Contra el FMI, el hambre, el desempleo (y el gobierno) paró toda Argentina/ Contra o FMI, a fome, o desemprego (e o governo), toda a Argentina parou

 

Rodolfo Koé Gutiérrez-CLAE

El paro general del 25 de junio contra el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), el ajuste, los despidos, la pobreza, los tarifazos, la inflación, el intento de reforma laboral y para exigir la apertura de negociaciones salariales libres, convocado por las tres centrales sindicales con el apoyo gremios independientes y las pequeñas y medianas empresas que cerraron sus puertas, fue contundente en toda Argentina.

Los sindicatos y movimientos sociales y políticos bloquearon los accesos a la ciudad y marcharon luego hacia el Obelisco, en el centro de la capital, rodeados de un megaoperativo de fuerzas de seguridad. El paro, el tercero desde que Mauricio Macri subió al poder en diciembre de 2015, fue imponente. Las principales ciudades mostraron un alto acatamiento y como tal sus calles se vieron vacías y con negocios cerrados.

No hubo trenes ni autobuses, ni aviones, ni subte (metro). Las calles estaban vacías y hubo un altísimo nivel de acatamiento en todo el país, pese a la escasa credibilidad de la dirigencia gremial y el bombardeo de los medios oficiales y hegemónicos. El paro general significa el fracaso del diálogo social y también el fracaso de la política, dijo Juan Carlos Schmid, dirigente de la Central General del Trabajo, (CGT).

“El malestar en la sociedad desbordó el encuadramiento sindical y la gente se manifestó en contra del desorden económico que provocó el gobierno (…) ¿Saben por qué paramos? Paramos para poder seguir trabajando”, expresó.

El gobierno eligió manifestarse en forma despectiva sobre la medida: “Los paros no contribuyen a nada, no suman”, aseguró Macri durante una visita a Tandil junto a la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal. Y el mismo guión fue repetido por el ministro del Interior Rogelio Frigerio, el de Trabajo Jorge Triaca, el de Hacienda Nicolás Dujovne y los dos socios políticos principales del macrismo, Elisa Carrió y el radicalismo.

Macri se lo quiso tomar en broma y subió en un breve video a las redes sociales ingresando a la Casa Rosada en el que dice “acá se trabaja” y desde la prensa hegemónica se insistía sobre lo que el paro costaba al país y sobre qué cambiaría al día siguiente. Los sindicalistas contestaron calmamente: en el último mes se han perdido 11 mil millones de dólares sin ningún paro y es el gobierno el que tiene que corregir su programa económico.

Héctor Daer, dirigente de la Sanidad, recordó que desde diciembre de 2015 se acumula una inflación de 95 por ciento. Fueron favorecidos impositivamente los sectores que más ganan y más tienen: el agropecuario y las mineras, y nosotros seguimos siempre tributando desde nuestro salario, desde el IVA, desde el impuesto a las ganancias. El gobierno no tiene la voluntad política de proteger a los trabajadores, dijo.

El paro general tuvo un alto acatamiento en las principales ciudades del país, que se expresó con calles vacías y negocios cerrados.Con mayor firmeza hablaron los dirigentes de las Centrales de los Trabajadores Argentinos (CTA), como Hugo Yasky, para quien el paro fue una señal de rechazo absoluto al FMI y advirtió: garantizamos que no vamos a abandonar la calle ni un instante. Pablo Micheli, aseguró que los trabajadores “tienen conciencia de que hay que frenar este modelo económico que nos lleva a la destrucción de Argentina”.

La Iglesia católica recordó que el paro es un derecho cuando no hay respuestas de los gobernantes. Jorge Lugones, presidente de la Comisión Episcopal, señaló: cuando vemos que en una democracia hay excluidos, hay pobres, hay quienes pasan hambre viviendo en condiciones infrahumanas, sin trabajo, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que no está funcionando bien. Consideró que una democracia sana supone la participación de todo el pueblo: la inclusión, la integración que implica dar oportunidad, ser corresponsable.

Agregó el obispo jesuita que cuando en una nación como Argentina, en la que hay tierra suficiente para que todos sean propietarios, riqueza suficiente para que todos tengan una vida digna, alimentos para un número de personas varias veces mayor que el número de sus habitantes, y sin embargo, hay muchos argentinos que no tienen techo ni tierra, ni trabajo, que comen menos de lo necesario y donde hay una grave desnutrición infantil, es obligación llamar fuertemente la atención de los gobernantes y de todos los sectores de la sociedad, porque por algún motivo la democracia y la sociedad están fallando.

El paro general tuvo un alto acatamiento en las principales ciudades del país, que se expresó con calles vacías y negocios cerrados.Macri dispone de poco margen para hacer política económica con las manos atadas al acuerdo con el FMI por un puñado de dólares. La consecuencia no será la pasividad social que proponen Macri y su equipo de empresarios. Seguirán los motivos para protestar, se acrecentará el número de damnificados por el programa económico: más desocupados, subocupados, desempleados disimulados, alzas de precios de alimentos, tarifas, medicamentos, que agravarán las penurias de los más humildes y también de la clase media.

El clima de protesta y malhumor crece semana tras semana. No nació el 25 de junio de un repollo: viene germinando en el hambre que se extiende, en la desocupación y subocupación que crece, en la pérdida de soberanía y de derechos laborales y previsionales, en la represión, en el crecimiento de la pobreza y la caída de la clase media. Y crece en las sucesivas movilizaciones populares que jalonan todo este año.

Hace mal Macri en ser despectivo con los trabajadores y sus reclamos. En 2001, el entonces presidente Fernando de la Rúa debió huir en un helicóptero ante el estallido social provocado por la aguda crisis.

*Periodista económico argentino, analista asociado a al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)


EN PORTUGUÉS

Contra o FMI, a fome, o desemprego (e o governo), toda a Argentina parou

Por Rodolfo Koé Gutiérrez

A greve geral do dia 25 de junho contra o acordo que o governo argentino fez com o Fundo Monetário Internacional (FMI), contra o ajuste econômico, contra o desemprego e as demissões, contra a pobreza, contra os reiterados aumentos nas tarifas dos serviços básicos (água, luz e gás), contra a inflação, contra a tentativa de reforma trabalhista e para exigir a abertura de negociações salariais livres, e que foi convocada pelas três centrais sindicais do país, com o apoio dos setores independentes e das pequenas e médias empresas que tiveram que fechar suas portas devido à situação econômica atual, mostrou força e contundência, parando toda a Argentina.

Os sindicatos e movimentos sociais e políticos bloquearam os acessos à cidade e marcharam até o Obelisco, no centro da capital, rodeados por um megaoperativo de forças de segurança. Esta é a terceira greve desde que Mauricio Macri chegou ao poder em dezembro de 2015, e foi muito imponente. As principais cidades mostraram um alto nível de adesão, deixando ruas vazias e lojas fechadas.

Não houve trens nem ônibus, nem aviões, nem metrô. As ruas estavam desertas, apesar da falta de credibilidade de alguns dirigentes sindicais e do bombardeio de críticas da mídia hegemônica e amiga do macrismo. “A greve geral significa o fracasso do diálogo social e também da política”, disse Juan Carlos Schmid, dirigente da Central Geral do Trabalho, (CGT).

“O mal-estar na sociedade vai além das disposições sindicais. A população se manifesta contra a desordem econômica provocada por este governo. Sabem por que paramos? Para poder seguir trabalhando”, expressou o líder sindical.

O governo preferiu se manifestar de forma depreciativa a respeito do ato: “as greves não contribuem em nada, não acrescentam”, assegurou Macri, durante uma visita à cidade de Tandil junto com María Eugenia Vidal, governadora da Província de Buenos Aires. O mesmo roteiro foi repetido pelos ministros do Interior, Rogelio Frigerio, do Trabalho, Jorge Triaca, e da Fazenda, Nicolás Dujovne, além dos principais sócios políticos do macrismo, como a deputada Elisa Carrió e os líderes do Partido Radical.

Macri tentou lidar com a situação com humor, e subiu um vídeo nas redes sociais no qual ele entra na Casa Rosada enquanto o áudio diz “aqui se trabalha”, enquanto a imprensa hegemônica insistiu na ladainha de que a greve custava muito dinheiro ao país e sobre o que mudaria no dia seguinte. Os sindicalistas responderam calmamente: no último mês se perderam cerca de 11 bilhões de dólares sem nenhuma greve, e o governo é quem tem que corrigir seu programa econômico.

Héctor Daer, dirigente do Sindicato dos Trabalhadores da Saúde, recordou que desde dezembro de 2015 se acumula uma inflação de 95%. “Foram favorecidos tributariamente os setores que mais lucram e mais acumulam patrimônio: a agropecuária e as mineração, enquanto nós continuamos pagando impostos com o nosso salário, com impostos sobre o consumo e sobre a renda. O governo não tem vontade política de proteger os trabalhadores”, disse.

Quem falou com maior firmeza foram os dirigentes das Centrais dos Trabalhadores Argentinos (CTA), como Hugo Yasky, que disse que a greve foi um sinal de rechaço absoluto ao FMI, e alertou: “garantimos que não vamos a abandonar as ruas sem uma solução para os problemas que reclamamos”. Pablo Micheli, outro importante líder sindical argentino, assegurou que os trabalhadores “têm consciência de que é preciso frear este modelo econômico que nos leva à destruição da Argentina”.

A Igreja Católica recordou que a greve é um direito quando não há respostas dos governantes para os problemas do povo. Jorge Lugones, presidente da Comissão Episcopal, comentou que “quando vemos que uma democracia tem excluídos, que há gente pobre, gente que passa fome, vivendo em condições subumanas, sem trabalho, podemos dizer sem temor que estamos errando, que o que se está fazendo não está funcionando”. Lugones considera que uma democracia sã supõe a participação de todo o povo: “a inclusão, a integração das pessoas começa com dar oportunidades, ser corresponsável”.

O bispo jesuíta agrega que “quando uma nação como a Argentina, na qual há terra suficiente para que todos sejam proprietários, riqueza suficiente para que todos tenham uma vida digna, alimentos para um número de pessoas várias vezes maior que sua quantidade de habitantes, e ainda assim há muitos argentinos que sem teto, nem terra, nem trabalho, comendo menos que o necessário, com uma grave desnutrição infantil, existe a obrigação chamar fortemente a atenção dos governantes e de todos os setores da sociedade, porque por algum motivo a democracia e a sociedade estão falhando”.

Macri dispõe de pouca margem para fazer política econômica com as mãos atadas ao acordo com o FMI, por um punhado de dólares. A consequência não será a passividade social proposta pelo presidente e sua equipe de ministros-empresários. Os motivos para protestar continuarão vigentes, e o número de afetados pelo programa econômico segue crescendo, o que significa ter mais desempregados, ou subempregados, enfrentando os aumentos de preços dos alimentos, das tarifas dos serviços básicos, dos medicamentos e muitos outros que agravam a penúria dos mais humildes, e também da classe média.

O clima de protestos e o mal humor cresce semana após semana. Não é um clima que se instalou neste dia 25 de junho. Vem crescendo junto com a fome que se estende por alguns setores mais vulneráveis, o desemprego, a precariedade no trabalho dos que ainda estão empregados, a perda de soberania e de direitos trabalhistas e previdenciários, o aumento da repressão que acompanha o crescimento da pobreza e a queda do poder econômico da classe média. Por isso há cada vez mais mobilizações populares todos os anos.

Macri age mal ao menosprezar a insatisfação dos trabalhadores. Em 2001, o então presidente Fernando de la Rúa teve que fugir de helicóptero da Casa Rosada devido a uma crise social provocada por uma aguda crise econômica.

Rodolfo Koé Gutiérrez é jornalista econômico argentino e analista associado ao Centro Latino-Americano de Análise Estratégica (CLAE)

 

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