy en manos del uribismo, para aumentar la amenaza de eventuales acciones bélicas conjuntas en la frontera con Venezuela.

De ser una potencia en el mundo, aliada a través del BRICS al pujante multilateralismo emergente, Brasil pasaría a ser apenas un estado subalterno de los Estados Unidos, degradado al grado de sargento para América Latina y el Caribe.

A la vez, la ascensión de un gobierno bajo tutela militar – en claro paralelo al gabinete de Trump – alentaría a algunos integrantes y facciones de diversos ejércitos latinoamericanos a pensar en replicar el ejemplo, conduciendo a la región toda de regreso a la época oscura de las dictaduras militares.

La posibilidad de nuevos conflictos bélicos, la guerra interna junto a la amenaza de un gobierno dictatorial debería bastar para que los amantes de la paz y del desarrollo humano retiren todo apoyo a Bolsonaro.

Guerra contra las mujeres

El candidato de la extrema derecha ha mostrado una actitud discriminatoria y una total falta de respeto hacia las mujeres. Señalar que una mujer es “muy fea para ser violada”, considerar una “flaqueza” haber tenido una hija, justificar la diferencia salarial entre hombres y mujeres u oponerse a los cupos femeninos con la acotación “si ponen mujeres porque sí, van a tener que contratar negros también», han sido algunos de los insultos con los que Bolsonaro transparentó lo que piensa de las mujeres (y los negros).

Si a esta actitud personal se le agrega el carácter profundamente retrógrado y violento de los grupos que lo apoyan, la conclusión es obvia: su gobierno se opondrá a los derechos conquistados por las mujeres en ardua lucha, modificará los programas de educación sexual y reproductiva, frenará cualquier iniciativa tendiente a despenalizar el aborto. La violación y la violencia contra la mujer volverán a ser asunto privado y no de Estado, el que se desentenderá de toda promoción activa de la mujer en el ámbito educativo, laboral o científico.

Esta visión del mundo implica finalmente que la mujer debe cumplir el papel sumiso y obediente que el patriarcado la asigna.

Es por eso y por todo lo anterior que las mujeres brasileñas tienen una misión crucial el 28 de Octubre. Al igual que millones de hermanas de todas las épocas, ellas tienen en sus manos, sus corazones y sus votos, junto a la mayoría de hombres buenos y verdaderamente piadosos, la posibilidad de parar la guerra. Esta vez, antes de que empiece.

*Investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas y comunicador en agencia internacional de noticias Pressenza. Investigador del Centro Humanista de Córdoba, investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

VERSIÓN EN PORTUGUÉS

Bolsonaro não trará a paz, e sim a guerra
Por Javier Tolcachier

São dois os principais argumentos pelos quais muitas pessoas votaram na extrema direita no Brasil: o combate ao crime e à corrupção. A legítima indignação de muitos eleitores é simples: as pessoas querem viver em paz e com segurança, não querem mais enganações e abusos, desejam prosperidade para eles e suas famílias. Pois bem: Bolsonaro, os que movem os fios que o controlam e que o apoiam, representam exatamente o contrário.

Se confirmar sua vitória no segundo turno eleitoral, ele não combaterá os corruptos no parlamento, nem o aparato do Estado, o empresariado ou os meios de comunicação, porque precisa deles para governar.

Se Bolsonaro triunfar, não trará a paz, e sim a guerra.

Guerra contra os pobres, os campesinos e a classe média trabalhadora

O programa econômico do fascismo brasileiro será comandado pelo economista Paulo Guedes, educado e exercitado no fanatismo neoliberal. Privatizará as empresas e bens do Estado e instaurará um regime similar ao de Pinochet no Chile: cortará direitos trabalhistas, como o 13º salário garantido por lei, as horas extras, privatizará o sistema previdenciário, condenando os atuais aposentados à miséria, e acabará com os programas de ajuda aos pobres, como o Bolsa Família e outros.

Guedes também é sócio e membro do comitê executivo de um fundo de investimentos, o que leva à fácil conclusão de que o Brasil se tornará uma economia financeira, dependente, e de preponderante exportação primária, deixando de lado o desenvolvimento industrial e científico, o que dificultará a inserção no trabalho de pessoas com formação técnica e terciária.

Com a especulação e a venda de ativos e instituições do Estado, se liquidarão milhões de postos de trabalho que hoje são o sustento da classe média trabalhadora, e diminuirá o consumo e o mercado interno, do qual vivem os comerciantes e a maior parte da classe média independente, como acontece hoje na Argentina.

Ao aumentar o desemprego, os salários serão mais baixos e o trabalho mais precário, dependente da vontade do patrão, como eram antes das reformas da Era Vargas.

O candidato apoiado pelo poder disse também que acabará com “todo tipo de ativismo”, em clara referência aos movimentos que reclamam por terra e por teto, no âmbito rural e urbano respectivamente. Com isso, ele dá um sinal claro aos seus sócios latifundiários, que agora, mais do que nunca, terão carta branca para atacar, com jagunços e milícias, primeiro os camponeses organizados e depois as comunidades indígenas e tudo o mais que se opor às suas ordens e à extensão de seus domínios no campo. Da mesma forma, esse discurso abre espaço à repressão de qualquer protesto social pacífico que reivindique direitos sociais, consolidando as premissas antipopulares e escravistas que impulsaram o golpe contra o governo de Dilma Rousseff.

Por tudo isso, nenhum pobre, nenhum camponês e ninguém que se considere de classe média deveria votar por Bolsonaro no segundo turno.

Guerra contra a Educação, aa Saúde e a Cultura

Bolsonaro será somente um títere, não a pessoa que dará as ordens. Os verdadeiros governantes serão os bancos, os militares, um setor da igreja pentecostal e os Estados Unidos. Será um país para poucos, para os que podem pagar. Deste modo, a educação e a saúde de qualidade serão caras. As universidades perderão o financiamento, a educação pública perderá investimento, os programas de assistência ao desenvolvimento educativo aos setores marginados serão cortados, centros de saúde serão fechados nas periferias e hospitais do Estado ficarão desabastecidos.

O que é público será esvaziado para obrigar as pessoas a se entregarem ao domínio do privado, tal como aconteceu nos Anos 90. A cultura será um privilégio para os endinheirados, como foi na época aristocrática e monárquica. Não haverá fomento estatal para o cinema e as artes, a cultura livre terá que sobreviver com outros trabalhos, se é que os encontrará.

Por tudo isso, nenhum estudante ou professor, nenhum médico ou enfermeiro ou paciente da saúde pública, nenhum cantor, pintor, escultor, escritor, ninguém do mundo da arte e da cultura deveria votar por Bolsonaro no segundo turno.

Guerra armada

No caso de ser eleito, o candidato extremista militarizará o combate ao delito. Acreditar que isso acabará com o delito ou o narcotráfico é um pensamento ingênuo. O único que se consegue com isso é o aumento indiscriminado da violência e dos homicídios. Basta ver o que acontece no México. De acordo com fontes oficiais, entre 2006 – data na qual o governo de Felipe Calderón instalou a “guerra contra o narcotráfico” com efetivos militares – e 2018, morreram no país cerca de 250 mil pessoas. A grande maioria pobres, tanto do lado do crime quanto das Forças Armadas. Mas também houve milhares de vítimas inocentes, mulheres, crianças, jornalistas e defensores de direitos humanos. O Brasil tem 200 milhões de habitantes, 75 a mais que o México, e uma política dessas características terminaria claramente em um genocídio.

Por outro lado, Bolsonaro diz explicitamente que quer liberar o porte de armas, ao estilo norte-americano. Isso levaria a matanças nas escolas, justiça pelas próprias mãos em cada esquina, ajustes de contas permanentes, um virtual estado de guerra civil. Com isso, longe de diminuir, o delito aumentará pela facilidade dos delinquentes em conseguir armamento.

Por isso, quem realmente quiser viver em paz, quem odeia o delito e a violência, não deveria votar por Bolsonaro no segundo turno.

Guerra religiosa

O Brasil tem sido, ao longo de sua história, uma nação que sempre tolerou as mais diferentes crenças. Neste grande país, conviveram o cristianismo, os cultos de origem africana, além de grandes comunidades imigrantes de credo muçulmano, judeu, xintoísta e budista, que foram acolhidas e integradas. Do mesmo modo, floresceu neste país a cultura espírita, o ateísmo e várias gerações cresceram ao calor da fé positivista, que plasmou sua influência no lema inscrito na bandeira verde-amarela.

Há cerca de duas décadas, começou a crescer no seio do cristianismo uma corrente pentecostal militante que ganhou forte adesão na população esquecida das periferias.

Bolsonaro foi católico durante quase toda a vida e recentemente se converteu à igreja evangélica – provavelmente por cálculo político –, estabelecendo uma aliança com o milionário pastor Edir Macedo, fundador da Igreja Universal do Reino de Deus e também dono da Rede Record de televisão, como aliado chave para chegar ao poder. O objetivo é claro: transformar o país, progressivamente, numa espécie de teocracia evangélica, modificando o aparato legal, como faz o fundamentalismo islamista em diversos países do Oriente Médio e da África.

Por isso, quem preza sua tolerância religiosa e vive sua espiritualidade com amor pelos demais, quem rejeita com indignação a possibilidade de que uma única fé seja imposta e que se discrimine e se persiga os diferentes, aquele que, sobre todas as coisas, sente a humanidade em todos, independentemente de sua adesão a um credo, não deveria votar em Bolsonaro no segundo turno.

Guerra aos que pensam ou vivem diferente

A diferença é o que horroriza o fascismo. A liberdade de expressão e opinião, a livre eleição sexo-afetiva, a multiplicidade de formas familiares e comunitárias, as opções, a diversidade. A visão do mundo do fascismo é uniformar tudo e todos, é pensar de um só modo, é não questionar o mundo, as normas, os hábitos. Tudo deve ser determinado e obedecido, sob pena de ser castigado ou excluído.

O discurso intolerante, homofóbico, machista e a justificação do ódio vão envenenar a atmosfera social, desatando a agressividade de um setor da população que, independente das práticas governamentais, se lançará sem dúvida em novos atos de violência.

Por isso, toda pessoa crítica, democrática, que ame a liberdade e goste do intercâmbio de opiniões, da diversidade de cores do arco íris e a profusão de formas e espécies existente na própria natureza, todo aquele que admire a maravilha da invenção e da criatividade humana, não deveria votar em Bolsonaro no segundo turno.

Guerra aos negros e aos indígenas

Ao observar como votaram as regiões no Brasil, se manifesta uma verdade histórica. Embora seja verdade que os governos de Lula e Dilma fizeram muito pelo esquecido Nordeste brasileiro – o que foi retribuído nas urnas com o apoio a Haddad – é evidente como o Sul, que concentra a maior parte da economia brasileira, favoreceu o candidato direitista. Assim como sucedeu com os estados escravistas do sul dos Estados Unidos antes da Guerra da Secessão, o Sul brasileiro parece albergar ainda um setor racista, enquanto o Nordeste, pátria de quilombos, parece se constituir novamente no reduto de independência para os descendentes daqueles que foram liberados da escravidão.

A memória histórica e a intuição dificilmente se equivocam. Um governo tutelado pelos militares brasileiros teria pouco o que oferecer aos negros, a não ser a renovação dos horríveis grilhões, através da retirada do direito a gozar de oportunidades iguais.

Algo similar ocorreria com os povos indígenas. Continuariam sendo humilhados, discriminados, expulsos de seus territórios para favorecer a indústria madeireira, a mineração em grande escala, as extensões de cultivo de biodiesel, os megaprojetos de infraestrutura, a exploração dos aquíferos. Em suma, a total degradação de um meio ambiente que alimenta material e culturalmente as 250 comunidades indígenas que habitam no território brasileiro.

Por isso, a população negra, mestiça e indígena não deveria votar em Bolsonaro.

Guerra na América Latina e no Caribe

Assim como um governo de Fernando Haddad favoreceria a reaproximação do Brasil com a América Latina, ajudando a recompor a bloqueada integração regional e sendo um fator de importante distensão diplomática, um triunfo de Bolsonaro no segundo turno levaria a um aumento da agressão contra países governados pela esquerda, como Venezuela, Bolívia, Nicarágua e El Salvador. Pior ainda, o militarismo que hoje comanda a campanha do candidato seria a voz decisiva nesse governo, e por isso não seria estranho pensar que ele estabeleceria um eixo comum com o governo colombiano, hoje nas mãos do uribismo, para aumentar a ameaça de eventuais ações bélicas conjuntas na fronteira com a Venezuela.

De ser uma potência aliada ao pujante multilateralismo emergente através dos BRICS (junto com Rússia, Índia, China e África do Sul), o Brasil passaria a ser, novamente, apenas um estado subalterno dos Estados Unidos, degradado ao grau de sargento para a América Latina e o Caribe.

Ao mesmo tempo, a ascensão de um governo sob a tutela militar – em claro paralelo ao gabinete de Trump – estimularia alguns integrantes e facções de diversos exércitos latino-americanos a pensar em replicar o exemplo, conduzindo a região toda de volta à época obscura das ditaduras militares.

A possibilidade de novos conflitos bélicos, a guerra interna e a ameaça de um governo ditatorial deveriam bastar para que os amantes da paz e do desenvolvimento humano retirem todo o apoio a Bolsonaro.

Guerra contra as mulheres

O candidato da extrema direita mostrou uma atitude discriminatória e uma total falta de respeito às mulheres. Dizer que uma mulher é “feia demais para merecer ser estuprada”, considerar que ter uma filha mulher é um sinal de “fraquejada”, justificar a diferença salarial entre homens e mulheres ou se opor às cotas femininas porque “se colocam mulheres porque sim vão ter que contratar negros também”, são alguns dos insultos com os que Bolsonaro transparentou o que realmente pensa das mulheres (e dos negros).

Se além desta atitude pessoal, agregamos o caráter profundamente retrógrado e violento dos grupos que o apoiam, a conclusão é óbvia: seu governo vai se opor aos direitos conquistados pelas mulheres em árdua luta, modificará os programas de educação sexual e reprodutiva, freará qualquer iniciativa que vise despenalizar o aborto. O estupro e a violência contra a mulher voltarão a ser assunto privado e não de Estado, o que se desentenderá de qualquer promoção ativa da mulher no âmbito educativo, trabalhista ou científico.

Esta visão de mundo relega a mulher a um papel submisso e obediente assignado pelo patriarcado.

É por isso, e por todos os casos anteriores, que as mulheres brasileiras têm uma missão crucial neste 28 de outubro. Assim como milhões de irmãs de todas as épocas, elas têm em suas mãos, em seus corações e seus votos, junto com a maioria de homens bons e verdadeiramente piedosos, a possibilidade de evitar a guerra. Desta vez, antes dela começar.

Javier Tolcachier é investigador do Centro Mundial de Estudos Humanistas e comunicador da agência internacional de notícias Pressenza. Investigador do Centro Humanista de Córdoba e associado ao Centro Latino-Americano de Análise Estratégica (CLAE)

*Publicada em estrategia.la | Tradução de Victor Farinelli

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