Migración: Mare Nostrum, el apagón del Siglo de la Luces/ Mare Nostrum – o apagão do Século das Luzes

 

Eduardo Camín|

“Las fronteras reales de hoy no separan las naciones, sino al poderoso del desvalido, al libre del esclavizado, al privilegiado del humillado. Hoy no hay muros que puedan crear una división entre las crisis humanitarias o de los derechos humanos en una parte del mundo y las crisis de la seguridad nacional en otra, dijo Kofi Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, en su discurso de aceptación al recibir el Premio Nobel de la Paz en 2001.

No obstante, ya son más de 65 millones de personas en todo el mundo las que –según cifras oficiales- se han visto obligadas a abandonar sus hogares como consecuencia de los conflictos, la violencia y la persecución; la cifra más elevada registrada por Naciones Unidas desde la Segunda Guerra Mundial.

En 2017, más de 170.000 migrantes, entre ellos muchos refugiados, llegaron a Europa atravesando el mar Mediterráneo. Cerca de 120.000 lo hicieron a través de la ruta marítima del Mediterráneo central, la más mortífera del mundo, donde ese mismo año se registraron casi 3.000 muertes o desapariciones. La mayoría de estas personas viaja en botes fletados por traficantes desde Libia, Túnez o Egipto, arriesgando sus vidas para llegar a Italia o a otros países más lejanos en busca de protección. 

Entre los sollozos y las lágrimas de cocodrilo de la Comisión Europea tras cada desastre espectacular en el Mediterráneo. Durante dos décadas hemos visto cómo los naufragios y las muertes por decenas o centenares vienen acompañadas de declaraciones solemnes por parte de los líderes europeos y llamadas a tomar acciones «urgentes».

Este énfasis en la urgencia, a menudo repetido por activistas y organizaciones pro-derechos humanos, puede ser útil a la hora de forzar decisiones políticas que se dirigen a los aspectos más inmediatamente desagradables de un problema sistémico. Pero al reducir el problema a una escala aparentemente manejable, al apartarse los focos de la actualidad también se aparta la necesaria consideración de sus raíces.

Y eso, en cambio, puede dar paso a ideas muy equivocadas. Así esta Europa en un ejercicio de miopía política y humana que responde de forma insolidaria tanto puertas adentro considerando el fenómeno de la inmigración un asunto de sus socios fronterizos en el Mediterráneo en este caso España e Italia, como hacia afuera abandonando a los países afligidos por la pobreza y necesitados de ayuda.

Cuando murieron casi 400 personas de camino a Lampedusa en octubre del 2013, la respuesta urgente de Europa fue liderada por el gobierno italiano a través de la operación Mare Nostrum. Este programa de búsqueda y rescate fue reemplazado por la Operación Tritón, tras ser criticado por ser excesivamente caro e incluso incentivar la migración irregular al hacerlo más seguro.

De dimensiones más reducidas, Tritón se centra no en la protección de las vidas sino en la protección de las fronteras y en la vigilancia. El resultado de este cambio, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha sido un aumento dramático en el número de muertes, mientras que las llegadas apenas han aumentado, según datos proporcionados por el Ministerio de Interior italiano.(2014)

Tal y como han argumentado los sociólogos durante años, aumentar los niveles de seguridad solo ha hecho que la migración sea más peligrosa. En definitiva, estamos frente a una problematización sumamente estereotipada y en el fondo autocomplaciente de las migraciones internacionales, que establece un vínculo causal entre éstas, el nacional populismo y el racismo, donde se difunde ciertas ideas, prejuicios y convicciones que alientan y legitiman el desprecio y la exclusión.

Una desviación global hacia la xenofobia, la discriminación, los abusos étnicos, es decir, hacia la erosión de todo cuanto constituye la dignidad ética de nuestra civilización humana. De esta forma, Europa se ha convertido en un “club” de naciones blancas, cristianas y ricas, agudizando aún más, su apagón histórico del Siglo de las Luces, aquellas vertientes de la Ilustración, e ideólogos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Por ello, lejos de reducir el análisis de las relaciones entre alteridad, política y violencia, por un lado, a los discursos de las formaciones de extrema derecha fascistas y éstos a sus retóricas antiinmigrantes y, por otro, a las agresiones físicas y a las actitudes y prejuicios individuales o grupales, en contextos de fuerte competencia y/o de crisis social, es preciso llamar la atención sobre las formas de problematizar las actuales migraciones internacionales.

Y llamar la atención, muy especialmente, sobre esa problematización predominante que, al fin y al cabo las formaciones nacional populistas y/o neorracistas llevan al paroxismo y que piensa y trata a los migrantes como un problema y/o como una amenaza: lo que sucede con Italia es un fenómeno tan despreciado como anunciado.

Esta asimilación permanente e incluso manifiesta de la inmigración con la barbarie -con la barbarie de ellos (los inmigrantes)- constituye, en el seno de las sociedades democráticas europeas, que someten a un fuerte control y regulación las conductas violentas, un sutil y velado ardid de extrañamiento de los migrantes, que al mismo tiempo que les estampa una marca infamante -el estigma de la centralidad de la violencia, de la crueldad y del fanatismo en sus vidas e incluso en su cultura- convirtiéndolos en «bárbaros».

O, lo que es lo mismo, en introductores y propiciadores de toda suerte de desórdenes y desastres, que legitima las restrictivas políticas migratorias y, especialmente, el orden social en el que se sustentan.

Convierten –de forma artera-  a los migrantes, cuya presencia y características responde a una racionalidad sociohistórica compleja, en una figura social amenazante, en un antisujeto europeo, construyendo el simbolismo de la caja de Pandora que no puede sino incubar el huevo de quién sabe qué serpiente; sin lugar a dudas de una que -si bien su sola evocación espanta-, engorda con la idea misma de que el problema del miedo o el odio a los inmigrantes radica en la presencia y las características de los propios inmigrantes.

Es obvio que la migración produce un sentimiento de rechazo por el miedo de enfrentarse a unos posibles cambios que puedan desestabilizar su estructurada sociedad. La sociedad receptora teme la llegada, en ocasiones masiva, de gentes de otras etnicidades y culturas que introduzcan en su población cambios que no desean.

Sus pautas culturales pueden ser perturbadas si tienen que admitir y asimilar patrones sociales provenientes de otros procesos culturales, que desorganicen su universo simbólico. En una especie de diferenciación grupal que no es otra cosa que una diferenciación cultural euro centrada a las cuales se le asocian características físicas, donde el contraste radical es “lo blanco” europeo “civilizado” frente a “lo negro” africano “salvaje”.

América Latina,  la inmigración intrarregional

En el último decenio, según la OIM, la región ha cambiado sus patrones de migración. Los latinoamericanos tendemos a movernos cada vez más entre países de la región. Es así como la emigración tradicional de paraguayos y bolivianos encuentran nuevas posibilidades en Argentina y Uruguay, los peruanos a Chile, colombianos a Venezuela, haitianos a República Dominicana, nicaragüenses a Costa Rica y guatemaltecos, hondureños y salvadoreños a México es parte de un fenómeno en ascenso: la inmigración intrarregional.

Por un lado, surge de la propia crisis económica que afectó a los países receptores como Estados Unidos y España, donde se disparó el desempleo y se implementaron políticas más restrictivas hacia la inmigración. Además de lograr una mayor estabilidad política y un cierto nivel de desarrollo económico que experimentaron los países emisores.

Este fenómeno impulsó, además, el regreso, de muchos sudamericanos a sus países de origen, y simplificó los desplazamientos especialmente entre países fronterizos, gracias en cierta forma a la mejora de las comunicaciones y los medios de transporte. Estas condiciones han provocado que varios países latinoamericanos hayan registrado un gran aumento de la inmigración desde países vecinos o de la región.

Según el estudio, Nuevas tendencias y dinámicas migratorias en América Latina de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), entre los censos de 2000 y 2010 hubo un aumento del 32% en los stocks de latinoamericanos viviendo en otro país de la región. De hecho, entre 2009 y 2015 los países latinoamericanos concedieron más de dos  millones de residencias temporales y permanentes a personas de naciones vecinas.

Resultado de imagen para migrantes latinoamericanosLas motivaciones fundamentales han sido la búsqueda de trabajo, el tránsito fronterizo, la movilidad indígena, la reunificación familiar, la movilidad por estudios y en algunos casos la búsqueda de refugio por acciones políticas.

Si bien podemos decir que en la actualidad estos flujos, hacia los principales destinos extrarregionales han disminuido, y los intercambios dentro de la región se han intensificado, aún es considerablemente mayor la cantidad de emigrantes latinoamericanos que residen en países fuera de la región.

De hecho, la emigración regional hacia EEUU sigue concentrando a la mayoría de estos con cerca de 20 millones de personas. En este marco, México representa el 40% de la emigración regional con unos 12 millones de sus ciudadanos viviendo fuera del país, sobre todo en EEUU. Este fenómeno, sin embargo, presenta variaciones por subregión, donde El Caribe y Centroamérica con un 11,1% y un 10,2% de su población residiendo en el extranjero son las que tienen una mayor proporción de emigrantes.

Sin embargo, debemos de estar atentos, ya que uno de los factores que ha agudizado los conflictos interraciales durante los últimos años ha sido la imposición de políticas económicas basadas en una mundialización que subordina las economías nacionales de la región y empobrece dramáticamente a sus pueblos. En todos los casos, los nuevos conquistadores de la globalización se mueven por ambiciones de poder y de riquezas.

Comprendemos entonces a las distintas expresiones de racismo en nuestros países latinoamericanos como resultado de la globalización e importación de paradigmas y valores racistas propios de la cultura occidental hegemónica impartida históricamente desde Europa.

En ese sentido podemos incluso agudizar la definición y afirmar que el racismo moderno tiene una fuerte impronta europeísta, siendo que Europa occidental le dio origen en un contexto de expansionismo capitalista.  Dicho esto, una pregunta me queda sin respuesta, si esta ignominiosa situación de vidas humanas en las fronteras europeas sucediera en América Latina. … ¿Qué pasaría?

 

**Periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de Prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)


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Mare Nostrum – o apagão do Século das Luzes

Por Eduardo Camín

“As fronteiras reais de hoje não separam as nações, e sim as pessoas. Separam o poderoso do desamparado, o livre do escravizado, o privilegiado do humilhado. Hoje, não há muros capazes de criar uma divisão entre as crises humanitárias ou dos direitos humanos numa parte do mundo e as crises de segurança nacional em outra, disse Kofi Annan, secretário-geral das Nações Unidas, no discurso do dia em que recebeu o Prêmio Nobel da Paz, em 2001.

Não obstante, já são mais de 65 milhões de pessoas em todo o mundo, segundo cifras oficiais, que são obrigadas a abandonar seus lares como consequência dos conflitos, da violência e da perseguição. A cifra é a mais elevada registrada pelas Nações Unidas desde a II Guerra Mundial.

Em 2017, mais de 170 mil migrantes, entre eles muitos refugiados, chegaram à Europa atravessando o mar Mediterrâneo. Cerca de 120 mil o fizeram através da rota marítima do Mediterrâneo Central, a mais mortífera do mundo, que registou, nesse mesmo ano, quase 3 mil mortes ou desaparições. A maioria dessas pessoas viaja em barcos de traficantes provenientes da Líbia, Tunísia ou Egito, arriscando suas vidas para chegar à Itália ou a outros países mais distantes, na busca por proteção.

E assim seguimos, entre os soluços e lágrimas de crocodilo da Comissão Europeia após cada desastre espetacular no Mediterrâneo. Durante duas décadas, vimos como os naufrágios e as mortes de dezenas ou centenas eram acompanhadas de declarações solenes por parte dos líderes europeus e chamados a tomar ações “urgentes”.

Esta ênfase na urgência, muitas vezes repetida por ativistas e organizações pró-direitos humanos, pode ser útil na hora de forçar por decisões políticas que se dirigem aos aspectos mais imediatamente desagradáveis de um problema sistêmico. Mas ao reduzir o problema a uma escala aparentemente manejável, se afastando dos focos da atualidade, também se perde a necessária consideração de suas raízes.

E isso também pode dar lugar a ideias muito equivocadas. Esta Europa, num exercício de miopia política e humana, reage ao problema com a falta de solidariedade, tanto internamente – ao considerar o fenômeno da imigração como um assunto que só compete aos países com fronteiras no Mediterrâneo, como Espanha e Itália – quanto no contexto global, ao abandonar os países afligidos pela pobreza.

Quando morreram quase 400 pessoas a caminho de Lampedusa, em outubro de 2013, a resposta urgente da Europa foi liderada pelo governo italiano, através da Operação Mare Nostrum. Aquele programa de busca e resgate, após as críticas por ser excessivamente caro e até mesmo a incentivar a migração irregular – ao torna-la mais segura – foi substituído, tempo depois, pela Operação Tritão.

De dimensões reduzidas, a Operação Tritão se centra não na proteção das vidas, mas sim na proteção e vigilância das fronteiras. O resultado desta mudança, segundo a Organização Internacional para as Migrações (OIM) foi um aumento dramático no número de mortes, e não impediu o aumento no número de chegadas, apenas diminuiu o ritmo desses aumentos, segundo dados proporcionados pelo Ministério do Interior italiano (2014).

Tal como argumentaram os sociólogos durante anos, aumentar os níveis de segurança só fizeram com que a migração seja menos perigosa. Portanto, estamos diante de uma problematização bastante estereotipada, e, no fundo, autocomplacente com as migrações internacionais, que estabelece um vínculo causal entre elas, o nacional populismo e o racismo, onde se difunde certas ideias, preconceitos e convicções que estimulam e legitimam o desprezo social e a exclusão.

Estamos falando de um desvio global em favor da xenofobia, da discriminação, os abusos étnicos, ou seja, a erosão de tudo o que constitui a dignidade ética da nossa civilização humana. Desta forma, a Europa se transformou em um “clube” de nações brancas, cristãs e ricas, aprofundando ainda mais esse apagão histórico do Século das Luzes, daquelas vertentes da Ilustração e dos ideólogos da Declaração Universal dos Direitos Humanos.

Por isso, longe reduzir a análise das relações entre alteridade, política e violência aos discursos das formações de extrema direita fascistas, e logo reduzir estes às suas retóricas anti imigrantes, ao mesmo tempo em que se estigmatiza as agressões físicas e as atitudes e preconceitos individuais ou grupais, em contextos de forte concorrência e/ou de crise social, é preciso chamar a atenção sobre as formas de problematizar as atuais migrações internacionais.

Chamar a atenção sobre essa problematização predominante que os grupos nacional-populistas e/ou neorracistas levam ao paroxismo – pensando e tratando os imigrantes como uma ameaça – significa considerar o que sucede na Itália como um fenômeno menosprezado, e ao mesmo tempo anunciado.

Esta assimilação permanente e manifesta da imigração e da barbárie – com a barbárie deles (os imigrantes) – se traduz, no seio das sociedades democráticas europeias, um forte controle e regulação das condutas violentas, um sutil e velado ardil de estranhamento dos migrantes, enquanto os rotula de forma humilhante, com o estigma da centralidade da violência, da crueldade e do fanatismo em sus vidas e até em sua cultura – transformando-os em “bárbaros” – ou como introdutores e responsáveis por todos os desastres e desordens. Tudo isso para legitimar as restritivas políticas migratórias e, especialmente, a ordem social na que se sustentam.

De forma arteira, transformam os migrantes, cuja presença e características estão relacionadas a uma racionalidade social e histórica complexa, em figuras sociais ameaçadoras, em anti sujeitos europeus, construindo o simbolismo da caixa de pandora que não pode mais que empolar o ovo de sabe-se lá que serpente – e certamente uma que cresce e se torna mais assustadora conforme ganha força a ideia de que o medo e o ódio aos imigrantes radica na presença e nas características dos próprios imigrantes.

É óbvio que a imigração produz um sentimento de rejeição pelo medo de se enfrentar às possíveis mudanças que possam desestabilizar sua estruturada sociedade receptora, que teme a chegada, às vezes massiva, de pessoas de outras etnias e culturas, que introduzem em seu cotidiano novidades que ela não deseja.

Suas pautas culturais podem ser perturbadas se têm que admitir e assimilar padrões sociais provenientes de outros processos culturais, que desorganizem seu universo simbólico. Uma espécie de diferenciação grupal, que não é outra coisa senão uma diferenciação cultural eurocentrada, conceitos aos quais se associam características físicas, onde o contraste radical é “o branco” europeu “civilizado”, contra “o negro” africano “selvagem”.

América Latina: a imigração intra regional

Na última década, segundo a OIM, a região latino-americana mudou seus padrões de imigração. As pessoas passaram a se mover cada vez mais entre os países. Assim começam a se estabelecer fluxos constantes de imigração de paraguaios e bolivianos que encontram novas possibilidades na Argentina e no Uruguai, o mesmo acontece com os peruanos que vão ao Chile, colombianos à Venezuela, haitianos à República Dominicana, nicaraguenses à Costa Rica, e muitos centro-americanos (guatemaltecos, hondurenhos e salvadorenhos) ao México, como parte do ascendente fenômeno da imigração intra regional.

Por um lado, isso surge da própria crise econômica, que afetou os países receptores como os Estados Unidos e a Espanha, onde aumentou o desemprego e se implantaram políticas mais restritivas à imigração. Além disso, esses imigrantes buscam lugares com maior estabilidade política e um nível de desenvolvimento econômico semelhante aos seus países de origem.

Este fenômeno impulsionou, ademais, o retorno de muitos imigrantes aos países natais, simplificando os deslocamentos, especialmente entre países fronteiriços, graças aos avanços em termos de telecomunicações e meios de transporte. Estas condições vêm levando vários países latino-americanos a registrar um grande aumento da imigração proveniente de países vizinhos, ou relativamente próximos.

Segundo o estudo “Novas Tendências e dinâmicas Migratórias na América Latina”, da Comissão Econômica para a América Latina e o Caribe (CEPAL), entre os censos de 2000 e 2010 houve um aumento de 32% no número de latino-americanos vivendo em outro país da região. Aliás, entre 2009 e 2015, os países latino-americanos concederam mais de dois milhões de residências temporárias e permanentes a pessoas de nações vizinhas.

As motivações fundamentais são a busca de trabalho, o trânsito entre fronteiras, a mobilidade indígena, a reunificação familiar, a mobilidade por estudos e, em alguns casos, a busca por refúgio, devido a razões políticas.

Embora possamos dizer que, na atualidade, esses fluxos aos principais destinos extra regionais diminuíram, e os intercâmbios dentro da região se intensificaram, ainda é consideravelmente maior a quantidade de emigrantes latino-americanos que residem em países fora da região.

Aliás, a emigração regional aos Estados Unidos continua concentrando a maioria dessas pessoas, cerca de 20 milhões de pessoas. Nesse sentido, o México representa 40% da emigração regional, com cerca de 12 milhões de seus cidadãos vivendo fora do país, sobretudo nos Estados Unidos. Este fenômeno, entretanto, apresenta variações por sub-região, onde o Caribe e a América Central, com 11,1% e 10,2% de suas populações (respectivamente) residindo no exterior, são as que têm uma maior proporção de emigrantes.

Contudo, devemos estar atentos, já que um dos fatores que tem aprofundado os conflitos inter-raciais durante os últimos anos tem sido a imposição de políticas econômicas baseadas numa mundialização que subordina as economias nacionais da região e empobrece dramaticamente os seus povos. Em todos os casos, os novos conquistadores da globalização se movem por ambições de poder e de riquezas.

Compreendemos então as distintas expressões de racismo em nossos países latino-americanos como resultado da globalização e da importação de paradigmas e valores racistas próprios da cultura ocidental hegemônica, compartilhada historicamente a partir da Europa.

Nesse sentido, podemos inclusive ampliar a definição e afirmar que o racismo moderno tem um forte viés europeísta, sendo a Europa ocidental a origem desse conceito, num contexto de expansionismo capitalista. Dito isto, uma pergunta fica sem resposta, se esta ignominiosa situação de vidas humanas nas fronteiras europeias acontecesse na América Latina, que consequências teria?

Eduardo Camín é jornalista, ex-diretor do semanário Siete Sobre Siete, membro da Associação de Correspondentes de Imprensa da ONU, redator-chefe internacional do Hebdolatino e analista associado ao Centro Latino-Americano de Análise Estratégica (CLAE)

 

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